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COLIMA

Andanzas de un colimense indocumentado en EU (IV)

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Rubén Alcázar

(Cuarta y última parte)

Desde algún lugar de Estados Unidos, Avanzada (28/02/2025).- Tal como lo propuso el chofer, nos dirigimos hacia la casa de su primo. Al llegar, éste nos recibió con su familia y muy amablemente me saludó. El conductor, que ya se había hecho mi amigo, me presentó y repetidamente me preguntaba que cuál era mi nombre. Creo que se lo repetí como veinte veces en todo el camino.

En la casa estaban la esposa del primo, sus dos pequeños hijos y otra mujer que parecía estar ahí de visita. Me ofrecieron de comer pero yo no tenía hambre, sólo quise pasar al baño. Minutos después nos despedimos de la familia y el primo se subió a la camioneta con nosotros.

Iban platicando de que tenían muchos años sin verse, y el primo le hizo una señal de que tenía que llegar a un taller mecánico. “Tengo un encarguito por ahí”, dijo. Nos dirigimos hacia allá y los dos se bajaron. Yo no quise y me quedé en la camioneta, pasaron alrededor de 10 minutos y regresaron. El encargo que habían hecho era de cocaína y mariguana. Cuando vi lo que estaban haciendo, me hice el despistado. El primo ya iba manejando y el otro chavo me dijo: “Perdón, we, tengo que consumir esto o si no, no aguantaré el camino”. Todavía nos faltaba buen rato de carretera. Interactuaron un poco con el producto, al cual me negué cuando me ofrecieron. No me interesaba, lo que yo quería era llegar a mi destino y descansar.

Se hizo de noche y continuamos en la carretera. Yo sólo iba viendo el mapa para seguir la dirección de la casa a la que iba a llegar con mis primas. El cansancio seguía y trataba de dormir un poco. Ya era la madrugada del martes, algo así como la 1:00 am, yo no dejaba de orar y de pedir a Dios y al Universo que me permitieran llegar con bien. La última vez que chequé el mapa estábamos a poca distancia yo creo que como a cuarenta minutos.

Iba dormido, mi cabeza recargada en el cristal de la camioneta, y mis piernas sobre el asiento. De pronto sentí que nos detuvimos y una luz que venía de una linterna me despertó porque me estaba aluzando muy directamente en la cara. Cuando desperté bien, me di cuenta que nos había detenido un policía.

Después de casi cuatro días de travesía, fue la única vez que un oficial nos detuvo. Mi corazón latió a mil por hora, me asusté porque tenía entendido que en Estados Unidos no puedes manejar con cierta cantidad de dinero. O sea, ya habíamos dejado a tres personas y una bebé, la cantidad de dinero que el chavo traía era una locura. Aparte, habían consumido droga, íbamos rápido en la carretera y el primo que iba conduciendo no traía licencia. Yo dije: “Padre mío, que sea tu voluntad y no la mía”.

El policía hablaba español y nos hizo un par de preguntas. El chavo y el conductor mostraron su identificación y la única que yo traía era la del INE, que en EUA ya no era válida como tal. Recuerdo perfecto que una de las preguntas fue “¿Hacia dónde van?” La respuesta fue “Vamos a llevar a mi primo aquí cerca, ya casi llegamos, ¿verdad, Carlos”, dando un golpecito en mi pierna.

Mi mente se puso en blanco, de entrada no me llamo Carlos, no somos primos y pensé: ya valió el crece, me van a agarrar, y me van a aventar para atrás y a estos dos los van a detener. Para eso, el chofer se bajó y trató de platicar con el oficial. No sé muy bien en qué quedaron, pero nos dejó ir. Yo seguía muy nervioso y asustado, no podía creer ese momento que estábamos viviendo. Obviamente todo lo que iba pasando se los iba platicando a mis primas, a mi mamá y hermanas. Ya no faltaba mucho para llegar. Los próximos veinte minutos de camino iban platicando acerca de lo que había pasado con el oficial y del lío tan grande del que nos salvamos. 

 

“¡YA ESTÁS DEL OTRO LADO, ÉCHALE GANAS!”

Finalmente llegué a mi destino, una de mis primas salió. Me tardé un poco en bajarme de la camioneta y se hizo la entrega de los diez mil quinientos dólares convenidos. Aquel hombre que vi por última vez los contó y dijo: “Perfecto, un gusto, Rubén, mira, ahora sí me acordé de tu nombre, ya estás del otro lado, échale ganas, vale”.

Amablemente le agradecí también y corrí a abrazar a mi prima. Con lágrimas en los ojos le dije que al fin había llegado, que todo lo que había pasado había sido una locura totalmente, y no podía creerlo. Entré a la casa y saludé a mi tía y a mi otra prima. Me metí a bañar para cenar después y en breve me contacté con mi mamá vía telefónica para comentarle que ya estaba en mi nuevo hogar. Mi mamá no pudo contenerse la emoción y nos dijimos palabras muy lindas, nos deseamos lo mejor y colgamos. Después de la cena me quedé un rato a platicar mi aventura con mis primas, luego me fui a dormir.

