Columna
El puercoespín
Lo que es Omar García Harfuchn para los habitantes de la CDMX, es Indira Vizcaíno para los ciudadanos de Colima.
La realidad, mucho más temprano que tarde, alcanzó a los morenistas.
Desde el 2018 he sentido que la política mexicana se mueve con gran velocidad, pero quizá la pandemia aceleró, aún más, los fenómenos sociales, la sociedad mexicana se mueve con una rapidez impresionante. Eso habla de una politización muy alta de la gente.
Desde que Morena llegó al poder no se consolidó ni como movimiento ni como partido. Su llegada al poder fue tan rápida que no pudo madurar orgánicamente. Antes que consolidarse como partido en el poder Morena optó por fusionarse, o, mejor dicho, disolverse con el Estado. El partido fue absorbido por el Estado en todos sus niveles de gobierno. No se sabe hasta donde llegan los límites del gobierno y donde principia Morena.
En su primera etapa ganó dos estados, luego la presidencia de la Republica y en la primera mitad del sexenio logró 23 gubernaturas en conjunto con sus aliados. Un ascenso más centellante, imposible.
Este abordaje del poder, tan rápido, implicó la integración al movimiento a muchos miembros corruptos del Prian.
La forma y el fondo políticos, en Morena, se mezclaron y fueron imponiendo personajes impresentables en las gubernaturas que lejos están de aplicar las políticas sociales que promueve la Presidencia.
Su código mántrico de valores: no robar, no mentir, y no traicionar quedó hecho añicos. Su código solo es usado en los mítines como mero recurso histriónico y retórico.
Los gobernadores que impulsaron e impusieron en la mayoría de las entidades son: nepóticos, ineptos, indolentes y frívolos; pese a lo anterior, los cuadros de Morena, de la capital de la República, apoyan a los gobernadores como si estos estuvieran aplicando los principios, valores y programa de la Cuarta Transformación, aunque están plenamente conscientes que lo hacen con otros fines, ganar la presidencia como prioridad. Los intelectuales, artistas, militantes destacados y hasta periodistas ignoran las incongruencias e inconsecuencias de los gobernadores, alegando un fin superior, continuar en el poder e impedir el regreso de los miembros del régimen pasado.
Cuando Coahuila dijo no a la imposición desde el centro -antes les ocurrió en Nuevo León y no lo quisieron ver- los creadores de los consensos acusaron a Ricardo Mejía Berdeja de traidor a la causa y lo responsabilizaron de la derrota. Desde este caso quedó claro que las regiones deberían subordinarse al mando central, de lo contrario, serían acusados de traidores y colaboracionistas de los conservadores. A Mejía Berdeja le aplicaron la clásica acusación de no estar a la altura de las circunstancias y no tener altura de miras porque, sencillamente, no se subordinó y no estuvo de acuerdo en apoyar un corrupto y miembro del PRI, lo que significaba la inexistencia de cualquier intención de cambio. El cambio solo existía en sus mentes y en el fin superior de conservar el poder central (la Presidencia de la República).
La mayoría de las gubernaturas han significado un lastre para el partido Morena, por lo siguiente: han sido incapaces de cooperar y darle viabilidad a una estrategia de seguridad exitosa, son en grande medida los responsable la permanencia de los grupos delincuenciales en los estados; el nepotismo y la corrupción siguen galopando en la mayoría de los estados, aunque verbalmente declaren el fin de los privilegios; el uso de los Poderes del Estado siguen siendo usados de forma facciosa, como en los mejores tiempos del Prian; las estrategias económicas locales, sobre todo en Colima, no se ven por ningún lado.
El presidente viene a Colima y nos dice que tiene toda la confianza en la gobernadora –en claro tono de respaldo pleno-; también la candidata se ha atrevido a decirnos en nuestra cara que Indira es una excelente gobernadora. Presumo que actúan igual en el resto de los estados del país.
En suma, las regiones, los estados siguen siendo apachurrados, aplastados, tanto por los cuadros políticos del gobierno de Morena como por los políticos, periodistas, analistas, artistas e intelectuales que, ante cualquier provocación, nos recetan la máxima de que el fin superior es volver a ganar la presidencia a cualquier precio. Y si decimos algo los provincianos, nos tratan como sujetos incapaces de tener una visión nacional de la situación política. En pocas palabras, tenemos que aguantar y tener altura de miras para soportar a los cuadros del Prian empoderados en un proyecto supuestamente de los pobres y del pueblo.
Pero llegó Omar
La candidatura impuesta por Claudia Sheinbaum en la CDMX parece que les abrió los ojos y les destapó las orejas. De pronto los simpatizantes de Morena: analistas, periodistas, intelectuales, políticos, artistas y militantes, se dieron cuenta que las encuestas estaban cargadas y no eran tan transparentes como lo pregonaron en la encuesta presidencial.
Ahora, muy afortunadamente, rechazan la candidatura de un policía por el peligro que representa un policía con un abolengo fascista (su abuelo fue Marcelino García Barragán y su padre Javier García Paniagua) y su desempeño profesional está ligada a Genaro García Luna y su historia de lo inmediato lo coloca en uno los casos más vergonzantes de la vida nacional, el asesinato de los 43 estudiantes de la Ayotzinapa.
El rechazo a la candidatura de García Harfuch es una buena noticia para la vida democrática de Morena y del país, pero tiene sus bemoles.
La crítica a su imposición por parte de Claudia no incluye la autocrítica de la forma en que se llevó a cabo el proceso de encuestas donde los gobernadores movieron todo su poder económico y recursos de sus gobiernos para impulsar su candidatura; sin embargo, este acontecimiento subyace en todo el proceso, no se puede perder ni esconder, aunque no se nombre. Aunque no se nombre allí está la vergonzante actuación de los gobernadores.
El rechazo a García Harfuch es porque ponerlo en el gobierno de la CDMX lo convertiría, de facto, en un tipo presidenciable para el 2030. La derecha tendría su candidato flamante casi hecho presidente. Y perfectamente purificado por la “izquierda”.
Lo que no querían ver lo está develando Omar. Los gobernadores y sus mafias impuestas en los estados es la vuelta al poder de los priistas de antes, pero pintados de guinda, con discurso nuevo, pero con sus mismos valores y prácticas. El rechazo a los gobernadores mafiosos y simuladores es la pervivencia del Prian, sin pasar por una elección. Avalar a los gobernadores con el fin de volver a ganar la presidencia es un engaño. Se podrá volver a ganar la presidencia, pero se habrá perdido el programa de izquierda.
Ojalá la fuerza de Omar nos traiga una reconsideración de las candidaturas y los gobernadores no sean tomados en cuenta porque, si lo hacen, estarán construyendo la receta perfecta del fracaso y, de entrada, la renuncia a un proyecto de izquierda. De cualquier forma, Omar trajo a Morena un golpe de realidad. Solo ellos deciden si lo aprovechan o lo dejan pasar.
Si Morena insiste en continuar por esa ruta la gente votará por un candidato antisistema, de eso no tengo la menor duda.