Escrito por: Lily Campos.
Violencia Obstétrica y Muerte Materna en Colima
“Para cambiar al mundo, primero hay que cambiar la forma de nacer”.
Dr. Michael Odent.
Ninguna mujer debería de morir por dar vida, y ningún bebé debería de morir por nacer. La crisis del sistema de Salud en Colima esta cada vez peor, y es una bomba de tiempo que implica no sólo al sector público, sino a la iniciativa privada también.
Pero antes de hablar de la Muerte Materna, vamos a comenzar con otro problema, no menos importante y muy presente en la entidad: la Violencia Obstétrica.
Según el Instituto Nacional de Salud Pública, la violencia obstétrica se define como: “una forma específica de violencia ejercida por profesionales de la salud (predominantemente médicos y personal de enfermería) hacia las mujeres embarazadas, en labor de parto y el puerperio. Constituye una violación a los derechos reproductivos y sexuales de las mujeres.
Algunos de los mecanismos y formas de ejercerla son: maltrato físico y verbal,práctica injustificada de cesáreas,humillación y abuso verbal, procedimientos autoritarios para imponer un método anticonceptivo a las mujeres, violación a la confidencialidad y privacidad, obtención de un consentimiento de forma involuntaria o con deficiencia en la información, negación al tratamiento y detención de las mujeres y los recién nacidos en las instalaciones debido a la imposibilidad para pagar, por mencionar algunas.
En ese sentido, es preocupante que la violencia obstétrica no sea tomada con seriedad, porque de ahí deriva la mediocridad -y riesgo- de los servicios de atención a las mujeres al momento del trabajo del parto. Mientras la atención a la mujer embarazada no sea realizada centrada en ella y sus necesidades, incluida la empatía y el respeto a su condición vulnerable, la violencia obstétrica seguirá en aumento.
La mujer debe ser informada de los procedimientos y poder participar activamente en la toma de decisiones. La NOM-007-SSA2-2016, Para la Atención de la Mujer durante el Embarazo, Parto y Puerperio y de la persona Recién Nacida, establece lo anterior como criterios mínimos para la atención del parto; sin embargo, pocas son aquellas que gozan de esto como privilegio, y lamentablemente, no como la norma.
A pesar de que esta norma es de carácter obligatorio en todo el país, para todo el personal de Salud, tanto en establecimientos de atención médica públicos como privados del Sistema Nacional de Salud, pocas son las mujeres que conocen de esta ley y que pueden ejercer su derecho a un parto digno y respetado.
Teniendo este contexto, ahora hablaré de Colima y de mi propia experiencia. Ni yo misma me salvé de la violencia obstétrica, ni tuve un parto respetado. Para empezar el ginecólogo Dr. Ernesto Mateos, quien se vende como gineco-obstetra que practica el “parto humanizado”, me dejó botada, abandonada a mi suerte justo en la fecha que abarcaba mi trabajo de parto, porque el doctor se fue “de vacaciones” a Guadalajara. Y yo bien gracias. Me dejó “encargada” con una ginecóloga que en la vida había visto y que ni un solo prenatal me llevó. Pero el confió en que sus vacaciones eran primero que su paciente y se largó. Se vino mi trabajo de parto, rompí fuentes y me fui corriendo y rezando al hospital No. 10 de Manzanillo para ver si milagro lograban ingresarme antes de que se me saliera la chamaca.
Pero el drama no terminó ahí, efectivamente llegué ahí y fui obligada a tener una cesárea. Obligada, no consensuada, sino bajo presión. Palabras textuales de la ginecóloga, cuando le dije si mejor me inducia el parto con oxitocina: “no vas a dilatar y vas a acabar en cesárea; estoy yo sola y todavía tengo 5, 6 embarazadas más que tú, así que apúrate y decídete rápido o yo ya no te operó”. No pues con semejantes opciones, ¿qué me quedaba decir? Si Dra., opéreme. Luego, como una hora antes de entrar a quirófano, dijo: “me voy a echar un coyotito” y se durmió, mientras escuchaba a lo lejos los ronquidos de más personal del hospital.
Después de la operación -en donde me sentí como res siendo fileteada-, ahora vino la violencia suprema de parte del subdirector de la tarde en el hospital, el Dr. Magaña, quien la ejerció en toda su expresión al ponerse a gritarle a mi papá y amenazarlo con “levantarle un acta, por querer entrar a ver a su hija recién operada. Yo me sentía de la fregada, toda adolorida después de la cirugía, pero aun así y con chiquilla recién nacida en brazos que intentaba amamantar, tuve que salir a gritarle su precio al subdirector, porque en verdad ya me tenía harta, de que estuviese queriendo intimidar y portándose tan patán y barbaján solo porque un padre quiere ver a su hija. Salí a gritarle que se callara, que había pacientes ahí, incluyéndome a mí, y que ¿cómo era posible que yo recién parida tuviese que salir a intervenir para que fuese humano y consciente y dejara de violentarnos? Solo así se cayó por un rato y luego siguió deambulando por el hospital contándole a todo el personal -que yo misma podía oír desde el cuarto donde estaba con mi bebé queriéndome dormir- que mi papá quiso pasar a verme. Una locura total.
Pero hay más casos cercanos de violencia obstétrica:
A la hija de una persona conocida, el Dr. Mateos también la dejó botada y su bebé tuvo que nacer en la cochera de su casa. Por gracia de Dios en ese momento estaba su papá, quién también es médico, y pudo él atender el parto. Pero, ¿y si el padre de la persona no fuese médico, qué hubiese pasado con la paciente y el bebé? Pues no sé, habrá que esperar a ver qué responde Mateos que es el experto en “partos humanizados”.
Otro más. El caso de una excompañera de trabajo que casi se muere desangrada, y terminó siendo atendida de emergencia en el Hospital Civil de Manzanillo, donde le practicaron una histerectomía de emergencia, porque el ginecólogo que la atendió -de apellido extranjero y que tiene fama de cobrar muy bien- le dejó restos placentarios en el útero. ¿Cómo es posible? Pues ¡¿cómo aperan?! Pero si son buenos, buenísimos para cobrar, y lo primero que hacen es “sugerirte” siempre una cesárea; ya que de esta manera ellos no tendrán que pasar por el extenuante trabajo de parto; pues efectivamente, el bebé no tiene hora exacta para nacer, sino que nace cuando está listo. Pero no, los doctores tienen mucha prisa y vacaciones que atender, u otras cesáreas que cobrar. Y niéguenmelo como si no lo supiera. Son mercenarios, la verdadera vocación de la medicina está muriendo; y somos nosotros como sociedad quienes no la debemos dejar morir, porque sino los muertos seremos nosotros.
En cuanto a las muertes maternas, ninguna mujer debería de morir por dar vida. ¿Cómo es posible que el único hospital del IMSS en el puerto número uno del pacífico mexicano no tenga ginecólogo en las noches y por eso tengan morir pacientes?
Tal fue el caso de la mujer que llego por labor de parto y no hubo quién la atendiera. No es posible que se presuma Manzanillo como potencia económica del estado, por la actividad portuaria y turística y sigamos careciendo de especialistas en donde las mujeres se mueren por parir.
Recordemos que: la muerte de una madre es una tragedia evitable, que afecta una vida llena de esperanzas, es una de las experiencias más traumáticas que puede sufrir una familia y afecta seriamente el bienestar, supervivencia y desarrollo de los hijos, sobre todo, los menores. De nosotros como sociedad depende que esto termine, porque si se lo dejamos sólo al sector salud, seguramente ellos tienen muchos otros problemas mas importantes que atender.