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COLIMA

Desde el cielo una hermosa mañana…

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Escrito por: Ramiro Cisneros García.

Con los ojos en la cara.

Hay un relato atribuido a Antonio Valeriano, indígena cultivado y amanuense y que data del segundo tercio del Siglo XVI que lleva por título, “NICAN MOPOHUA”, que fue escrito en lengua Nahuatl, que significa, “Aquí se narra, aquí se cuenta” y, que habla de las apariciones de la Virgen de Guadalupe a Juan Diego.

Sin ninguna pretensión de ser o pretender, ser historiador, porque no lo soy, les comento lo siguiente: después de que los conquistadores iniciaron con la destrucción de los símbolos religiosos aztecas e iniciar la demolición de los templos y pirámides, Hernán Cortes pide al rey que envíe religiosos franciscanos para iniciar la obra de evangelización.

El primer obispo, Fray Juan de Zumárraga, se instala en México en un palacio construido con las piedras de las pirámides aztecas. Pero, además, sobresale el desplazamiento de los indios de funciones sacerdotales y la marginación de la lengua indígena. Así lo dice Eduardo Hoornaert, 1974 en la página 9 del libro, Guadalupe, Evangelización y Dominación.

Ante esta situación, los indígenas, vivían entre la desesperanza y la desilusión y pensaban: “Nuestros dioses no eran tan fuertes; nos han abandonado, nosotros ya no importamos ni valemos y se viene un cataclismo mayor”. Pensaban en situaciones todavía más trágicas.

Llorad, amigos míos,
Tened entendido que, con estos hechos,
hemos perdido la nación mexicana…
! El agua se ha acedado, se acedó la comida…
Esto es lo que hizo el hacedor de la vida
en Tlaltelolco¡

La flecha ya estaba depuesta. Partiendo de que siendo la guerra su identidad, la desolación era grande…  “Si ya no hay para que luchar, ya no hay para que vivir”. La situación era trágica ante una derrota consumada y ante la destrucción, al menos en apariencia, de sus dioses, lo que ellos eran y lo que ellos creían. Uno es en parte aquello en lo que cree o en quienes cree. Esto es lo que yo pienso.

Inicia en México un nuevo proceso: la evangelización, con todo lo que esto significa ante la ruina de su civilización y sus dioses.

Este fue el alarido de una raza, de todo un pueblo:

“Dejadnos pues, ya morir,
dejadnos perecer
puesto que ya nuestros dioses
han muerto.”

Es esta la queja de un pueblo qué a través de la danza, el canto y las flores expresaban el lenguaje más noble por su sentido de trascendencia que era al mismo tiempo liturgia y lucha. Con los nuevos ingredientes del mensaje cristiano todo se trastoca.

Ahora con la presencia de Guadalupe, la madre de los dioses se volverá madre del pueblo y es a través de un diálogo exquisito entre Guadalupe y Juan Diego, que se explica el núcleo central del mensaje cristiano. Juan Diego, ya no aparece como el súbdito sino como el hijo. Así, Juan Diego es un hombre, pero es una colectividad. Guadalupe ya no será la diosa india sino la virgen mestiza, la “morenita del Tepeyac”.

Pero, ¿Qué nos dice el NICAN MOPOHUA, como se da ese diálogo entre Juan Diego y Guadalupe?

Esto es lo que aquí se narra, aquí se cuenta:

“Ya amanecía…  en el sitio llamado Tepeyac, despuntaba el alba…” Juan Diego oyó cantar sobre el cerrito, cantos como cantan diversos pájaros preciosos que al interrumpir su gorjeo cómo que los coreaba el cerro de manera suave, agradabilísima. Su trino sobrepujaba al del Coyoltótol y del Tzinizcán y al de otras preciosas aves canoras”

Se detuvo Juan Diego y se dijo: ¿Por ventura es mi mérito, mi merecimiento lo que ahora oigo? ¿Quizá solamente estoy soñando? ¿Acaso estoy dormido y solamente me lo estoy imaginando? ¿Dónde estoy?  ¿Dónde me veo?…

Tenía fija la mirada fija en la cumbre del cerrito, hacía el rumbo de donde sale el sol, allí escuchaba el canto celestial.

Cesó el canto y oyó que lo llamaban: “Mi Juanito, mi Juan Diego”. Se animó a ir, su corazón no se agitaba, nada lo perturbaba, se sentía feliz, rebosante de dicha… Y, al llegar a la cumbre, tuvo la dicha de ver a una doncella qué por amor a él, estaba allí de pie, la cual tuvo la delicadeza de invitarlo a que viniera “juntito” a ella…Cuando llegó a su adorable presencia, a su maravillosa majestad…sus vestiduras resplandecían y el risco como que lanzaba resplandecientes flechas de luz…su aureola semejaba el jade más precioso…la tierra como que se bullía de resplandores…los mezquites y los nopales como esmeraldas como de finas turquesas…

Mi pequeño, mi Juanito, ¿A dónde te diriges? Y el responde: mi señora, mi reina, mi muchachita.

La respuesta de ella es esta:  Soy la Virgen Santa María y tengo el privilegio de ser madre del Verdaderísimo Dios,  de Ipalnemohuani (Aquel por quien se vive)  También del Creador de las personas, del Dueño  del estar junto a todo y abarcarlo todo, del Señor del cielo y de la tierra.

Es mi deseo que construyan un templecito para allí mostrárselo a ustedes:
Él que es todo mi amor.
Él que es mi mirada compasiva.
Él que es mi auxilio
Él que es mi salvación

Me honro der ser madre compasiva tuya y de todas las gentes que hay aquí en la tierra…los que aclamen a mí, los que me busquen, los que me honren confiando en mi intervención.

Allí estaré siempre dispuesta a escuchar su llanto, su tristeza; para purificar, para curar sus diferentes miserias sus penas y dolores hijos míos. Tu el más amado, mi aliento, mi palabra. Y juan Diego le responde, dueña mía, señora mía, hijita mía, la más amada.

Juan Diego más delante le dice: Ojalá te hubieras fijado en uno de los ilustres, los nobles conocidos y respetados… Yo soy mecapal, soy cacaxtle, soy cola…

Ahora, a estas horas los templos estarán vacíos, pero la fe de los sencillos está presente y solo los detiene de llenar los templos la obediencia y el respeto por su vida y la de los demás.

Guadalupe cuando platica con Juan Diego esta de pie no está en un trono y no lo trata como súbdito sino como hijo y con mucho cariño. No es esta la hora de discutir posturas teológicas y argumentar cuestiones sociológicas y antropológicas y yo no estoy capacitado para ello ni me interesa. Me interesa la religiosidad popular porque respeto las manifestaciones sencillas de la gente que cree sin remilgos y sin muchas teologías y teorías. Algunas veces aprendí más de esas personas buenas que de los grandes tomos de dogmática y apologética

No habrá cohetes, ni luces, ni danzas y mucho menos engaños y falsas esperanzas. Eso por ahora dejémoslo a los políticos que en su desvergüenza atroz serán capaces de cantar: “desde entonces para el mexicano, ser  guadalupano: es algo esencial.”

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