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COLIMA

Con los ojos en la cara. Volver

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Escrito por: Ramiro Cisneros García.

Había escrito un texto al que titulé volver, por el  puro gusto de hacerlo, pero como muchas cosas que he escrito se me extravió entre tantos papeles. Algunos  escritos he pensado  rehacerlos pero, tengo el terrible defecto del desorden y, también eso de decir: “Mañana sin falta”, pero mañana llega solo cuando se me da la gana. Desidioso es la palabra que mejor define a Ramiro “el viejo”, como me dice Flor Aguirre para diferenciarme de mi hijo el mayor.

Dedico este sencillo escrito a mis amigas y amigos, a toda mi familia, a los viejos amigos de la “Generación del 62”.

Por algunas razones, hay momentos en que anhelamos, ansiamos regresar a algún lugar, volver a donde alguien nos espera o quizá a donde, ya sabemos, nadie nos espera, porque se cansó de esperar. Neruda dice: es tan larga la ausencia y es tan corto el olvido. Hay nostalgia por el retorno, hay ilusión por estrechar manos, por poner el brazo sobre el hombro de alguien. A veces, las distancias se hacen invencibles, casi crueles y erosivas. Otras veces, no se puede regresar, hay imponderables que no se pueden salvar. Sin embargo, allí están los caminos y allí está también la esperanza por volver a ver a la madre, a los hermanos,  a los amigos, al padre, al tendero que gustaba de bromearnos o a un viejo amor de esos que ni se olvidan ni se dejan. De esos que, está prohibido olvidar porque hay recuerdos bien guardados. Imborrables, inolvidables, tatuados en el alma.

Volver, regresar, retornar, son palabras que en muchas ocasiones llevan una carga emotiva importante. Hay quienes regresan por amor a una mujer, a un hombre, a las y los hijos.

Recuerdo con mucho gusto, textos de escritores que me agrada leer y que tienen relación con “regresar”. En la novela, “Crónica de una muerte anunciada”, Gabriel García Marquez nos regala una historia esplendida: Bayardo San Román decide casarse con la Señorita Vicario a quien después de la noche de bodas, repudia y abandona porque no sangró. Después de recorrer el mundo se dio cuenta que había cometido un error propio del machismo y la cultura patriarcal porque él, por encima de todo la amó desde el primer momento que la miró. Cuando cayó en la cuenta de que no la podría olvidar, decidió regresar, volver a donde la mujer que amaba.  Ella, se asomaba al camino, tenía ya el pelo entrecano. El tiempo tiñe el pelo, pero no el olvido. Él emprendió el retorno, llegó al pueblo y ella lo estaba esperando y tenía en sus ojos y en su mirada, todo el amor del mundo y toda la ternura. También el perdón. Él corrió y la abrazo, delicada, intensa, amorosamente. También pensaba él, en la estupidez que cometió. Sin embargo, se atrevió, tuvo el valor de regresar. No todas, no todos.

Clásica de todos los tiempos es la parábola del Hijo Pródigo que nos muestra al padre mirando al camino todos los días en espera de que su hijo regrese a la casa paterna. Lo espera no porque fuera  buen hijo sino porque era su hijo. El día que llega se convierte en una fiesta. Es el amor, ese sentimiento que nos cambia la mirada y nos hace olvidar agravios. Nos cambia la vida. Eso nadie lo podemos negar aunque a veces el orgullo quiera tapar el sol con un dedo.

Sin embargo hubo quienes no regresaron. En la exquisita novela : “Pedro Páramo”, Dolores Preciado no regresa a Comala y solo manda a su hijo Juan Preciado;  el mismo que dice: “Vine Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre…” Tampoco regresa del mundo en que habitaba, Susana San Juan quién  tenía su morada en la oscuridad y en su limbo de delirios. Tampoco regresó Bartolomé San Juan de la mina La Andrómeda. Antes fue asesinado a causa de la locura y el pragmatismo de Pedro Páramo.

