En la historia de Colima nunca antes se había registrado un nivel de corrupción política tan alto en nuestra sociedad como el que experimentamos en la actualidad.
La democracia implica la igualdad de condiciones para todos, con el objetivo de permitir que cada individuo se desarrolle plenamente como ser humano. Esto está estrechamente relacionado con la vida política, ya que se considera al ser humano como un ser político por naturaleza. Su tendencia a vivir en comunidad tiene como propósito el intercambio de servicios y bienes, lo que facilita la vida de las personas y les permite desarrollarse según sus capacidades.
En Colima, las oportunidades de acceder al poder están limitadas para la mayoría debido a un reducido grupo de personas que han mantenido el control durante generaciones, enriqueciéndose a expensas del erario público sin brindar beneficios a los colimenses.
En esencia, esto representa una completa contradicción, siendo lo más antidemocrático que pueda existir.
La peor faceta de la política en Colima se manifiesta actualmente cuando los políticos buscan perpetuar su permanencia en el poder a través de un sistema dinástico. Una dinastía implica la transmisión hereditaria del poder y la autoridad dentro de una misma familia, donde un miembro designado continúa el legado gubernamental.
Se observa cómo un Senador y su esposa Diputada, juegan roles de poder, secretarios de Estado obtienen posiciones en el congreso para sus esposas, quienes luego buscan la reelección, y sus hermanas son nombradas suplentes. Esta práctica política dinástica provoca un estancamiento en el Estado de Colima, ya que los actuales líderes políticos están favoreciendo a sus familiares a través del nepotismo, lo que se traduce en la ineficacia y mediocridad de los funcionarios seleccionados.
Además, la corrupción se ha infiltrado en las instituciones gubernamentales de Colima, como se evidencia en la Comisión Estatal de Derechos Humanos y la Fiscalía General del Estado, donde padre e hijo han ocupado la titularidad, la ineficiencia e ineficacia abrió la puerta a la corrupción.
La realidad política en Colima se ve aún más complicada considerando que 108,000 personas sufren de insuficiencia alimentaria. Esta situación limita significativamente la participación de la ciudadanía en la democracia, junto con el nepotismo, la corrupción y el gobierno dinástico que impiden el acceso equitativo a la participación política. Esto conduce a una falta de representación social, con el poder concentrado en manos de unos pocos.
Un ejemplo claro de esta situación son los apellidos Valencia en Comala y los Mancilla en Minatitlán en Colima. El establecimiento de dinastías gobernantes no solo obstaculiza la renovación y el cambio, sino que también promueve el nepotismo y la corrupción, disminuyendo la representatividad y trasladando a la sociedad las deficiencias intelectuales de esas familias.
El fortalecimiento de nuestra democracia como sistema político-electoral ha tenido un alto costo humano. La política dinástica en Colima no solo mantiene en el poder a unos cuantos, sino que también implica un retroceso social de al menos 70 años en la discusión de la cosa pública.