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La redención instrumental: el preso como recurso del Estado

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El fenómeno de la instrumentalización del paria social por parte del Estado es una recurrencia histórica que revela la cara más pragmática y sombría del poder. Cuando un régimen decide que los muros de la prisión no son el límite, sino una reserva de recursos, la justicia se transmuta en una logística del descarte.

La figura del prisionero, históricamente despojado de su agnitio o reconocimiento civil, ha sido reconfigurada por diversos gobiernos como un instrumento de coacción o un peón de sacrificio. Esta praxis, que podríamos denominar la “mercantilización de la redención”, opera bajo una lógica perversa: el Estado ofrece la libertad no como un derecho restituido tras la expiación, sino como un salario por servicios que la ciudadanía “de bien” o las instituciones regulares no están dispuestas a ejecutar.

Desde las gélidas estepas donde los batallones penales soviéticos fueron forzados a una expiación sanguínea frente a la maquinaria de guerra germana, hasta las más contemporáneas y cínicas maniobras de reclutamiento en centros penitenciarios para alimentar conflictos proxy, el patrón es idéntico. Se busca el aprovechamiento de aquel que no tiene nada que perder, transformando su desesperación en una fuerza de choque sin rostro y, más importante aún para el soberano, sin responsabilidad política.

Esta táctica cumple una doble función en el ajedrez del control social. Por un lado, externaliza la violencia estatal, permitiendo que el régimen mantenga una fachada de institucionalidad mientras actores “irregulares” ejecutan las tareas más abyectas. Por otro, actúa como una válvula de escape que purga el sistema carcelario, no para aliviar el hacinamiento, sino para proyectar el conflicto hacia afuera, ya sea hacia un frente de guerra o hacia el tejido social de una nación adversaria, como ocurrió en el histórico y traumático episodio del Mariel.

Al final, la excarcelación con fines aviesos es el testimonio de un Estado que ha renunciado a su función pedagógica y rehabilitadora para abrazar una necro-política. Es el uso del hombre por el hombre en su estado más puro y despojado de ética: el prisionero deja de ser un sujeto de derecho para convertirse en una extensión desechable del brazo armado del régimen. Una lección de la historia que nos advierte que, cuando el poder se siente amenazado, los candados son los primeros en fundirse para forjar nuevas armas.

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