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El opio de otrora: el fentanilo de hoy

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La historia, como un eco constante, nos recuerda que los grandes conflictos no siempre se libran en campos de batalla con ejércitos visibles. A veces, la guerra se camufla en forma de una crisis de salud pública, manipulada por intereses económicos y geopolíticos. Así como el opio fue el arma que debilitó a China en el siglo XIX, hoy el fentanilo devasta a Estados Unidos en un escenario que combina rivalidades internacionales, poderes fácticos y redes criminales.

Las similitudes entre las Guerras del Opio y la actual crisis del fentanilo son inquietantes. Durante el siglo XIX, el Imperio Británico utilizó el opio producido en la India para desestabilizar a China, devastando a millones de personas con adicción, destruyendo su economía y forzándola a ceder poder político bajo los llamados tratados desiguales. Ahora, Estados Unidos, la potencia global de nuestros días, enfrenta su propio “opio moderno”: el fentanilo, una droga sintética 50 veces más potente que la heroína, que está diezmando comunidades enteras y provocando más de 70,000 muertes anuales por sobredosis.

Al igual que en las Guerras del Opio, donde terceros países jugaron un papel crucial, hoy México ocupa el lugar que tuvo India. Los laboratorios clandestinos mexicanos, operados por cárteles como el de Sinaloa y el CJNG, transforman los precursores químicos provenientes de China en fentanilo, para luego inundar las calles estadounidenses con esta droga letal. Sin embargo, lo que diferencia este conflicto moderno es la intervención de actores poderosos que trascienden las fronteras de los estados: los cárteles criminales y las grandes farmacéuticas.

Si el opio fue la herramienta del Imperio Británico para enriquecerse y doblegar a China, hoy el fentanilo y otros opioides representan un negocio multimillonario para dos tipos de actores: los cárteles y la industria farmacéutica.

Los cárteles mexicanos, habilitados por la corrupción sistémica y la falta de control en las fronteras, encuentran en el fentanilo un negocio imparable debido a su bajo costo de producción y su potencia letal. Pero no están solos en esta ecuación. Las grandes farmacéuticas en Estados Unidos también tienen su parte de responsabilidad. Empresas como Purdue Pharma promovieron de manera agresiva opioides como el oxicodón, creando la base de una epidemia que abrió las puertas al mercado del fentanilo.

En este sentido, la complicidad es innegable. Los cárteles llenan el vacío dejado por los médicos y las farmacéuticas que inundaron el mercado con opioides recetados, mientras que las muertes, la adicción y el dolor recaen sobre las comunidades más vulnerables.

El opio del siglo XIX afectó principalmente a China, pero el fentanilo es un fenómeno global. Aunque Estados Unidos es el epicentro de esta crisis, el tráfico de opioides sintéticos se ha extendido a Europa, Canadá y América Latina. Las redes criminales son más sofisticadas que nunca, y la tecnología permite que los precursores químicos, las drogas y el dinero fluyan sin apenas restricciones.

Además, la actual crisis no solo involucra el narcotráfico, sino también intereses geopolíticos. Estados Unidos acusa a China de no controlar suficientemente la exportación de precursores químicos, mientras que China critica a Estados Unidos por su incapacidad de resolver la demanda interna. En medio de estas recriminaciones, los cárteles actúan con impunidad, y las farmacéuticas continúan beneficiándose de un sistema que medicaliza el dolor sin ofrecer alternativas reales.

La historia debería servirnos de advertencia. El siglo XIX vio cómo una sociedad poderosa como la china fue debilitada y humillada por el comercio de opio. Hoy, Estados Unidos enfrenta un desafío similar, con una crisis que no solo erosiona su salud pública, sino que amenaza su cohesión social y política.

Sin embargo, la solución no llegará solo con culpar a otros países o a los cárteles. Es necesario atacar el problema desde todos los frentes: reforzando las regulaciones sobre precursores químicos, desmantelando las redes de corrupción que permiten el tráfico, responsabilizando a las farmacéuticas por su papel en la crisis y, sobre todo, abordando la demanda de estas drogas a través de programas de prevención, tratamiento y salud mental accesibles para todos.

La guerra del fentanilo no es solo una batalla contra una droga. Es un conflicto que pone a prueba los límites de nuestra capacidad para aprender de los errores del pasado y enfrentar un futuro que no puede seguir siendo definido por el beneficio económico a costa del sufrimiento humano.

El opio de otrora es el fentanilo de hoy, y si no actuamos con decisión, el eco de esta tragedia seguirá resonando por generaciones.

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