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COLIMA

Contrapesos en el arte

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Autor: Sergio Escareño.

No logro comprender la indolencia de la gobernadora hacia los artistas e intelectuales de Colima. Mi experiencia personal es un ejemplo del abandono, la indiferencia y, en última instancia, del despojo institucionalizado que enfrentamos quienes intentamos aportar desde el arte a la vida pública.

En 2021, al inicio de esta administración, informé al entonces subsecretario de Cultura sobre un convenio que mantenía pendiente desde gobiernos anteriores. El acuerdo contemplaba la realización de una escultura interactiva llamada Interactiva Uno, concebida para estimular el desarrollo pedagógico de niños y jóvenes. Aquella deuda histórica no sólo no fue resuelta: volvió a naufragar en las mismas aguas de indiferencia y falsas promesas.

Más aún, existe una carta compromiso donde la Secretaría de Cultura reconoce deberme 25 mil pesos correspondientes a los moldes de Interactiva Uno, extraviados en el Museo Xoloitzcuintle. Hasta hoy, ese adeudo sigue sin saldarse, como si la palabra de una institución careciera de valor alguno.

El despojo no se detuvo ahí. Una escultura de pequeño formato, elaborada con piezas de Interactiva Uno y con forma de palmera, fue apropiada indebidamente. Dicha obra estaba en la oficina del entonces director de museos, Felipe Delgado. A pesar de que acredité ser su autor y propietario, se me exigió una carta firmada por Delgado, quien ya no mantiene relación con la subsecretaría, pues esta misma administración intentó desprestigiarlo y responsabilizarlo injustamente de faltantes en el acervo cultural. En los hechos, lo que sucedió conmigo fue un robo: me arrebataron mi obra bajo pretextos burocráticos.

El agravio se extendió incluso a lo personal. El propio subsecretario de Cultura me llamó “traidor” y, según sus palabras, intentó prohibirme el acceso a las instalaciones de la subsecretaría. Esa actitud autoritaria y ofensiva me obligó a presentar una denuncia ante la Comisión de Derechos Humanos y ante la instancia encargada de sancionar a servidores públicos. Sin embargo, hasta el momento, todo ha quedado en silencio. Los expedientes parecen perderse en la inercia de oficinas que más que proteger al ciudadano, encubren las arbitrariedades de los funcionarios.

He entregado copias fotostáticas de cada documento que respalda lo que aquí expongo. Pero más allá de mi caso, lo que se revela es un patrón: el desprecio del poder hacia la cultura y sus protagonistas. La gobernadora prometió atender al sector cultural, rehabilitar museos y dignificar la Casa de la Cultura. Lo que hemos recibido, en cambio, son simulacros, indiferencia y despojo.

El arte debería ser contrapeso del poder, no su víctima.

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