La gobernadora del Estado de Colima, Indira Vizcaíno Silva, presentó recientemente su tercer informe de gobierno ante el Congreso del Estado. Sin embargo, lo que debió ser una rendición de cuentas significativa quedó reducido a un espectáculo ensayado, carente de profundidad y reflexión.
Indira Vizcaíno demostró que es capaz de leer textos con fluidez y seguir al pie de la letra las indicaciones del “cerebro pensante” detrás de su administración. Pero más allá de su obediencia al guion, su desempeño evidenció una preocupante falta de autenticidad, de liderazgo propio y de capacidad para responder con argumentos sólidos a los cuestionamientos de la oposición.
Cuando los diputados de Movimiento Ciudadano y del PRI hicieron críticas legítimas a su gestión, la gobernadora no argumentó con contundencia ni defendió con solvencia los logros de su administración. En su lugar, recurrió a ataques personales, descalificaciones ad hominem y respuestas preparadas que no soportaron el escrutinio de la esgrima intelectual.
La pobreza intelectual del “cerebro pensante” detrás del gobierno de Vizcaíno no es producto de la ignorancia en el debate político. Su origen radica en una alarmante falta de motivación. Este desgano, más que un descuido, es un síntoma de la franca mediocridad de una administración gris que no deja una huella transformadora en Colima. Las pocas obras realizadas no cambiarán positivamente la historia del estado ni serán recordadas como un legado significativo para las generaciones futuras.
El gobierno de Indira Vizcaíno se perfila como uno más en la lista de administraciones anodinas, similar al de su antecesor, José Ignacio Peralta Sánchez, o quizás incluso peor. Su tercer informe de gobierno no fue más que un performance bien ensayado, diseñado para aparentar fortaleza y control frente a las cámaras. Pero detrás de las luces y los autoelogios, quedó expuesta la carencia de logros sustanciales y el vacío de ideas que caracteriza a su gestión.
En la esgrima intelectual, quien carece de pensamiento crítico está condenado a la derrota. En este caso, la perdedora no fue únicamente la gobernadora, sino también los colimenses, que eligieron a quien se ha convertido en la verdugo de seis años perdidos para el progreso de Colima.