Autor: Sergio Escareño.
En Colima, la cultura parece estar condenada al abandono. Los inmuebles e instalaciones de la Subsecretaría de Cultura, en lugar de ser espacios vivos de creación y encuentro, hoy son símbolos del descuido institucional. Y cuando los problemas persisten durante tanto tiempo sin resolverse, lo que queda claro es que existen grupos que se benefician de esa inercia, de esas malas prácticas que no generan resultados y que, por el contrario, hunden más a la comunidad cultural.
La gobernadora promete un estado de bienestar y justicia, pero los hechos muestran lo contrario: demagogia y desinterés. El abandono hacia la cultura no es casualidad, es consecuencia de un gobierno que reduce su acción a discursos huecos y a una política cultural sin rumbo. Quienes deberían ser el motor de la vida cultural —los creadores, artistas e intelectuales de Colima— son sistemáticamente ignorados.
La Subsecretaría de Cultura se limita a implementar programas federales ya establecidos, sin impacto real en la sociedad. Y peor aún: su apoyo se concentra en aquellos artistas que se alinean a una lógica de sometimiento político, bajo la mirada autoritaria del subsecretario Emiliano Zizumbo, quien se jacta de imponer su voluntad con la frase: “Aquí se hace lo que yo diga”. Pero el problema no recae únicamente en él, sino en quien lo nombró y mantiene en el cargo, a pesar de su constante incapacidad y arrogancia.
La gobernadora, en lugar de enfrentar esta crisis, parece habitar una burbuja que tarde o temprano se reventará como pompa de jabón. La indiferencia es su sello, pero esa indiferencia tarde o temprano le pasará factura. Porque en Colima hay una comunidad artística viva, crítica y consciente, que no permanecerá callada mientras su trabajo y su dignidad son ignorados.
No se trata de pedir favores, sino de exigir lo mínimo: políticas culturales de verdad, con visión de futuro, con espacios dignos y con respeto al trabajo creativo. Ya basta de la simulación. Gobernar implica escuchar, dar soluciones y construir; no esconder la cabeza como avestruz mientras los problemas se acumulan.
Si el gobierno del estado no rectifica el rumbo, los artistas e intelectuales levantarán la voz con más fuerza. La cultura no puede seguir siendo moneda de cambio ni rehén de caprichos personales. Y si la gobernadora continúa indiferente, la respuesta de la comunidad cultural será inevitable, porque el arte y la memoria nunca se someten: resisten, persisten y, al final, terminan poniendo en evidencia a quienes los quisieron reducir al silencio.