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COLIMA

Ni un solo libro editado

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Autor: Sergio Escareño.

Contrapesos en el Arte

Hay gobiernos que presumen de modernidad mientras dejan que el polvo sepulte la memoria. El anuncio de un flamante Museo de la Tierra en el Parque Regional suena grandilocuente, pero en Colima basta con asomarse a los viejos recintos culturales para descubrir la contradicción: el Museo de la Gobernadora Griselda Álvarez cerrado a cal y canto; el Museo de Arte Contemporáneo Jorge Chávez Carrillo languideciendo; el Museo Xoloitzcuintle y la promesa olvidada de rehabilitar el Museo de la Sal en Cuyutlán convertidos en ruinas expuestas.

El caso del Teatro Hidalgo debería erizar la piel de cualquier servidor público con un mínimo de responsabilidad. Sus vigas de madera, carcomidas y reportadas desde hace tres años, soportan cada función como quien carga un ultimátum encima. Si una desgracia ocurre —Dios no lo quiera—, no habrá informe de gobierno que alcance para explicar la ceguera voluntaria de la Subsecretaría de Cultura.

Ayer, 23 de abril, Día Mundial del Libro, fue el recordatorio más cruel: en lo que va de esta administración no se ha editado un solo título. Ni uno. La retórica de “apoyar a los escritores” quedó reducida a foto‑oportunidades en ferias y “fiestas populares” donde el talento local sirve apenas de utilería. Entre la falta de visión y el abandono presupuestal, la infraestructura cultural de Colima se desploma al mismo ritmo que las vigas del Hidalgo.

Peor aún es el ambiente que describe buena parte de la comunidad artística: un subsecretario tachado de misógino y prepotente que, lejos de dialogar, prefiere el monólogo de la complacencia. Gobernadora Indira Vizcaíno, usted prometió que los creadores tendríamos voz en las decisiones de cultura. Hoy exigimos algo elemental: que esa voz sea escuchada antes de que la subsecretaría termine convertida en un simulacro —para usar el término de Baudrillard—, un cascarón vacío que finge gestionar la cultura mientras la realidad confirma su deterioro.

Los artistas no pedimos milagros; pedimos consecuencias. ¿Hasta cuándo se tomarán cartas en el asunto? ¿Cuánto más debe ceder la estructura—física y simbólica—antes de que llegue la acción? Un gobierno que no edita libros, que no cuida sus teatros y que deja morir sus museos, renuncia también a la posibilidad de narrarse a sí mismo. Y un estado sin relato propio corre el riesgo de ser contado —y juzgado— solo por sus ruinas.

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