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Mundial 2026: Manzanillo apuesta por la improvisación turística y excluye a lo local

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Autor: Lily Campos.

Mientras distintas ciudades del país comienzan a diseñar corredores culturales, festivales temáticos, activaciones urbanas y estrategias para integrar a comerciantes, artistas y pequeños prestadores de servicios al fenómeno económico que representa el Mundial 2026, en Manzanillo la visión institucional parece reducirse a una serie de reuniones protocolarias con grandes hoteles.

Esa ha sido, hasta ahora, la apuesta visible de la Subsecretaría de Turismo encabezada por el Ing. Jorge Padilla: acercamientos con cadenas hoteleras consolidadas para recordarles —como si hiciera falta— que deben brindar buena atención a los visitantes que eventualmente puedan extender su viaje desde Ciudad de México o Guadalajara hacia las playas colimenses.

Una estrategia particularmente modesta para un evento global que movilizará millones de turistas y miles de millones de dólares.

Porque mientras los grandes complejos hoteleros cuentan ya con presupuestos propios de publicidad, posicionamiento digital y mercados cautivos, el verdadero sector que necesitaría impulso institucional permanece fuera de la conversación: restaurantes familiares, pequeños hoteles, guías turísticos, comerciantes locales, operadores independientes y prestadores de servicios que viven literalmente del movimiento diario del turismo.

Y más aún: los propios manzanillenses.

Porque la pregunta de fondo no es únicamente dónde dormirán los turistas extranjeros. La pregunta es por qué Manzanillo no está construyendo ninguna experiencia mundialista para su propia gente.

No existen hasta el momento agendas culturales temáticas, festivales gastronómicos, pantallas públicas, rutas turísticas, actividades artísticas, alianzas comunitarias ni espacios de convivencia que permitan a la ciudadanía sentirse parte de uno de los eventos deportivos más importantes del planeta.

En otras palabras: el Mundial parece concebido únicamente como una posible derrama para ciertos sectores empresariales, no como una oportunidad de identidad colectiva, dinamización económica local o integración social.

Y ahí es donde la omisión deja de parecer casual.

Reducir la estrategia mundialista a reuniones con grandes hoteles revela una comprensión limitada del turismo contemporáneo. La verdadera derrama económica no ocurre únicamente en la recepción de un resort; ocurre en la cadena completa de consumo que integran restaurantes familiares, operadores turísticos, comerciantes, transportistas, artistas y pequeños prestadores de servicios.

Los propios datos nacionales del INEGI confirman esa realidad. De acuerdo con la Cuenta Satélite de Turismo, entre las actividades que más aportan al PIB turístico del país destacan no solamente el hospedaje, sino también el transporte de pasajeros y los servicios de restaurantes, bares y centros nocturnos. Incluso, el consumo turístico interno —es decir, el gasto realizado dentro del país— representa alrededor del 83% del gasto turístico total.

Es decir: el turista no únicamente duerme en un hotel; consume ciudad.

Consume comida local, transporte, entretenimiento, comercio, recorridos, cultura y experiencias. Y es precisamente ahí donde miles de pequeños y medianos prestadores de servicios distribuyen la derrama económica dentro de la comunidad.

Paradójicamente, son esos sectores los que menos aparecen en la visión pública de la actual estrategia turística estatal.

Porque cuando una estrategia excluye sistemáticamente a pequeños y medianos actores económicos, uno empieza inevitablemente a preguntarse si la prioridad es realmente el desarrollo turístico… o la construcción de relaciones políticas selectivas rumbo al 2027.

No es un secreto que Jorge Padilla aspira a convertirse en candidato de Morena para la alcaldía porteña. Lo preocupante sería que, en esa lógica, ciertos sectores solo sean visibles cuando representan estructuras de influencia, fotografía institucional o futuros bloques de operación política.

Mientras tanto, el pequeño restaurantero, el comerciante local, el promotor cultural o el emprendedor turístico independiente parecen no entrar en el encuadre.

Y quizá ese sea el síntoma más preocupante de todos: una visión turística incapaz de entender que las ciudades no se posicionan únicamente con hoteles de gran escala, sino con identidad, comunidad, vida pública y participación local.

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