En la vasta historia de las estrategias políticas, pocas herramientas han resultado tan efectivas –y tan vacías– como la demagogia. Esta práctica, que Aristóteles definía con desdén como la corrupción de la democracia, consiste en ofrecer soluciones simplistas a problemas complejos, apelando a las emociones más básicas del pueblo. En Colima, al parecer, la lección aristotélica ha sido bien aprendida, aunque no para evitarla, sino para perfeccionarla.
La gobernadora de Colima, Indira Vizcaíno Silva, maestra en Derechos Humanos y licenciada en Derecho, encontró en el boxeo la respuesta a la violencia desbordada que azota al estado. Con entusiasmo casi infantil, anunció la participación de Colima en la “Clase Nacional de Boxeo 2025”, impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum. El acto cumbre de esta cruzada pacificadora consistió en la firma de un “Cinturón de la Paz”, una pieza de utilería cuyo simbolismo parece tan frágil como las políticas públicas que lo sostienen.
Es difícil no admirar el optimismo de la mandataria. Mientras la realidad se desmorona en balaceras y ejecuciones, ella sostiene con firmeza el dogma de que una clase de boxeo de un día traerá armonía social. No deja de ser irónico que, en un estado que encabeza las estadísticas de homicidios dolosos –54 asesinatos en enero, según cifras oficiales–, el gobierno promueva un deporte basado en la violencia como bálsamo para restaurar la paz. Tal vez, en un exceso de idealismo platónico, se cree que al canalizar la agresión en un cuadrilátero, los sicarios reconsiderarán su vocación y colgarán las armas para calzarse los guantes.
Pero la realidad no se ajusta a las narrativas simplistas. En las últimas semanas, Colima ha sido testigo de escenas que podrían figurar en los capítulos más sombríos de la historia nacional. Durante la “Cabalgata de las Mujeres” en Villa de Álvarez, una balacera dejó un saldo de 17 heridos, entre ellos un policía muerto y tres niños lesionados, uno de los cuales perdió un ojo. La violencia, lejos de limitarse a las sombras, ha invadido los espacios públicos con una impunidad que roza la obscenidad.
En Coquimatlán, el horror adoptó la forma de una niña que caminaba de la mano con su padre cuando dos motociclistas abrieron fuego contra ellos. Varios disparos impactaron a la menor, uno de ellos en la cabeza. Los agresores, como en tantas otras ocasiones, desaparecieron sin dejar rastro.
Frente a este panorama desolador, resulta casi ofensivo que el gobierno se preste a actos performativos como la “Clase Nacional de Boxeo”. Uno podría pensar que, tras tres años de mesas para la “construcción de la paz” –cuyo único resultado tangible parece ser el desgaste de los muebles–, las autoridades apostarían por políticas más eficaces: mayor presencia policial, inteligencia criminal, coordinación interinstitucional. Pero no. En lugar de eso, se nos ofrece un espectáculo de guantes y selfies, como si la firma de un cinturón tuviera el poder metafísico de disuadir a los sicarios.
Lo más alarmante no es la frivolidad del gesto, sino su descarada desconexión con la realidad. Mientras las balas atraviesan cuerpos inocentes, el gobierno se retrata firmando objetos simbólicos y proclamando con júbilo que “a través del deporte, promoveremos la paz y el bienestar social”. Quizá habría que recordar a la gobernadora que la paz no es una abstracción que se convoca con hashtags ni se imprime en un cinturón de imitación.
El filósofo Slavoj Žižek sostiene que en las sociedades contemporáneas, los rituales simbólicos no buscan resolver los problemas, sino encubrirlos para tranquilizar las conciencias. En ese sentido, la “Clase Nacional de Boxeo” no es más que una cortina de humo, un placebo institucional que permite a las autoridades fingir que hacen algo mientras, en las calles, la muerte sigue su curso.
La pregunta es inevitable: ¿realmente creen que una exhibición deportiva transformará el tejido social de un estado asediado por el crimen? ¿O, más bien, estamos ante un nuevo capítulo del teatro político donde lo importante no es resolver los problemas, sino simular que se intenta?
En Colima, la sangre sigue corriendo. Y, mientras tanto, el gobierno firma cinturones.