“Volver un dia donde mi madre y ver los perros que jamás me olvidaron y los abrazos que me dan mis hermanos” como bien cantaron Facundo Cabral y Alberto Cortez. Para luego cantar también: “Tu que puedes, vuélvete, me dijo el rio llorando, los cerros que tanto quieres allá te están esperando”. Por eso, mientras podamos, regresemos a nuestras querencias, es posible que allí estén. Ojalá que podamos darnos esa oportunidad.

Me impresiona el barco allá en el horizonte de agua y aventuras; Odiseo o Ulises regresando a Ítaca, a su patria, para reencontrarse con Penélope. O, a Florentino Ariza esperando a Fermina Daza y un día, ya viejos ambos, subirse a un barco y colocar la bandera del cólera para ya no regresar a la tierra sino al amor contenido casi toda una vida. Así fue El amor en tiempo del cólera.

Regresar a la tierra que uno quiere, a la casa paterna, allí donde crecimos, peleamos, jugamos, amamos. Regresar allí donde nuestras voces y gritos y regaños todavía se escuchan en los rincones de la casa y en la mesa donde amontonados, compartíamos, las tortillas, las carencias y el amor.

Compartíamos la felicidad y la inocencia. Esas que se van y no siempre regresan.

Regresar al barrio y descubrir que nuestros amigos ya no están; que las casas ya tienen otros dueños, otros moradores y, darte cuenta que pocos o nadie te reconoce, que muy pocos se quedaron y que la gente te mira como el extraño que eres.

Hay un cuento del que no recuerdo el autor pero que más o menos narra ésto: ” Del grupo de amigos y compañeros de juegos y pequeñas aventuras, uno era tonto. Con el paso del tiempo, casi todos se fueron. Con el correr de los años, uno de ellos se convirtió en médico eminente y, la nostalgia lo empujó a regresar a su pueblo y así lo hizo. Y sí, era el mismo pueblo, pero era otro: las calles, el tráfico, las tiendas, la gente. Entonces, recordó la cafetería a donde iban todos en grupo a tomarse un refresco o una nieve. Se sentó y alli, cerca de él estaba el tonto. Saludó y el tonto le contestó el saludo y le sonrió. Llevaba un cajón y material para lustrar calzado. El tonto, le ofreció su servicio y el médico accedió. Mientras el bolero trabajaba, coincidían las miradas. Sonreían. Terminado el trabajo, le pagó y el médico dio una muy buena propina. El tonto hizo la señal de la cruz con el pago recibido y volvió a sonreir agradecido. Sintió el médico, ganas de abrazarlo y decirle, soy fulano, pero no lo hizo. Se guardó con dolor el abrazo y las palabras, que estarían seguramente, llenas de cariño… Salió a la calle y subió a su carro y regresó a donde si lo esperaban. Allí, en lo que fue su pueblo solo tenía recuerdos, pero nadie sabía de él.

Carlos Gardel, “volver para volver a partir”. Y aunque no quise el regreso  siempre se vuelve al primer amor…La vieja calle donde me cobijo… Pero el que huye, tarde o temprano detiene su andar…Vivir con el alma  aferrada a un dulce recuerdo. También me gusta recordar una canción que canta Nana Mouskouri que dice: “Cuando pienso en ti, me siento sola; sola sin tu amor  ya nada existe, que difícil es tanta soledad…cuando pienso en ti y tú no estás; sé que vlolverás amor, se que volverás, lo sé, te quiero junto a mí”.

Ahora que estamos en “Reclusión Domiciliaria” sentimos la necesidad apremiante de volver, de regresar a nuestra vida, a nuestras rutinas, a la calle, a la escuela, al encuentro con toda la gente que queremos y que nos quiere. Ahora, tenemos una sana distancia con nuestras hijas e hijos; con nuestras alumnas y alumnos. Muchas y muchos no pueden estar con sus padres y hermanos. Sin embargo, creo que ahora estamos más próximos y valoramos más las calles, las manos, las miradas y todos los lugares de encuentro. El aprendizaje es invaluable como el amor. Si escribir es un vehículo y una oportunidad de estar con ustedes, regresaré, volveré, retornaré.

Cuídemonos y por favor, QUEDENSE EN CASA.

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