Esta fauna. La muerte de un burócrata


El edificio domiciliado en Juárez 100, en la municipalidad de Manzanillo, es una construcción que encierra profundos misterios. En su interior trabaja gente de todo tipo, de variada estructura ósea y estado mental. Empleados municipales que desempeñan labores de diferentes responsabilidad, pero igual de importantes y necesarios. Desde la presidenta, que es la máxima autoridad en lo que respecta a situaciones que atañen al territorio municipal y su habitantes, hasta el intendente, que es la máxima autoridad en el cuidado y limpieza de los lavabos públicos. Pasando, además, por directivos que todos los días sueñan con ser trabajadores sindicalizados, y por trabajadores sindicalizados que todos los días sueñan con ser directivos o, en su defecto, líderes sindicales.
Visto de lejos, la presidencia municipal parece un edificio inocuo e inofensivo; visto de cerca, o bien ya visto desde el interior, parece la residencia donde habita el desconcierto y la mala fortuna para todo aquél que se atreve a realizar un trámite “que urge”. Pero eso es sólo una mala apreciación, desde luego. En este edificio nada es tan malo y nada es tan bueno; o mejor dicho, todo está bien y todo está mal. No se asuste, así es el equilibrio del universo.
Los misterios de este sitio se clasifican en: a) de planta baja; b) de primer piso; y c) de segundo piso.
Tengo la dicha de estar familiarizado con cada uno de estos misterios, dado que alguna vez fui ocupante de un escritorio dentro del edificio. Uno de estos misterios solía darse de manera recurrente y tenía como escenario mi propia oficina. Era así: dos veces por semana se presentaba alguien —unos días era un señor despistado, otros una señora con niños gritones—, nomás a preguntar por “un licenciado medio gordito, no muy alto, de pelo ralo, que a veces trae lentes y otras no, que a veces se rasura y otras no, y que trabaja en una oficina de este piso”. Quien preguntaba decía desconocer el nombre de la persona que buscaba, y añadía que “ese licenciado lo había citado, para ver en qué iba su trámite de (aquí entraban asuntos que iban desde un divorcio, hasta el pago de una multa por estacionar una bicicleta en doble fila)”.
Quien preguntaba tampoco sabía decir si tal licenciado tenía algún cargo dentro del gobierno municipal, pero en cambio era capaz de dar informes sobre la vida íntima del buscado: “mire: a lo mejor es casado, pero tiene una amante que también es licenciada; ella fue quien me llamó para decirme que viniera a buscarlo”, decía el buscador. En todos los casos, el “licenciado” nunca era localizado, entre otras cosas porque (aseguraba una secretaria que siempre estuvo enterada de la vida íntima de todos), había por lo menos cinco “licenciados” que encajaban con la descripción y el estilo de vida.
En los días de paga se hacía patente otro acto misterioso que consistía en lo siguiente: Exactamente los días quince y último de cada mes, una bandada de señoras, equipadas con libretitas empastadas iban de oficina en oficina para realizar una tarea semejante a un ritual. Se paraban en el umbral de las puertas y preguntaban a bocajarro a la primer persona que se movía: “¿Stá Fulanito?”. Si la respuesta era afirmativa (sí, sistá), se pasaban hasta el último rincón de la oficina para demandarle a Fulanito el abono del perfume, de la cadenita de oro, etc. Si la respuesta era negativa (no, nostá), hacían una mueca de disgusto al tiempo que anotaban algo en su libreta. Aquí uno puede imaginar que escribían cosas como: “En esta oficina me niegan al droguero de Fulanito”. Esa misma situación se repetía en casi todas las dependencias y, por lo que sé, todavía se repite cada quincena. Según informes del cronista municipal, el origen de este comportamiento se remonta varias décadas atrás, más o menos por la época en que se creó el sindicato de burócratas.
Hay, por otro lado, misterios más simples, pero igual de intrigantes. Como por ejemplo el que existan empleados municipales que, a esta hora de la mañana, estén leyendo el periódico en lugar de atender sus pendientes. ¿Qué los mueve a perder el tiempo en su jornada laboral y luego cobrar, sin remordimiento alguno, un sueldo que se paga con dinero público? Uno casi los puede imaginar, con el periódico abierto frente a su cara y haciendo una pausa en la lectura para preguntarle al chismoso de la oficina cosas como “Oye tú, ¿quién será ese licenciado medio gordito, no muy alto, de pelo ralo…”.