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COLIMA

Laguna de Cuyutlán: el riesgo de una herida irreversible

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EDITORIAL

La Laguna de Cuyutlán significa mucho más que un cuerpo de agua en la costa de Colima. De acuerdo con diversos estudios académicos, se trata de un ecosistema de importancia nacional, hogar de manglares, aves migratorias, tortugas marinas, peces y crustáceos que sostienen la pesca artesanal, así como de salinas que forman parte del patrimonio cultural y económico de la región. Es un espacio vital para la biodiversidad y para las comunidades que dependen de él.

Sin embargo, este santuario natural se encuentra nuevamente bajo amenaza. El proyecto de ampliación del Puerto de Manzanillo hacia el Vaso II de la laguna, impulsado por el gobierno de Claudia Sheinbaum y respaldado con entusiasmo por la administración de Indira Vizcaíno, representa un riesgo real de daños irreversibles. Los impactos potenciales van desde la alteración de la hidrodinámica de la laguna y la pérdida de manglares, así como el daño a los islotes, hasta la afectación directa de las pesquerías y las salinas, pilares históricos de la economía local.

No sería la primera vez que la Laguna de Cuyutlán sufre por intereses económicos disfrazados de progreso. Durante los gobiernos del PRI y del PAN ya hubo intervenciones que redujeron su integridad ecológica, fragmentaron su superficie y afectaron la calidad del agua. Hoy, con el proyecto morenista, el riesgo es que se aseste la puntilla, lo que sería un daño de tal magnitud que convierta en imposible cualquier recuperación futura.

Resulta particularmente preocupante que sean pocas las organizaciones ambientalistas que se han pronunciado con firmeza para defender la laguna. Salvo casos como el de Demarem A.C. o el de Tsikini A.C, la mayoría de activistasy colectivos locales han optado por un silencio inexplicable. Todo apunta a que la cooptación política y económica ejercida por la llamada “Cuarta Transformación” ha conseguido frenar voces críticas, incluso en espacios que antes se caracterizaban por su defensa abierta del medio ambiente.

Aún más llamativo es que los actuales gobiernos de Morena rescaten un proyecto concebido en tiempos del “neoliberalismo” que tanto han criticado, específicamente bajo el mandato de Felipe Calderón. En su momento, ese plan portuario fue cuestionado por su potencial destructivo; hoy, en nombre de un supuesto desarrollo nacional, vuelve a la mesa, maquillado con promesas de conservación que suenan huecas ante la experiencia acumulada de daños previos.

En el discurso oficial, la ampliación portuaria se presenta como una obra estratégica para la economía, con una inversión de más de 63 mil millones de pesos, con el objetivo de posicionar a Manzanillo como el puerto más importante de América Latina. Pero en los hechos, se trata de otro caso en que el valor monetario y las metas de competitividad pesan más que la preservación ambiental y la calidad de vida de las comunidades costeras.

La historia reciente de la Laguna de Cuyutlán demuestra que los proyectos que priorizan el beneficio económico inmediato, sin un compromiso real con la protección ambiental, terminan dejando un saldo de pérdidas irreparables. Si este proyecto sigue adelante bajo las condiciones actuales, la laguna podría convertirse en el último gran sacrificio ecológico de Colima en nombre del “progreso”.

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