En Colima, la violencia avanza como un virus mortal: se cuela por cualquier rendija, se esconde entre lo cotidiano y de pronto aparece de forma brutal dentro de los hogares, en donde se ensaña con quien esté cerca de la zona de ataque. En Colima no hay zona segura: ni dentro ni fuera del hogar. Ni en plazas comerciales, ni en restaurantes, ni afuera de las escuelas, ni en las puertas de los juzgados o de las oficinas del Ministerio Público. Donde sea llegan y asesinan.
Con el poder de las balas, en segundos transforman para mal la vida de una familia. La sumergen en la zozobra, le siembran miedo. Aquí la violencia no pregunta a qué te dedicas ni cuál es tu historia. En Colima han matado a médicos, incluso a un oncólogo querido por sus pacientes en el hospital; también a estudiantes, mujeres, niñas, albañiles, abogados, empresarios, comerciantes, taqueros, burócratas. Han asesinado a abuelas que fueron acribilladas frente a los ojos inocentes de sus nietos, como sucedió esta semana en la colonia Tabachines.
Tampoco hay respeto por los uniformes ni por quienes deberían protegernos. En este estado han caído policías, comandantes, marinos, militares. También alcaldes, una diputada, incluso un exgobernador. La violencia no distingue entre poder y vulnerabilidad; actúa con la misma saña sin importar el cargo o la condición social.
El crimen en Colima ha alcanzado todos los rincones. No hay espacio blindado. La vida cotidiana se ha vuelto una ruleta de riesgo constante. La rutina, que debería ser sinónimo de tranquilidad, se vive con temor. Cualquier trayecto, por corto que sea, puede convertirse en un punto de no retorno.
Aquí, el dolor colectivo se ha vuelto paisaje. Las sirenas, los acordonamientos y los rostros llenos de angustia ya no sorprenden, pero siguen doliendo. La violencia ha colonizado lo público y lo privado, y su permanencia erosiona profundamente el tejido social.
Colima es hoy el estado con la tasa más alta de homicidios en todo el país. Lo dicen los datos oficiales, que son en realidad historias truncadas, sillas vacías en un comedor, son el rostro afligido de cada madre o padre que entierra a su hijo, cada infante que crece entre balaceras. En este lugar, la violencia entra como un virus mortal: silencioso al principio, pero implacable al final. Y como un virus, lo enferma y aniquila todo.