Autor: Sergio Escareño.
En Colima, la cultura parece avanzar a contracorriente, sostenida más por la inercia de sus creadores que por la claridad de sus instituciones. El reciente destrabe de la convocatoria para dirigir la Banda Sinfónica del Estado —relegada desde octubre de 2025— no es necesariamente una buena noticia en sí misma, sino un recordatorio de lo que ocurre cuando la gestión cultural se posterga: incertidumbre, desgaste y sospecha. Que finalmente se designe a quien llevará la batuta abre una posibilidad, pero también deja una exigencia implícita: que el criterio sea la preparación y no los intereses. En el arte, como en la política, los contrapesos son indispensables.
Esa misma necesidad de equilibrio se hizo visible hace unas semanas frente al Museo de Arte Contemporáneo Jorge Chávez Carrillo, donde integrantes de la comunidad artística nos manifestamos para cuestionar la intención del gobierno estatal de instalar ahí un museo ambientalista. La discusión no es menor ni superficial. No se trata de oponerse a nuevas propuestas culturales, sino de cuestionar la lógica de sustituir, desplazar o resignificar espacios sin atender primero su vocación original y, sobre todo, su abandono.
Porque el problema de fondo no es la creación de un nuevo museo, sino la omisión frente a los ya existentes. Museos, teatros y recintos culturales en Colima arrastran años de deterioro, desuso o falta de programación constante. Ante ello, la propuesta de intervenir un espacio como el Jorge Chávez Carrillo no se percibe como evolución, sino como sustitución. Y ahí es donde la política cultural pierde rumbo: cuando en lugar de consolidar lo que existe, opta por inaugurar lo que resulta más visible.
La manifestación, sin embargo, también dejó al descubierto otra fisura: la fragmentación del propio gremio artístico. La baja asistencia no puede explicarse únicamente por el contexto de inseguridad que atraviesa el estado, aunque este sea un factor real y determinante. También habla de una desconexión entre el discurso y la acción, de una cultura que se defiende más en redes sociales que en el espacio público. Sin comunidad, el arte pierde fuerza; sin presencia, la crítica se diluye.
En este escenario, insistir en la reubicación del museo ambientalista no es un capricho, sino una propuesta razonable. Espacios como la zona militar —por su amplitud y características— podrían albergar un proyecto de esa naturaleza sin comprometer el patrimonio cultural existente. La defensa del Jorge Chávez Carrillo no es conservadurismo: es coherencia.
Aun así, la vida cultural de Colima no se detiene. Mayo traerá consigo la tercera edición del festival de esculturas de sal, una iniciativa que ha comenzado a consolidarse como un punto de encuentro entre tradición, creatividad y espacio público. A la par, se anuncia un proyecto de intervención escultórica en la ciudad: rocas volcánicas en camellones, parques y avenidas serán transformadas en relieves por estudiantes de la Universidad de Colima, del CEDART y artistas consolidados.
Estas acciones, impulsadas desde el ámbito municipal en coordinación con actores culturales y empresariales, representan una forma distinta de hacer política cultural: más cercana, más visible, más tangible. No sustituyen la responsabilidad estatal, pero sí evidencian que el arte encuentra caminos incluso cuando las instituciones titubean.
Colima vive, pues, un momento de tensiones culturales: entre la creación y la omisión, entre la protesta y la apatía, entre la política pública y la iniciativa ciudadana. En medio de todo, el arte sigue ahí, como un espacio de resistencia, pero también como un termómetro que revela el estado real de nuestra vida pública.
Porque donde no hay contrapesos, la cultura se convierte en ornamento. Y donde el arte se vuelve decorativo, la sociedad pierde una de sus formas más críticas de mirarse a sí misma.