Colima, México, Avanzada (13/02/2026).— Hace apenas unas semanas, Rocío Hernández se plantó sobre el asfalto de la carretera Tecomán–Manzanillo con la voz hecha trizas, pero con el corazón decidido. Detuvo el tránsito no por desafío, sino por desesperación. Lo único que pedía era que buscaran a su hijo, Omar Eliseo Rosales Hernández, desaparecido desde el 14 de enero en Manzanillo.
Aquel día, rodeada de compañeras transportistas —porque ella también vive del volante— gritó lo que muchas madres callan por miedo o cansancio: “En mi casa hay una silla vacía”. No exigía culpables, no pedía castigos. Suplicaba algo más simple y más profundo: encontrarlo.
La ficha emitida por la Comisión de Búsqueda de Personas del Estado de Colima describía a Omar: 26 años, 1.75 metros de estatura, tez morena, cabello negro corto y lacio, ojos café oscuro, un lunar en medio de las cejas. Vestía pantalón de mezclilla, playera gris y gorra negra. Una descripción fría, técnica, necesaria. Pero para Rocío no era un conjunto de rasgos: era su hijo.
Durante la protesta, denunció la lentitud institucional, la ausencia de rastreos oportunos, la burocracia que parece pesar más que la urgencia de una madre. “¿Cuántos días más tengo que esperar?”, preguntó entre lágrimas. También habló del juicio social que acompaña a las familias de personas desaparecidas, como si el dolor no fuera suficiente carga.
Los días pasaron. La esperanza, esa que nunca se suelta del todo, comenzó a volverse más frágil.
Y entonces, sin conferencia, sin declaraciones, sin consignas, Rocío publicó una imagen con una frase en su red social: “Tus alas ya estaban listas para volar pero mi corazón nunca estuvo listo para verte partir”.
El mensaje lo dijo todo.
Decenas de personas respondieron con abrazos virtuales, palabras de consuelo y promesas de acompañamiento. No hay palabras que reparen la pérdida de un hijo. No existe consuelo posible cuando la ausencia se vuelve definitiva. La silla vacía de la que habló aquella mañana en la carretera ahora es un silencio permanente.
La historia de Omar no es solo la de un joven de 26 años. Es la historia de una madre que agotó cada recurso, que dejó de trabajar, que enfrentó críticas y se expuso públicamente con tal de que alguien escuchara su clamor. Es también el retrato doloroso de una realidad que persiste en Colima y en el país: familias que buscan, que esperan, que se organizan, que gritan en el asfalto cuando las puertas se cierran.
Hoy, la protesta quedó atrás. Lo que permanece es el duelo.
Rocío ya no pide explicaciones frente a los motores detenidos. Ahora enfrenta el vacío que ninguna autoridad puede llenar. Y mientras las redes sociales se llenan de mensajes solidarios, en su casa la ausencia pesa más que cualquier palabra.
Porque ninguna madre está lista para despedir a un hijo.