Durante mucho tiempo, de manera ingenua tuve la expectativa y la esperanza de que cuando llegara al poder en México determinado partido o tipo de Gobierno, podrían generarse las condiciones necesarias para cambiar la realidad del país de manera benéfica para toda la población.
Ahora, después de haber observado y vivido como ciudadano gobiernos de diversas tendencias ideológicas e identidades partidistas, uno de mis principales aprendizajes es que el cambio no depende en exclusiva del color ni de la orientación del gobierno que tengamos, sino principalmente de la capacidad y la conciencia que adquiramos como ciudadanía para fiscalizar y vigilar a quienes gobiernan, así como para exigir de manera decidida el respeto a nuestros derechos.
No me frustra darme cuenta de los vicios, transas, mentiras y corruptelas que se repiten gobierno tras gobierno, independientemente de su origen político partidista. Simplemente he decidido redireccionar mis esperanzas hacia la evolución y madurez que podamos alcanzar como sociedad para conducir a los gobernantes por el camino deseado colectivamente y lograr el anhelado cambio.
Sé que es un proceso muy largo, que implica un avance educativo y cívico de la población, pero es el más seguro. Ningún gobierno regala nada a la sociedad. Por lo general, las transformaciones no se producen como graciosas concesiones desde el poder. El cambio democrático surgirá del empuje de ciudadanas y ciudadanos asumiéndose como protagonistas de la vida pública, recuperando el poder que les corresponde en una auténtica democracia.
Cada vez me convenzo más de que un gobierno democrático no necesita simpatizantes ni aplaudidores. Éstos a la larga hacen daño. Requiere una ciudadanía y una sociedad civil críticas que le señalen los errores y probables desviaciones del camino. Precisa de medios de comunicación críticos que funjan como auténticos perros guardianes de la democracia. Y también debe tener los oídos y los ojos muy abiertos para oír y ver los señalamientos, con la disposición a corregir lo que haya que enmendar.
Naturalmente, en un sistema democrático, la crítica también suele ser usada por la oposición política para tratar de golpear a los gobernantes. Pero esas disputas son parte de la democracia y a los gobiernos les corresponde respetar y tolerar todas las expresiones sin descalificarlas. Una sociedad educada y consciente sabrá diferenciar entre los distintos tipos de críticas.
En el caso actual de México, por la experiencia vivida hasta ahora, desde mi punto de vista los partidos y la mayoría de los políticos profesionales ya dieron casi todo lo que tenían que dar por sí mismos (que no ha sido suficiente para el país). No quiero decir que tengan que desaparecer, pero lo que se necesita es un empoderamiento y concientización política de la población, que desde la trinchera ciudadana fuerce a los gobernantes a cambiar la perspectiva y la forma de hacer política.
Únicamente así se hará realidad la manida frase de que “sólo el pueblo puede salvar al pueblo”.