Columna
El Puercoespín
Es una bendición no saber cuándo vamos a morir. Armando Guadiana sabía que tenía los días contados. Mario Delgado sabía de la precaria salud de Armando y que se encontraba en fase terminal. La Dirección Nacional de Morena sabía que Armando estaba siendo tratado por médicos en Texas y en Monterrey de su cáncer de próstata.
Según la organización Panamericana de la Salud, el cáncer de próstata tiene el segundo lugar entre las tasas más alta de mortalidad, se ubica solo después del cáncer de pulmón.
Mario Delgado y Morena, tanto nacional como local, pugnaron por la candidatura de Guadiana a la gubernatura de Coahuila, a pesar de que sabían de las altas probabilidades de que éste muriera; sin embargo, hizo campaña sabiendo de su padecimiento y que tenía altísimas probabilidades de morir y de no poder honrar su palabra, si resultaba ganador de la elección para gobernador de Coahuila.
Mario Delgado, dirigente nacional, lo sabía y Diego del Bosque, dirigente local, también lo sabía y a pesar de que su muerte era inminente decidieron apoyar a un candidato que no contaba con la salud para desempeñar un cargo de representación popular.
¿Es ético que un candidato se presente a una elección a pesar de que su vida está en altísimo riesgo?
¿Es ético hacerlo? ¿No es una falta de respeto a sí mismo, a su familia, al partido y a los ciudadanos de Coahuila?
A Guadiana se le vio errático en la campaña, no le importaba juntarse ni con Dios ni con el diablo, era amigo de Xóchitl, Lilly Téllez y Kenia López, las más groseras y pueriles senadoras, que se la pasaban insultando a todo mundo en el senado. Viajaba a todas partes, incluso fue a encuentros deportivos en plena campaña. Ahora entendemos su comportamiento, él sabía que tenía los días contados.
Guadiana contribuyó a la campaña de linchamiento de Mejía Berdeja y promovió que se le tildará de traidor.
¿Es ético esto?
Mucho más allá de la irresponsabilidad de Mario Delgado y el mismo Armando Guadiana que, de haber ganado la gubernatura, hubieran provocado un doble gasto a cargo del presupuesto del Estado mexicano, es decir, a todos mexicanos solo por darse el lujo de salir electo como gobernador. Más allá de eso, él no estaba capacitado para comprometerse como lo hizo en la campaña y particularmente en los debates. ÉL sabía que no estaría más entre nosotros y sus promesas eran unas meras tomaduras de pelo. El que esté muerto no lo convierte en inocente en automático. Su muerte no lo convierte tampoco en inocente de facto.
Los actos de Mario Delgado y de Diego del Bosque son un paradigma más de la descomposición de la sociedad política mexicana. Los mexicanos no nos mereceos políticos irresponsables que no piensan en honrar su palabra. Dirán que su muerte no era pronosticable, pero los hechos indican que era inminente su muerte.
En los debates se le vio errático y ridículo, ahora comprendemos que era producto de su enfermedad y su medicación, y a pesar de ello los dirigentes, los familiares, los amigos dejaron que exhibiera públicamente su precariedad humana. Fue quizá -estoy cavilando- un último deseo que le cumplieron sus amigos políticos. ¿Y la gente? ¿Y los coahuilenses no merecen respeto?
No cabe duda de que los políticos no entienden que ellos se deben a la gente y son éstas las que están en primera y última instancia.
Coahuila dejó la lección de que las localidades deben de tomarse en cuenta. Ni las fuerzas que están detrás de Xóchitl lo quisieron entender así, y hoy, están padeciendo el haber roto con su propio esquema de las elección primaria donde se incluía, en forma importante, la participación de los ciudadanos en éstas; en el caso de Claudia ocurre lo mismo, los gobernadores hicieron lo que quisieron y en la próxima selección de sus candidatos regionales entenderán la importancia de haber eliminado la participación de los ciudadanos, aunque hablen de encuestan, ellos saben que éstas son meras apariencias. Xóchitl dio el bajón en las preferencias electoras por causa de la eliminación de los ciudadanos, entre otras causas, y Claudia, más temprano que tarde entenderá la importancia de haber eliminado la participación de los ciudadanos en la elección primaria del partido Morena. En las elecciones de Coahuila y de la CDMX -caso Omar García Harfuch- ya tuvieron los primeros anuncios.
Cuando uno muere la muerte no te purifica.
Nadie hablará de la importancia de haber puesto un hombre enfermo en fase terminal porque dirán que es de mal gusto. Quizá lo sea, pero también es importante debatir y clarificar la importancia de la salud y la participación en un proceso electoral.
Poner a un candidato en fase terminal, a mí me parece de muy mal gusto, de humor negro, o simplemente de una irresponsabilidad perversa vestida de conmiseración humana.
Guadiana hizo campaña, orgulloso de su enfermedad terminal, de ello dan cuenta sus fotos en los Estados Unidos, en eventos solo aptos para personas que tienen sus cuentas llenas de dinero y en México, en Coahuila, la campaña reclamándolo.
Pero sus actos fueron protegidos y apoyados por Mario Delgado que nunca pensó en los votantes de Coahuila, lo hecho por Delgado, lamentable, es un proceder promedio de toda la sociedad política.
Toda la sociedad política anda en los mismos estándares.
La discusión de la necesidad de la buena salud de los candidatos y funcionarios públicos debe plantearse desde la perspectiva de la responsabilidad que están adquiriendo y los compromisos pactados en campaña, en el caso de los primeros, y en caso de los segundos, por la responsabilidad que conlleva el atender asuntos de Estado que su buen y excelente desempeño afecta de una u otra manera a toda la sociedad.
Seguir planteando la salud de los políticos en campaña y en funciones desde la perspectiva de desearles el mal para que fracase su facción o partido político es de una bajeza inadmisible para un país que aspira a destacar entre las mejores sociedades del orbe.
A López Obrador lo han matado muchas veces en sus deseos, pero eso solo muestra una de tantas fases oscuras de la sociedad política, esas que debemos erradicar.