Escrito por: Salvador Becerra Sainz.
Colima ha sido cuna de grandes artistas y genios en las artes plásticas, literatura, música y artes escénicas. Desde Alfonso Michel, Alejandro Rangel Hidalgo, Jorge Chávez Carrillo, Felipe Sevilla del Río, Gregorio Torres Quintero, Miguel Galindo, Rogelio Guedea, Horacio “Colorado” Naranjo, Rafael Zamarripa, Benjamín Fuentes, Gil Garea, Gabriel Portillo, hasta fotógrafos destacados como Sergio “Tapiro” Velasco y Hernando Rivera… solo por mencionar algunos, la lista es infinita y no terminaríamos de mencionarlos a todos en este texto corto; perdón por no mencionar a muchos que escapan a mi memoria o que no tengo el gusto de conocer o simplemente ejercen en desde el anonimato.
Todo artista, independientemente de su fama, ya ha trascendido al dejar su obra, también deja historia, registro y huella de su paso en este mundo. Nos lleva a mundos imaginarios, nos alegra la vida y nos lleva al asombro, a la reflexión, a vislumbrar un reflejo de las “antípodas de la mente” diría Aldous Huxley. Podríamos afirmar que el nivel y calidad de una sociedad se refleja en la calidad y cantidad de sus artistas, así nos lo enseña la historia.
En días pasados nos ha dejado otro gran artista colimense, que bien podría sumarse a la lista de destacados artistas colimenses antes mencionada, Francisco Palacios Olmos. Destacado pintor e ilustrador, uno más de muchos que ha dado esta bendita tierra y otro de tantos que no ha encontrado en las instituciones educativas y gubernamentales el reconocimiento y las consideraciones justas en vida a su trayectoria y genialidad. En charla con un buen amigo surgió la pregunta: ¿Cuántos artistas más como Francisco Palacios Olmos viven y mueren en el desamparo y olvido de las instituciones educativas y gubernamentales?
Hoy disciplinas como el deporte y arte son necesarios más que nunca en una sociedad que colapsa y se desgarra ante los embates del crimen organizado que busca en los jóvenes nuevos miembros para sus organizaciones delictivas. Uno de los grandes aciertos en la estrategia de Colombia para combatir las organizaciones del narco en décadas pasadas en zonas y ciudades conflictivas, fue ganarles la partida a estas organizaciones criminales en cada barrio mediante librerías, talleres artísticos y centros deportivos en los cuales los jóvenes encauzaron sus inquietudes y momentos de ocio, arrebatándoles así futuros miembros a estas organizaciones criminales.
Hoy Colima vive una violencia sin precedentes y el arte debería ser una herramienta y un recurso para, dentro de una estrategia integral, regresarle la paz a sus habitantes. Algunos artistas tienen la suerte de encontrar la certidumbre al amparo de alguna institución educativa o del gobierno, no todos lamentablemente, es más me atrevería a asegurar que son una minoría. Francisco Palacios Olmos se encuentra entre esos “artistas olvidados”, que sólo sirven al gobierno en turno para mostrar su miseria, desfachatez y cinismo mediante un “reconocimiento” post mortem y sus “sentidas condolencias” en una publicación en redes sociales. ¡Cínicos desvergonzados!. ¿Cuántos “artistas olvidados” más habrá y hay en Colima?¿Cuánto genio y talento desperdiciado y desdeñado por estos gobiernos indolentes y oficiosos? ¿Cuánta insensibilidad más es necesaria para que se dé protección digna a artistas y artesanos que dan vida, alegría y color a nuestras calles y andadores?. Parece que la respuesta no vendrá de los gobiernos, ojalá me equivoque, creo que vendrá de la propia comunidad artística y cultural, misma que debe organizarse y generar una sinergia que provoque un círculo virtuoso y recursos para sus miembros. El llamado es a crear instituciones, asociaciones, sociedades y empresas, que les permita una mejor calidad de vida, un recurso económico digno y prestaciones sociales que les dé certidumbre a sus familias tanto en la salud como en la enfermedad. La vida del artista debe ser algo más que amor al arte, es necesario el recurso económico para una vida digna. Queda la reflexión y la propuesta.
Francisco Palacios Olmos, QEPD.