Días después comencé a trabajar en un restaurante Tex Mex, comida y cultura entre los dos países. Como en todas partes, me costó un poco de trabajo acoplarme pero al paso de las semanas todo fue marchando bien, recibiendo pagos semanales, de los cuales se me hacía un descuento por el costo de mi cruce, además de que tenía que cubrir mis comidas, renta, trasporte y demás.

Recuerdo que de mi primer pago hice un envío a casa con el objetivo y la fe de que esa buena acción se multiplicara muchas veces, y vaya que lo fue. Seis meses después pude terminar de pagar lo que se me había prestado para mi cruce por la frontera. No me limitaba a guardar todo mi dinero, ya me había comprado algunas cosas necesarias, y mensual o quincenalmente hacía llegar dinero a mi mamá. Después de haberme quitado ese gran peso de encima, ahora sí continué enfocado en mi propósito: seguir ahorrando y trabando arduamente para lograr mi regreso lo más pronto posible. 

Los últimos meses del año 2024 me pasó de todo: emociones, lecciones y muchos aprendizajes que en su momento me dieron la fortaleza para continuar este camino. Gracias a Dios, con buen trabajo y con mucho amor de las personas que me rodean y las que permanecen lejos de mí, pero con el corazón unidos por la distancia.

Estando en otro país, he sido muy consciente de que estoy viviendo otro tipo de reglas, libertades y responsabilidades distintas. Las personas que conozco son latinas, normalmente mexicanos, que hablaban acerca de las nuevas elecciones, que se llevaron a cabo en los últimos meses de 2024.

Fue un tema relativamente sonado y delicado, pues uno de los candidatos es el hombre más poderoso, un magnate, rico, racista y no el hombre más bueno del mundo. Ganó las elecciones, se convirtió en el presidente número 47 de Estados Unidos de América. Donald Trump hace referencia a que la mayoría de personas hispanas que habitan su nación somos delincuentes, narcotraficantes, bandoleros, entre muchas otras cosas malas. Es por ello que ese señor dice que está tratando de defender a su nación, para algunos haciendo cosas buenas pero para otros no tanto.

En sus discursos políticos, Trump habla sobre las personas indocumentadas, aquellas que entramos ilegalmente a su país, amenaza con sacarnos, una deportación que para muchos nos caería muy mal. Hay millones de personas en este país que compartimos historia similar, que dejamos absolutamente todo en nuestro lugar de origen por venir a buscar mejores oportunidades, laboralmente hablando. Pero a lo que se ha visto, al presidente no le importa mucho qué tan buen trabajador seas en su región, cuáles sean tus necesidades y el señor pisa parejo.

Al comenzar su gobierno empezó a cumplir las amenazas que hizo. Los operativos con la policía y el ejército en la frontera han hecho que miles de migrantes no logren su entrada al país, pero también muchos de los que están adentro han sido deportados y expulsados hacia México. 

Yo soy un hombre trabajador, al igual que muchos de los mexicanos con los que trabajo. La mayoría estamos indocumentados, pero nosotros mismos nos hemos sembrado miedo. Ya no podemos siquiera ir cómodamente tranquilos a la tienda, al trabajo, al parque, a comer o desayunar en algún restaurante cerca de nuestra casa, porque no queremos correr con la mala suerte de ser deportados.

Tengo mucho miedo. No es algo nuevo que se haya vivido ya en este país, pero para mí sí lo es. Mi objetivo aquí aún no está completo, ni siquiera he cumplido con la mitad de lo que me propuse hacer. Salgo con miedo, con mi identificación a la mano, con dinero en efectivo en mi cartera por cualquier situación. Mi familia en México ya sabe sobre esta problemática y también están al tanto de lo que me pueda pasar. No me gustaría que mi sueño lo trunquen de una manera fuerte y triste, pues me costó mucho trabajo estar aquí, pagué mucho dinero y también he pasado muchas situaciones de soledad, tristeza, vulnerabilidad por el sacrificio de estar lejos de casa.

La gran mayoría de los migrantes no somos malas personas, no somos criminales así como el señor presidente de expresa de la mayoría de nosotros. Más que ser indocumentados somos seres humanos. Muchas veces he dicho que yo no quiero vivir aquí para siempre, no hay nada mejor que ser libre y estar con nuestra gente. Este país ofrece muchas cosas distintas, la economía podría ser, en lo personal la primordial, pues vine a trabajar acá, y es lo único que he hecho desde el día en que llegué, no pienso hacer nada mal al país ni a los ciudadanos.

Espero que la situación cambie para nuestro bien, que todas las personas que llegamos aquí con el mismo propósito, se nos cumpla, que vivamos nuestro tiempo aquí, tranquilos, sin miedo. Yo tengo mucha fe en que así será, pero de todos modos gracias al miedo que nos plantaron seguiré muy alerta, seguiré de pie y hacia adelante para cumplir mi gran sueño.

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