Columna
El puercoespín
De niño me fascinaban los velorios. Mi gusto por los velorios viene de las charlas nostálgicas y de cómo vendría el futuro de la familia en proceso de duelo. En el velorio llegué a conocer a los muertos por los dichos de los asistentes que iniciaban con el caer de la noche y terminaban en la madrugada cuando se repartía el café y el pan calientitos y la gente llegaba, en tandas, muy bien bañadas y vestidas. A ningún muerto vi en su ataúd porque, desde entonces, no soporto ver a una persona muerta porque sencillamente ya son otras. La chispa vital, el alma, ya no radica en ellos. Son otros.
Los velorios –a los que fui– siempre me llamaron la atención porque todas las personas iban muy bien presentadas, con su mejor ropa y perfectamente planchada. Los zapatos impecables, los pantalones con raya marcada y las camisas blancas perfectamente pulcras, inmaculadas.
Nunca pregunté por qué mis tíos abuelos se presentaban tan impecables a un velorio, lo deduje. Se trataba de manifestar sus respetos al fallecido, a sus familiares y amigos.
De ahí, supongo, nace la tradición de presentarse en un evento con sus mejores galas. Que podrán ser vestimentas caras o baratas, pero siempre limpias e inmaculadas. En una bautizo, una boda, entre otras convivencias, presentarse bien vestido es una forma de honrar a los anfitriones, cumpleañero, bautizado o novio.
En las ceremonias o actos académicos, en los eventos de rendición de protesta o informes la gente va bien vestida como una forma de honrar al evento en sí o a la investidura. Son actos de profundo respeto. Ser Prolijos en su vestido, de las personas, son profundas formas de respeto que vienen de bien atrás de nuestra cultura milenaria.
Margarita
Margarita Moreno se pasó de la raya cuando rindió protesta como presidenta municipal de Colima. Pues –se comenta ácidamente en las columnas– el haber calzado un vestido de 27 mil pesos marca Carolina Herrera –es mucho para una sociedad tan golpeada como la nuestra–. Y sobre todo, es insultante cuando usa sus jean y tenis caros para ir a pintar los postes de los parques municipales. Hay mucho de pretensión, de burla, de cinismo y de farsa en estas formas de vestir.
Indira
Recientemente acudió a un acto académico para dar a conocer el lanzamiento de la futura Universidad de la Interculturalidad que funcionará en el municipio de Comala. En el citado evento ella vistió unos jeans azules y desgastados, una camiseta y unos tenis, totalmente casual, vestimenta propia de su edad, el problema es que estaba en un evento de corte académico. O tal vez pensó que como se trataba de un evento de pobres había que vestir así como lo hizo, con descuido.
Contrasta la vestimenta que utilizó en el informe del presidente de la Comisión de Derecho Humanos de Colima donde usó unas faldas Donna Karan que Stephan Weiss cantante de rap publicita cotidianamente, es decir, que la marca es primero. Un vestido, por cierto, mucho más barato que el de Mago, pero cuyo valor oscila entre los 3 mil y cuatro mil pesos. Mucho dinero para una zona económica donde el promedio de ingresos es de 6000 pesos al mes.
Indira viste descuidada para los pobres y muy de marca para la sociedad política.
Mago e Indira
A la presidenta municipal y a la gobernadora a pesar de encabezar –se supone– dos proyectos políticos antagónicos las une su pasión por la buena ropa, por la ropa de marca, por la búsqueda de la moda que marca tendencia estética.
A la presidenta municipal y a la gobernadora también las une el vestir distinto, según el lugar donde están ubicadas.
Amabas son farsantes, pues predican una cosa en su discurso y son muy distintas en sus actos.
Ropa cara, pasión por la moda, delirio por lucir bien, obsesión por las selfis, su outfit es prioritario. Qué le vamos hacer, su pasión es la frivolidad. La frivolidad las une.
Moda y programas de gobierno
Usted se preguntará, qué tiene que ver su gusto por los vestidos caros con la política, pensará que es mejor bien vestidas que cuachalotas.
Si usted amigo, amiga, va a cualquier negocio u oficina se encontrará con mujeres impecablemente vestidas con blusas, faldas, pantalones y zapatillas impecables sin gastar tanto y sin ostentar su vestido, porque privilegian su buena e impecable presentación sin gastar en exceso.
Hablo de su outfit, como dicen ahora, porque programa de gobierno y obras no tienen. El estado y el municipio de Colima atraviesan por una profunda crisis política y sus gobernantes están más ocupadas en su outfit que en los asuntos de gobierno.
Hablo del outfit porque el lenguaje grosero y descalificador ya se institucionalizó en el Congreso. Y su bajísimo perfil político hará historia. No hay política que analizar. Hay insultos y vulgaridad.
La Historia no las absolverá porque su frivolidad rampante es muy peligrosa en tiempos de crisis financiera e inseguridad públicas.