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COLIMA

Un planeta para la casta privilegiada

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Malas Compañías

Autor: Mario Alberto Solís Espinosa.

“Abandonado a su suerte”. No hay frase más sencilla ni más exacta para describir lo que sucede a Colima y sus habitantes, rehenes de todo tipo de expresiones de la delincuencia y víctimas de un régimen ciego, sordo e incompetente que se ha construido una realidad a medida para evadir sus responsabilidades.

Los colimenses enfrentan una de las crisis más profundas de inseguridad en los últimos años, campean los asaltos a viviendas, las extorsiones y el cobro de piso a negocios que ante su legítima resistencia de pagar impuestos al crimen, sufren la pérdida de su patrimonio.

En un territorio sin ley, los criminales de toda laya han ganado espacios a la sociedad, controlan las más variadas actividades económicas y sin duda, establecieron un régimen alterno que en los hechos decide sobre los más variados aspectos de la cotidianidad en el estado.

Los robos a viviendas en plena luz del día, los atentados contra marcas emblemáticas para la comunidad y los homicidios sin esclarecer son algunas expresiones de la circunstancia de degradación que padece la entidad, siempre en detrimento de las clases más desprotegidas, aquellas que no tienen ninguna relación con el poder.

Mientras ese régimen de violencia y criminalidad lo contamina todo, los gobernantes prefieren mirar hacia otro lado, construirse un mundo a su medida, regodearse en la superficialidad que es signo de los tiempos actuales y a la que el ejercicio del poder no escapa.

El gobierno estatal ha renunciado de facto a sus obligaciones fundamentales; la seguridad, la salud, la educación no son sus prioridades, como sí lo es garantizar clientelas electorales a través de programas de dudosa efectividad y sin ningún parámetro de evaluación.

La indolencia e ineptitud de la clase política tiene costos evidentes. La vida en Colima se ha pauperizado, cada día es más complicado vivir en un lugar violento, inseguro, atrasado y con escasas condiciones de bienestar; donde además la violencia acecha y cualquiera puede ser la próxima víctima.

Los programas sociales desarrollados por la Federación y mal copiados por la administración de Indira Vizcaíno son insuficientes para garantizar una vida digna. No se pueden intercambiar unos pesos al mes por el derecho a los servicios de calidad en las áreas de salud, educación y seguridad.

Los gobernantes locales y representantes de instituciones como el Poder Legislativo y Judicial se han convertido en figuras decorativas; viven en una burbuja extasiados por el glamour que proporciona el poder. Son habitantes de un planeta lejano donde no existe la pobreza, la violencia ni la corrupción.

Tristemente la inmensa mayoría de la población no habita ese mismo paraíso, porque es un lugar reservado para quienes perciben más de 100 mil pesos al mes, tienen escoltas personales y vehículos blindados, viven en cotos exclusivos, sus hijos acuden a colegios y reciben atención médica en clínicas privadas.

Fuera de esa casta privilegiada la vida es otra. En el Colima real se vive con zozobra, a expensas siempre de la delincuencia, haciendo largas filas para ser atendidos en el sector salud o siempre protestando por que las escuelas de sus hijos no cuentan con lo mínimo indispensable, a veces ni siquiera maestros para cubrir los grupos.

La beca, la computadora, la pensión, son espejismos solamente, paliativos que no resuelven los problemas de fondo, pero que son muy útiles para gobiernos que en su mediocridad, prefieren regalar dinero que invertirlo en garantizar derechos fundamentales de la población.

Desde hace años, inmersos en una espiral de decadencia, los políticos colimenses son incapaces de detener el retroceso que distingue a la entidad. Colima no está mejor que hace un par de décadas y eso es responsabilidad de los gobernantes corruptos e incapaces, con honrosas excepciones, que han ocupado puestos de todos los niveles, desde el más discreto hasta el más encumbrado.

BREVE HISTORIA PARA CAMILA. Mientras esto escribo, el Tiberius duerme a mis pies, escucho a The Cure y pienso en que Camila y yo podríamos hacer un viaje a algún lugar que no conocemos para fin de año. Eso es la vida, esa debería ser, un sitio idílico en el que solo nos preocupara lo indispensable, las cosas que verdaderamente valgan la pena. Pero la realidad es otra y ni que fuéramos gobernantes, diputados o políticos para ignorarla.

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