Allá por 1955, en Tecomán, el primer cuadro, estaba lleno de portales y los corredores con techos de teja eran bastante amplios y por lo mismo, allí se establecían comercios, incluyendo el mercado que era callejero. Con esto quiero decir que estaba en las calles. Algo muy parecido a lo que hoy llamamos tianguis solo que estaba establecido entre el curato y el templo parroquial, dedicado a la Virgen de la Candelaria, pero también conocido como Parroquia de Santo Santiago. Allí se ofertaba prácticamente de todo. Había un comerciante conocido como “El fierrero”, y él, vendía balas o parque para pistolas de todos los calibres y también cartuchos para armas largas.
En algunos de los corredores, dormían muchas personas que habían llegado al pueblo en busca de mejores oportunidades de vida, pero que todavía no se habían establecido en ninguna vecindad. Dormían allí mientras encontraban algo mejor y al mismo tiempo valoraban su permanencia, y de plano, traerse a su familia pues había mucho trabajo y muchos zancudos.
En uno de los portales, había un expendio de revistas y algo que nosotros, siendo unos niños, llamábamos “cuentos”. Ahora les llaman “Comics”. Yo estaba muy aficionado a muchas de esas lecturas porque a través de ellas, me daba cuenta de un mundo más allá del pueblo y sus orillas. Sabía que había otras cosas mucho más allá, porque acompañaba a mi papá a los pueblos donde había jugada de gallos. Sin embargo, imaginaba que había cosas que no veía porque estaban lejísimos de nuestro alcance, pero no de nuestra imaginación. Nada hay lejos de la imaginación y de los sueños.
Cuando reunía un peso o varios pesos, con permiso de mi mamá, me iba al puesto de revistas a rentar los “cuentos” a los que estaba aficionado, casi enviciado. Por motivos que desconozco, leía preferentemente unos que se titulaban: Frentes de guerra, Marinos en acción y Comandos esforzados. Esos tenían la prioridad. En ellos, los gringos siempre salían vencedores, derrotando a los de piel amarilla y a todos aquellos que no fueran blancos. Mal les iba a los japoneses y a todos aquellos que tuvieran los ojos como ellos. La piel amarilla y los ojos rasgados eran un estigma de maldad y crueldad. Vietnam todavía no estaba en la mira o, si estaba, que es lo más seguro, yo no estaba en condiciones de darme cuenta de muchas cosas que sucedían a mi alrededor y en el mundo entero porque era un niño y no había televisores ni nadie que nos informara de lo que realmente sucedía. Vivía en un limbo más cercano al cielo que al purgatorio cuando éste, todavía existía acompañado de las indulgencias. El infierno parecía tan lejano y ese pensamiento lo alejaba más, gracias a que hacía los “viernes primeros” de cada mes y para ello confesaba mis pecados consistentes en, echar mentiras, desobedecer a mis padres, pelear con mis hermanos. Lo de los malos pensamientos todavía no se me daba. Mario Benedetti nos platica en la novela, “Gracias por el fuego” que un niño se fue a confesar y cuando el sacerdote le dijo: “dime tus pecados”, el niño le dijo: “no tengo pecados”. La respuesta fue, “hijo, no seas tan soberbio, ¿acaso no tienes alguna mirada pecaminosa para alguna niña del colegio? A partir de ese momento me propuse perder mi soberbia. No me había fijado en las chiquilinas. Pero al siguiente día hice todo lo posible por mirarlas pecaminosamente. Hoy si tengo un pecado, dije el domingo en el confesionario. El cura, me miró desconfiado. ¿Cuál? Miré pecaminosamente a las niñas de mi colegio. Yo rebosaba satisfacción porque había vencido mi soberbia. No hay que ser soberbio me dijo, nunca te enorgullezcas de ser pecaminoso. Revisé la palabra pecaminoso y, de acuerdo a lo que leí, me di cuenta qué había mirado a las chiquilinas con “omisión”, según una lectura que hice para capacitarme en los tipos de pecados que existían. Recé mis treinta padres nuestros.
También me gustaban los cuentos de “vaqueros”: Roy Rogers, Gene Autry, Rex Allen, El sargento Préston, Tomahawk, Hopalong Cassidy y el Llanero solitario que decía: “vamos Toro, arre Plata y Kemo Saby”. Todos estos vaqueros eran blancos y combatían a los malos que casi siempre eran llamados forajidos; asaltaban bancos, diligencias, pueblos, caravanas; robaban ganado y atemorizaban a los colonos. De repente, algunas tribus de pieles rojas se inconformaban y se escuchaban los tambores de guerra y atacaban los fuertes, pero siempre eran repelidos con la consecuente represión y el aniquilamiento. En mi caso, estaba convencidos que los “pieles rojas” nunca tenían la razón. Después supe que el mejor indio era el indio muerto. Brutal filosofía.
