Escrito por Antonio Cisneros.
Seis de la mañana del día 25 de octubre. Acapulco, el puerto turístico del Pacífico Mexicano, amanece destrozado por un huracán de categoría 5, las imágenes subidas a las redes sociales son sorprendentes, nunca había visto la furia de un huracán clase 5, un huracán inédito en su actuar y nivel de intensificación, destrozó el puerto de Acapulco, con una letalidad humana relativamente baja, aunque dolores las pérdidas humanas porque cada vida es valiosa, pero con un daño a la infraestructura pública de servicios y vivienda muy grave.
Me recordó al ciclón del 1959 en Manzanillo, en octubre también pero un dia 27, el puerto de Manzanillo fue destrozado junto con el poblado de Minatitlán, el número de fallecidos fue incontable y aún conserva el título del huracán más letal del Pacífico, entendiendo por letalidad a la pérdida de vidas humanas,
Los que vivimos en la zona costera tenemos la costumbre de estar al pendiente de los huracanes, con los avances tecnológicos podemos ver prácticamente desde su incubación, el nacimiento y el crecimiento de un huracán, así como cuál es su trayectoria, velocidad y tiempo de impacto en tierra.
Otis, el que escucha, nace como tormenta tropical el 22 de octubre a las 12 horas, parece que se dirige a Oaxaca, pero solo dos días después el 24 a las 6 de la mañana se convierte en huracán categoría 1, y como bestia al acecho dirige su mirada a la presa, el puerto de Acapulco es su objetivo, y como saeta, incrementó su velocidad, aumentó su fuerza y a las 12 horas de ese mismo día, impactó al puerto con una fuerza destructiva inimaginable, un huracán con una velocidad terrible de vientos de más de 300 kilómetros por hora fueron destruyendo todo lo que se encontró a su paso, la zona hotelera de Acapulco, fue la avanzada de la defensa del puerto, la cual sucumbió estrepitosamente ante Otis, que al contrario del significado de su nombre, era sordo y no escuchaba plegaria alguna
Los fuertes vientos alcanzaron al caserío que se incrusta en los cerros y forman el anfiteatro de la Bahía de Acapulco, casas que han crecido con desorden por una falta de regulación habitacional endémica en el puerto, las casas de techos ligeros pronto quedaron decapitadas, la gente lo perdía todo, el viento arrancaba ventanas y entraba como intruso a las habitaciones dejando una sensación de vulnerabilidad e impotencia ante el meteoro, brotó la fe, el deseo de que terminara, la plegaria por misericordia , el abrazo familiar desde la distancia por quienes tenemos familia viviendo en Acapulco.
Una de la mañana del 25 de octubre, le hable por teléfono a mi hermano Salvador que vive en Acapulco, quien se encontraba solo en su casa, pero acompañado de su fe y de su fuerza espiritual, todavía había comunicación telefónica, me envió un vídeo evidenciando la fuerza de Otis, se veían techos arrancados, objetos como proyectiles volando, portones abiertos, angustia, vulnerabilidad y esperanza de que pronto pasara.
No eran momentos de consejos, solo era acompañarlo unos minutos en ese trance, ofrecerle el apoyo solidario y fraterno a distancia.
Más tarde hablé con Angel un amigo del mismo Acapulco, discípulo y amigo de mi hermano, y se me erizó la piel cuando me dijo: tío Toño, aún estamos bien, pero lo estamos perdiendo todo”.
Sin decir más la llamada se cortó, se habían caído todas las comunicaciones, quedaban ellos en manos De Dios y la naturaleza. La angustia de no saber, pero imaginar la capacidad de destrucción crea mucha angustia, aunque no se compara con el sentimiento de vulnerabilidad de quien la vive en carne propia.
Terribles imágenes, los mediático de los medios nacionales señala los daños a la zona hotelera, pero oculto quedan la desgracia el pueblo raso, de los sin techo, los sin comida, sin electricidad, sin agua y sin aliento, el aliento se los llevó el huracán.
De lo que estoy seguro de que no se pudo llevar Otis, es la esperanza y la fuerza de reconstrucción, los Acapulqueños reconstruirán su vida, cerrarán sus cicatrices y aflorará el valor humano.
¡Pero hoy, hay dolor!