Colombia, Avanzada (07/04/2025).- Villavicencio despertó con una herida abierta. Era la mañana del 22 de marzo de 2025 cuando la noticia empezó a circular: dos personas habían sido encontradas sin vida en su hogar, ubicado en el barrio Kirpas. Lo que nadie imaginaba era que el presunto asesino no era un extraño, un ladrón o un agresor externo. Era su propio hijo.
Juan David “N”, de 24 años, siempre fue visto como un joven prometedor. Buen estudiante, educado, el único hijo de Sonia Wehdeking Baños y José Luis Perdomo Hernández. Una familia que apenas ocho meses atrás había dejado Santander para empezar una nueva vida en la capital del Meta, donde Juan David cursaba estudios superiores. Nadie sospechaba que detrás de esa fachada tranquila se gestaba una tragedia.
Aquella madrugada, en el silencio de la casa familiar, el joven tomó un cuchillo de cocina. Asegura que no pudo dormir, que la discusión que tuvo con su padre la noche anterior lo había dejado trastornado. Pero lo que siguió después fue un acto de brutalidad: atacó directamente a su padre mientras descansaba en una mecedora. El golpe fue letal, dirigido al cuello. La fuerza fue tal que el cuchillo se dobló.
Sonia, al escuchar el forcejeo, acudió en defensa de su esposo. Nunca imaginó que su hijo la atacaría también. Las heridas fueron mortales. El hogar que alguna vez albergó sueños y planes universitarios se convirtió en escenario de horror.
Juan David no se quedó a contemplar el resultado. Huyó en el vehículo familiar, tratando de dejar atrás lo que había hecho. Pero la justicia lo alcanzó. Horas más tarde fue detenido en Bogotá, con una calma que estremeció incluso a los agentes que lo capturaron. Confesó sin titubeos, sin lágrimas, sin arrepentimiento.
La comunidad, estupefacta, se pregunta cómo es que un joven aparentemente estable pudo cruzar el límite más impensable. Su tía, Gisell Wehdeking, no sale del asombro: “Era un excelente estudiante. Siempre sobresalía. Nadie puede entender esto”.
Las autoridades trabajan en determinar qué lo llevó a actuar de esa forma. ¿Fue una explosión de ira contenida? ¿Un desorden mental no diagnosticado? ¿O simplemente un crimen premeditado?
Mientras se inicia el proceso judicial, en Villavicencio se respira dolor. Los vecinos siguen recordando a Sonia y José Luis como personas amables, siempre sonrientes. Hoy sus fotos cuelgan en altares improvisados, entre velas y flores, mientras el eco de la tragedia sacude no solo a una familia, sino a todo un país que no encuentra explicación para un acto tan atroz.
Villavicencio llora. Y se pregunta: ¿cómo el amor de unos padres terminó asesinado por las manos que más protegieron?