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Contrapesos en el arte

Autor: Sergio Escareño

Los espacios culturales no son ocurrencias administrativas ni salones multifuncionales que puedan redefinirse al vaivén de las agendas públicas. Son, ante todo, proyectos de sentido. Lugares pensados, diseñados y construidos con una vocación específica que responde a una visión artística, histórica y social. Por eso resulta necesario abrir una reflexión seria sobre el destino del Museo de Arte Contemporáneo Jorge Chávez Carrillo.

¿Cómo explicarle a la titular del Ejecutivo estatal, formada en derechos humanos, que este museo no es un edificio neutro? No se trata de un contenedor vacío que pueda adaptarse sin consecuencias a cualquier temática. Desde su concepción arquitectónica, el recinto fue diseñado para albergar grandes exposiciones de arte contemporáneo: pintura, escultura, instalaciones, obra de gran formato y colecciones que requieren condiciones técnicas particulares. Sus dos galerías de gran escala, su iluminación, su circulación interna y su propio concepto espacial responden a esa finalidad. Incluso su auditorio complementa esa vocación, al ser un espacio idóneo para conferencias, presentaciones de libros, encuentros con artistas y actividades de reflexión estética.

Un museo ambiental —por el contrario— obedece a otra lógica museográfica. Su relación con el entorno natural es esencial: espacios abiertos, interacción con el paisaje, recorridos pedagógicos que vinculan ciencia, territorio y experiencia sensorial. No es sólo un tema expositivo, es una concepción integral del espacio. Pretender que un museo de arte contemporáneo asuma esa función implica desvirtuar su esencia y desconocer la naturaleza de ambos modelos.

Aquí no se discute la importancia del medio ambiente ni la pertinencia de contar con un museo dedicado a ese tema. Lo que está en juego es el respeto al patrimonio cultural existente. Transformar el sentido del Museo Jorge Chávez Carrillo significaría desdibujar un proyecto artístico consolidado, construido para dar cabida a expresiones que, de por sí, suelen tener pocos espacios de exhibición en el país.

Además, las decisiones sobre infraestructura cultural no deberían tomarse de manera unilateral. Sería un gesto democrático —y también sensato— consultar a la comunidad artística, a los creadores, a los promotores culturales, a los académicos y a quienes han hecho del arte su campo de trabajo. Un referéndum sectorial, un proceso de diálogo real, permitiría incorporar voces especializadas antes de cometer un error que podría ser irreversible.

Los museos no sólo guardan obras: resguardan sentido, memoria y vocaciones. Alterar su propósito original no es un simple ajuste administrativo, sino una redefinición simbólica del lugar que ocupa el arte en la vida pública. Todavía es tiempo de recapacitar, de buscar un espacio adecuado para un museo ambiental y de evitar que, por una decisión apresurada, se fracture la relación entre las autoridades y la comunidad cultural.

Defender la esencia de un museo no es un capricho gremial. Es, en el fondo, defender el derecho de la sociedad a conservar sus espacios de creación, reflexión y libertad estética. Cuando esos equilibrios se rompen, el daño no es sólo para los artistas: es para la vida cultural de todos.

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