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COLIMA

¿Transformación?

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Defino al Gobierno de Colima como “puesta en escena” por una razón precisa: Jean Baudrillard, en Simulacros y simulación, sostuvo que los gobernantes ya no ejercen el poder real, sino que administran una imagen. El poder se convirtió en espectáculo, en símbolo; una simulación que reemplaza la realidad. Así ha operado el gobierno de Colima desde que Indira Vizcaíno Silva asumió la gubernatura: no se gobierna, se actúa. Y no se actúa por el bien común, sino para sostener una narrativa publicitaria que se desploma ante los datos duros y la experiencia cotidiana de miles de colimenses.

La maestra en derechos humanos y su cogobernador, el profesor Arnoldo Vizcaíno Rodríguez, están a poco más de dos años de concluir su administración. Pero mientras promueven ya a su candidata sucesora, Rosa María Bayardo Cabrera, parecen olvidar que la historia política de Colima está marcada por rupturas, traiciones y desencuentros entre quienes se van y quienes llegan. Gustavo Vázquez con Fernando Moreno. Peralta con Anguiano. Indira con Peralta. Los pactos duran lo que tarda en cambiar la lógica del poder y, sobre todo, del dinero.

Y es que la vocación de servicio pocas veces ha sido la verdadera motivación. La ambición patrimonial es el motor. Por eso, a pesar de su retórica, lo que trajo consigo la llamada “transformación” fue el desmantelamiento del frágil orden social que había. Más homicidios dolosos. Más feminicidios. Más narcofosas. Más cadáveres. Más impunidad. Quema de autos, casas y negocios. Menos salud. Menos justicia. Menos esperanza.

Hoy, Colima es un estado con 98% de impunidad. Significa que por cada 100 delitos, apenas dos tienen alguna posibilidad de justicia. El sistema de salud, ya colapsado antes, terminó de desvanecerse. Y mientras eso ocurre, la gobernadora incrementó su patrimonio de forma millonaria. Vive con escoltas, chef personal, personal doméstico. Protegida. Blindada. Como si viviera en otro país.

¿Transformación? También. Pero no la que prometieron. Indira y su círculo lograron transformar un partido de izquierda con pensamiento diverso en un culto a la personalidad. Lo que queda de Morena en Colima ya no es un movimiento, sino una red de incondicionales —los “Indilovers”— cuya principal tarea es mantener la ilusión, no el proyecto.

Y mientras tanto, se rodearon de figuras recicladas del PRI y el PAN. Muchos de ellos hoy están en posiciones clave del gobierno de Indira. El viejo régimen nunca se fue. Simplemente cambió de camiseta y se sumó a la causa del “nuevo” poder. Conservando, por supuesto, el status quo que les beneficia.

Ahora bien, hay un problema para sus aspiraciones de continuidad: cuando Indira ganó en 2021, obtuvo 99,406 votos, apenas 19 mil más que su rival más cercana, Mely Romero. Votaron poco menos de 300 mil personas. Una diferencia mínima que hoy, sin López Obrador en la boleta, puede volverse insuficiente. Porque el carisma prestado no se hereda y la impopularidad no se maquilla.

La transformación, sí, ocurrió. Pero fue en detrimento de los colimenses. Una transformación que abandonó a los desaparecidos, a las madres buscadoras, a las víctimas, a las enfermas sin medicamentos, a los comerciantes extorsionados, a las niñas abusadas. La simulación dio paso a la descomposición.

Estoy convencido: tienen el poder. Pero nunca supieron qué hacer con él. Y lo van a perder.

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