Contrapesos en el Arte
Autor: Sergio Escareño.
En Colima estamos ante algo más que un simple cambio de uso de un edificio: estamos frente a una forma de ejercer el poder sobre la cultura sin escuchar a quienes la sostienen todos los días. Desde que el exgobernador Ignacio Peralta concesionó el parque regional Griselda Álvarez y con él el Museo de Arte Contemporáneo Jorge Chávez Carrillo, he visto —como muchos colegas— cómo ese espacio cayó en el abandono. Hoy, la intención de convertir esas instalaciones en un Museo del Medio Ambiente vuelve a encender una alerta que no es nueva: la exclusión sistemática de la comunidad artística en las decisiones que afectan directamente al patrimonio cultural.
Yo estuve, como otros integrantes del gremio, en una reunión donde la hoy gobernadora se comprometió a que cualquier determinación relacionada con estos espacios sería consultada. Desde mi perspectiva, ese compromiso no se ha cumplido. No cuestiono la importancia de los temas ambientales, pero sí la forma en que se imponen proyectos sin diálogo, como si el arte y sus espacios fueran piezas intercambiables dentro de una agenda administrativa.
Para mí, el Museo Jorge Chávez Carrillo no es sólo un inmueble: es un símbolo del legado artístico de Colima. Lleva el nombre de una figura fundamental de nuestras artes, y modificar su vocación original sin un proceso abierto y participativo significa desdibujar una referencia histórica que pertenece a la memoria cultural del estado. Las artes y la cultura no son propiedad de ningún gobierno ni de ninguna corriente política; son patrimonio colectivo, y así deberían tratarse.
También me parece inevitable señalar la contradicción en las prioridades. Mientras se plantea un nuevo museo, existen recintos culturales cerrados o deteriorados, esculturas públicas sin mantenimiento y espacios que requieren rescate urgente. Desde mi punto de vista, antes de reinventar funciones, el deber es recuperar lo que ya existe y ha sido descuidado durante años.
La incoherencia se vuelve más evidente cuando se confronta el discurso ambiental con la realidad de problemáticas ecológicas locales, como la situación de la laguna de Cuyutlán. Resulta difícil no ver una disonancia entre la narrativa institucional y las condiciones concretas del entorno.
Escribo esto no desde la confrontación partidista, sino desde la convicción de que el arte debe ser un contrapeso, no un adorno del poder. Como artista y como ciudadano, creo que tenemos la responsabilidad de alzar la voz cuando los espacios culturales se deciden sin nosotros. No se trata sólo de un museo: se trata de respeto, de memoria y del derecho de la comunidad artística a participar en el destino de su propio patrimonio.