Columna
El puercoespín
Carlos Pellicer citado por Monsiváis en Días de guardar sostiene que: “El pueblo mexicano tiene dos obsesiones: el gusto por la muerte y el amor por las flores”.
El gusto popular por la muerte tuvo un nicho muy importante en México: las peluquerías. Allí en los revisteros el Alarma era la revista que los niños, adolescente y adultos buscábamos para saciar nuestros gustos morbosos.
El Alarma fue una revista de nota roja especializada en crimines y muerte, sus páginas estaban llenas de gran cantidad de imágenes de cadáveres; de los asesinos, aun con el arma asesina en mano. Fue tan popular que llegó a tener tirajes de más de dos millones de ejemplares por semana. Su primer número apareció el 17 de abril de 1963.
Ahí en la peluquería podíamos verla y dar rienda suelta a ver la muerte frente a frente en los cadáveres de las planchas del servicio médico forense, o incluso inertes, en los autos colisionados. Ver las miradas de los asesinos y sus poses duras nos llenaba ese gusto obsesivo por la muerte de la que habla Carlos Pellicer y los documenta Carlos Monsiváis.
El Alarma era tan explícita que en nuestra casa no la podíamos llevar ni leer y si, por alguna circunstancia, llegaba un Alarma a casa, la teníamos que ver furtivamente.
Nuestra obsesión ahí estaba latiendo dentro de nuestro ser. Y solo furtivamente la podíamos enfrentar cara a cara gracias al Alarma.
Hoy nuestro morbo es más fácil de saciar. La muerte está las calles transitado, en un restaurante, en una tienda de conveniencia, en un bar, en un antro, la muerte nos pasa al lado y, a veces, a algunos de nosotros nos alcanza por equivocación.
La muerte también pasó a ser una actriz primerísima de la vida en las redes: aparece en un tiroteo en las casas fifís, en los cotos privados, en las colonias populares, en los barrios clasemedieros. No tiene preferencia por ningún estrato social, no hay exclusividades. Hay zonas, hay un triángulo de la muerte en la zona metropolitana, es el triángulo formado por el Mezcalito, el Zalatón de Juárez y la calle Manuel Gallardo Zamora, allí tiene su territorio preferente.
La muerte en la zona metropolitana le llega principalmente a los jóvenes, a los chicos bien, que nadie hubiera sospechado que andaban en esas ondas.
La muerte en Colima la vivimos en carne propia, en las redes. Pasa a nuestro lado y no nos toca. La respiramos.
La muerte no se pudo esconder más en el papel de los periódicos. La muerte estaba en las últimas páginas de los periódicos, la escondían, la maquillaban, la negaban. Y se le negaban no existía y por tanto la vida estaba sobre la muerte.
Éramos felices viviendo entre muerto, muertos que no aparecían en los medios impresos (todavía circulando, pero agonizando) ni en la televisión ni en el radio ni en los portales digitales.
Cuando Calderón le declaró la guerra al narco porque, él y su gobierno formaban parte de ese entramado, jugando un doble papel de autoridad y criminal, el mundo cambió. Las masacres se escondieron y solo aparecían en los medios los muertos que eran autorizados a existir –vaya paradoja- que solo existían cuando los mataban.
Con Calderón empezó a existir la guerra entre criminales y el gobierno.
Desde entonces esta guerra tiene metidos a los partidos en esa disputa mortal que favorece a los criminales porque los políticos les dan legitimidad.
El Gobierno de Colima se rindió
Lo sociedad colimense está viviendo tiempos donde los muertos invaden las avenidas, las colonias populares, las carreteras, las tiendas de conveniencia, son ubicuos. El gobierno de Colima no puede con tanto muerto. No haya dónde esconderles.
El actual gobierno se rindió y dijo ya no puedo y ha optado por chayotear a los medios para inventar una narrativa de paz ficticia. Pretende, en los medios, regresar a la narrativa donde no había muertos no había masacres porque los medios los negaban y el gobierno maquillaba las cifras y los comentócratas teorizaban, especulaban y cavilaban los porqués del buen “funcionamiento del gobierno” los muertos se escondían bajo la alfombra de la hipocresía. No pasó mucho tiempo y las fosas poco a poco nos cuentan otra historia. Los muertos resucitaron para todos y hablaron para reclamar que sí existen que, alguien, los sigue esperando en su casa.
El Gobierno de Colima no puede más y ya hizo un pacto con los sindicatos empresariales para que digan públicamente que la estadística mortal va a la baja. Hay muerto, pero poquitos. Los medios le bajan al tono de los muertos para soportar el discurso de los empresarios. Hay cobro de piso, pero con descuento. Hay desaparecidos, pero cobran menos por su rescate.
El gobierno de Indira no puede más y ha decidido vivir y vendernos una paz de papel, una paz digital, donde los muertos irán bajando en número hasta llegar a la extinción y ¡Oh sorpresa! Un día cualquiera, en los medios, estaremos viendo que el crimen ha desaparecido. Los muertos se habrán ido.
Pero las estadísticas tercas nos seguirán diciendo que los muertos siguen allí.
Hoy no es como antes el Facebook y Twitter nos seguirán mostrando los cadáveres y las fichas de los desaparecidos porque los muertos no se han ido.
Los medios chayoteros insistirán que la seguridad volvió a la ciudad, al estado. Que vivimos en un estado más seguro, que quienes hablan de los muertos son sus críticos malquerientes, misóginos y partidarios de la violencia de género y francos apoyadores de los conservadores.
El gobierno al pagar a los medios para desaparecer a los muertos nos quiere vender un regreso a los tiempos de la paz de papel.
En los últimos cuarenta años nos vendieron una paz de papel.
Lo peligroso de la paz de papel es que un día cualquiera la verdad surge de las fosas clandestinas y el problema es mucho más grave por haberlo ralentizado.
Querer vender una paz de papel es una solución para un gobierno débil, mediocre e inútil que se dio por vencido porque nunca estuvo preparado para gobernar.
Fernando Moreno, Mario Anguiano, Silverio Cavazos, Ignacio Peralta, los últimos gobernadores priistas nos vendieron una paz de papel. Hoy estamos viviendo sus consecuencias.
Indira Vizcaíno su fiel heredera, en todos sentidos, está retomando los métodos de sus compañeros de partido –aunque jura que es de Morena-, es decir, esconder el problema con billetes. Pagar a los medios para que se escondan los cadáveres y, por tanto, matar el problema escondiéndolo con las sábanas de la tinta y el papel, o mejor dicho, borrándolos de los medios para luego declarar su inexistencia y declarar la paz, la paz de papel, hablando metafóricamente.
*Imagen ilustrativa, tomada de la red social de la gobernadora, Indira Vizcaíno Silva.
Federico López Ramírez
Nació en Los Tepames, Colima, el mismo día que sor Juana Inés de la Cruz, pero de 1960. Militó en el Psum. Gusta de autores literarios dialectales. Odia a los caciques de rancho y ama a su nieta Victoria Amelia.