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Gas pimienta en Manzanillo: ¿y si hubieran sido balas?

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Editorial

Lo que ocurrió durante el concierto de El Gran Silencio en Manzanillo no solo fue un abuso de autoridad: fue una escena que dejó un sabor amargo y una pregunta que debería incomodar a todos. En lugar de proteger al público, la Policía Municipal lanzó gas pimienta contra jóvenes que bailaban slam, una expresión común en este tipo de conciertos. Los confundieron con alborotadores y respondieron con gas. Así, lo que debía ser una noche de música terminó en pánico, ardor en los ojos y miedo colectivo.

Pero más allá del hecho puntual, hay una pregunta que cala más hondo: ¿y si en lugar de gas pimienta, los policías hubieran usado sus armas de cargo? ¿Y si en lugar de personas tosiendo, hubiéramos tenido personas heridas o muertas?

Este incidente no puede explicarse solo como un error de percepción o un mal día. Aquí hay una responsabilidad directa de quien gobierna. La presidenta municipal, Rosa María Bayardo Cabrera, debió desde el inicio de su administración establecer con claridad cuál es la política pública de su gobierno en materia de seguridad. ¿Qué hacer en eventos masivos? ¿Cómo intervenir sin violentar derechos? ¿Cómo distinguir entre desorden y expresión cultural?

Porque gobernar no es improvisar, y cuando no se da una línea clara, cada policía actúa según su miedo, su prejuicio o su impulso. Y eso es peligroso. Hoy fue gas. Mañana, si no hay control, puede ser fuego.

Y esto nos lleva a otro nivel de reflexión: las decisiones filosóficas de un gobierno tienen consecuencias reales. Durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador, la consigna fue “abrazos, no balazos”, una apuesta por contener la violencia sin confrontación directa. El resultado: muchas organizaciones criminales crecieron sin freno. Hoy, el país enfrenta las consecuencias. Ahora, con Claudia Sheinbaum en la presidencia y la presión directa de E.U., la política cambió. Se está combatiendo al crimen con otra intensidad, y uno de los focos es Manzanillo.

Por eso es tan delicado que, en lugar de establecer orden con inteligencia, en Manzanillo se esté optando por la represión como reflejo. La anterior alcaldesa, Griselda Martínez, con todos sus errores y aciertos, tenía una línea clara: no permitir que la violencia se colara en la ciudad. Esa política no era perfecta, pero no confundía a jóvenes bailando con delincuentes armados.

Hoy, con Rosa María Bayardo al frente, urge saber cuál es su visión de seguridad. Porque si su línea es responder con fuerza ciega y no con orden estratégico, los manzanillenses están en riesgo. Y no solo en los conciertos.

Lo mínimo que se espera ahora es una explicación clara, robusta y pública. No basta con lamentar. Se necesita saber qué instrucción tienen los policías municipales. Cuáles son los protocolos. Cuál es la política de su gobierno frente a situaciones de tensión. Porque lo que pasó en el concierto no es un hecho aislado: es el síntoma de una autoridad sin dirección.

Y una autoridad sin rumbo es una amenaza.

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