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Indira: El síndrome del avestruz

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Hasta ayer por la noche dudé si publicar o no un artículo de opinión que ya tenía redactado. Era —es— una crítica al comportamiento evasivo de la gobernadora de Colima, Indira Vizcaíno Silva, frente a las legítimas demandas de los trabajadores en el marco del 1 de mayo. Decidí esperar a ver qué ocurría hoy, con la esperanza de estar equivocado. No lo estaba. Indira volvió a esconder la cabeza bajo tierra, como el proverbial avestruz.

Sabíamos que no estaría presente en la capital del estado. Se decía que asistiría al desfile en Manzanillo. Pero tampoco apareció ahí. Los distintos contingentes sindicales marcharon sin gobierno, sin interlocución, sin la más mínima señal de interés por parte de la mandataria. Literalmente: nadie los escuchó. El gobierno estuvo ausente. El Palacio Municipal de Manzanillo —cerrado por remodelación— puede que le sirva de pretexto. Pero ya es una constante: frente a cualquier problema, Indira elige desaparecer.

Hagamos memoria. Los gobernadores priistas, con todo lo cuestionables que eran, sabían que al menos una vez al año debían desfilar junto a los trabajadores, escuchar sus demandas, aunque fuese desde el balcón del Palacio de Gobierno. Incluso la propia Indira, durante los primeros dos años de su gestión, mantuvo esa práctica. Hoy, ni eso.

¿Por qué decidió ausentarse esta vez? La respuesta puede estar en las encuestas. Todas, sin excepción, coinciden: su popularidad se desploma. Los colimenses reprueban su gobierno y, lo más grave, más del 90% considera que miente. Esa cifra no es anecdótica: revela que ha perdido no solo el apoyo, sino la credibilidad. Gobernar sin confianza es gobernar en ruinas.

La paradoja es brutal: Indira tiene el poder, pero ha decidido no ejercerlo. O peor aún: lo ha convertido en simulacro. Cada aparición pública, cada conferencia, cada boletín, cada foto, parecen diseñados no para gobernar, sino para sostener una representación vacía del poder. Como en una obra dadaísta, su administración se ha vuelto una colección de gestos sin contenido, de actos sin consecuencia, de discursos sin vínculo con la realidad.

Y así llegamos a este Primero de Mayo, con una gobernadora ausente, sindicatos ignorados, y un pueblo que grita en el desierto.

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