Influenciados por estas lecturas, en el barrio, una parte importante de nuestras diversiones consistía en jugar a los buenos y a los malos. Nadie quería ser el malo y entonces lo echábamos a la suerte y ya se imaginarán, en esos enfrentamientos había emboscadas, escondites disparos; el sonido de los disparos era con la boca, pero pese a la influencia de las revistas no decíamos bang, bang, bang… Solo decíamos, “ya te maté” y el otro decía, “solo fue un rozón”. Eso del rozón era algo que les pasaba a nuestros héroes. Sus enemigos tenían mala puntería.
Había otras historietas que leía menos como Lorenzo y Pepita, La Pequeña Lulú, Super Ratón, El Gato Félix y Archi. Eran extraordinarios. Llegaba a la casa sin un centavo, pero con la imaginación a tope.
Había otros, pero no eran de mi preferencia como los de Supermán, Batman y Robín, Aquamán y Marvila. Mi mamá, no se molestaba conmigo, porque estaba convencida de que, con los “cuentos” aprendería a leer mejor. Eso decía, por lo tanto, la inversión era considerada buena y benéfica.
Mis papás leían con mucho interés un periódico local que se llamaba “El Alacrán”, lo voceaban por las calles y era muy vendido. Se pudiera decir que ya lo estaban esperando. Había una sección que se llamaba: “Chismes de comadres”. En ese espacio, se daba uno cuenta de lo que pasaba en ese pueblo en el que crecimos con tanta alegría, como si allí se hubiera asentado toda la felicidad del mundo. Ya de niño, mi imaginación se desbordaba ante tanta excitación. Además, El Alacrán hacía un reporte puntual de los asesinatos que no faltaban y las venganzas interminables de los dolientes de ida y vuelta.
Teníamos los sentidos abiertos ante un mundo fascinante de calles interminables y arenosas y de niños corriendo tras una pelota en “La calle cerrada,” aprovechando el poco tráfico vehicular que además era escaso. Es decir, menos que poco.
Ahora queda muy poco de eso…Los niños, no todos leen. Los cambios son notables, pero también la realidad ha cambiado, aunque permanezcan imperturbables los aspectos económicos, políticos y sociales. Antes, las calles eran nuestras, ahora, las calles son de los vehículos y entre mayor sea el tamaño, se entiende que mayor es el poder, no solo del vehículo sino del propietario.
A propósito de tamaños, a últimas fechas y seguramente por una necesidad laboral y por necesidad de que los más pobres tuvieran también acceso al transporte, surgió una opción de a la que se le llamó: “mototaxis”. Efectivamente, para muchas personas, especialmente para mujeres, niños en edad escolar y muchas otras personas, representan un excelente servicio y además menos costoso. Sin embargo, resulta que esa opción, es una molestia para aquellos a quienes les fueron concedidos permisos para taxis en muchísimos de los casos, negados a asalariados del volante por no llenar los “requisitos”. Nunca los van a llenar.
Sin embargo, son otorgados a personas con los “méritos” suficientes, es decir: el nepotismo, el amiguismo, el compadrazgo, el influyentismo o tráfico de influencias y otras aberraciones del sistema en que estamos inmersos y que se niega a morir.
En mi imaginario, siendo un niño, los amarillos, los de piel roja, los negros eran los malos y no solo malos, sino muy malos y entonces, cualquier agresión a ellos, era y es entendible. Creo que también los de color café estamos en la misma situación.
Por supuesto, no había héroes negros ni amarillos ni de piel roja ni cafés. Toro, compañero de el Llanero Solitario destaca por su lealtad con el patrón. Los amarillos, solo eran buenos para morir bajo la metralla de los blancos.
Ahora después de muchos años, de repente veo alguna película y sigo advirtiendo el mismo manejo ideológico, la misma penetración y agresión desde el espacio. Todo es la misma vaina. Es un asunto de poder económico, político, ideológico, incluyendo por supuesto la infodemia, el poder de los medios. Estamos hasta el cuello y donde pisamos hay arenas movedizas.
No mencioné que leía al Pato Donald y las creaciones de Disney, pero un tiempo leí a Ariel Dorfman y Armand Mattelart y sus libros clásicos: Para leer al Pato Donald, Reader’s Nuestro que estás en la tierra, La cultura como empresa multinacional y Agresión desde el espacio. Sin embargo, esos a los que me he referido, son lecturas pecaminosas y atentatorias. Deben ser armas del comunismo, de los chinos, los negros, los de piel roja, los cafés y los árabes. Me inclino más por la omisión, aunque sea un pecado. Peccata minuta.