Autor: Armando García.
Viñetas
En México, donde el terror contra las mujeres se mide en cuerpos inertes y promesas rotas, el incidente de acoso que vivió la presidenta Claudia Sheinbaum el 4 de noviembre de 2025 en las calles del Centro de la Ciudad de México encendió una tormenta de mensajes solidarios. Gobernadoras de varios estados, alineadas con la Cuarta Transformación, no tardaron en manifestarse: voces desde el norte hasta el sur, condenando el acto como un símbolo de la lucha cotidiana.
La de Colima, Indira Vizcaíno, cuyo territorio encabeza las estadísticas nacionales de feminicidios en 2025 con una tasa alarmante de cuatro por cada cien mil mujeres, se sumó al rechazo público. Pero esa misma autoridad, que no ha logrado frenar la hemorragia de violencia en su entidad –con más de sesenta y ocho casos desde que asumió en 2021–, ahora habla de unidad cuando el foco ilumina a la máxima mandataria.
No fue solo un coro de gobernantes. La dirigencia de Morena, con su presidenta y figuras como Citlalli Hernández al frente, elevó el tono: repudios en redes, llamados a la acción y hasta la promesa de una reforma legal para convertir el acoso en un delito grave a nivel federal, con mecanismos más ágiles para denuncias y castigos más severos. Suena bien, ¿verdad? Un paso hacia la justicia.
Sin embargo, esa energía parece reservada para emergencias que tocan lo más alto del poder. ¿Dónde andaba esa urgencia cuando las víctimas eran mujeres comunes, sin reflectores ni afiliaciones partidistas? ¿Por qué no hubo iniciativas legislativas tan rápidas para blindar a las que mueren en silencio, lejos de las cámaras presidenciales?
Basta con repasar el año para ver la desconexión. En Sonora, tres niñas perdieron la vida en un acto de crueldad que estremeció conciencias, un triple feminicidio que dejó a familias destrozadas y a la sociedad exigiendo respuestas. En Veracruz, una maestra fue acribillada en su salón de clases, un espacio que debería ser refugio y no tumba. San Luis Potosí vio caer a una madre activista, dedicada a buscar a las desaparecidas, silenciada por quienes temen la verdad. Y en la propia capital, una joven que solo quería dar un paseo con su mascota terminó como una cifra más en la cuenta nacional: cuatrocientos cuarenta y cuatro feminicidios de enero a agosto de 2025, casi dos al día según los registros oficiales.
Casos como el de Yrma Lydya, cuya muerte en octubre impulsó clamores por leyes más estrictas, o el de Monserrat, que inspiró reformas locales pero no un movimiento nacional, ilustran la brecha. Esas tragedias no generaron hashtags masivos ni pactos interestatales; se diluyeron en boletines y condolencias fugaces.
Esta es la sororidad a medias, un apoyo que se activa solo cuando el dolor es “nuestro”. Recuerden el día de la toma de protesta de Sheinbaum, el 1 de octubre de 2024: “Llegamos todas”, exclamó ante una multitud eufórica en el Zócalo. Un lema potente, que evocaba inclusión y fuerza colectiva. Pero, en la práctica, ¿a cuáles “todas” se refería? A las aliadas del partido en el poder, o a las que comparten el podio de la transformación.
Las mujeres de la oposición, las independientes que pelean en las calles sin respaldo oficial, las sobrevivientes de la violencia en los márgenes –ellas no entraron en esa ecuación. Es un compromiso que brilla en la foto, pero se apaga ante la realidad de un país con veinticinco alertas de violencia de género activas y un presupuesto para prevención que, aunque aumentó, aún no alcanza para cubrir las grietas.
La falta de un verdadero lazo con la sociedad se ve en esa selectividad: leyes reactivas para un acoso no letal, pero tibieza ante homicidios que devoran vidas. Colima, con sus veinte feminicidios en 2023 y una escalada en 2025, es solo un ejemplo de cómo el discurso feminista se usa como escudo político en lugar de espada contra la impunidad.
La sororidad genuina no elige banderas; abraza a todas las herídas, sin importar su apellido o su boleta electoral. Hasta que ese “todas” deje de ser un eslogan y se convierta en acción imparcial –con investigaciones exhaustivas, presupuestos reales y cero tolerancia a la hipocresía–, seguiremos contando víctimas en vez de victorias. ¿Cuántas más para que el apoyo sea universal y no un privilegio de las élites?