Uno de los aprendizajes rescatables de la experiencia política mexicana en las recientes décadas es que la alternancia del partido en el poder, por sí sola, no es suficiente para la instauración de un cambio democrático en el país. Eso era obvio, pero ahora —por si existía alguna duda— lo estamos confirmando en la práctica.
La democratización, cuando se viene de un régimen como el que impuso el PRI durante tantas décadas —autoritario, corrupto, centralista y clientelar—, exige algo más que un simple cambio de rostros, de siglas y de colores.
Tiene que ver con una manera diferente de hacer las cosas, un modo distinto de practicar la política, donde los gobernantes o dirigentes estén verdaderamente dispuestos a “mandar obedeciendo”, más allá de cualquier actitud demagógica. A la vez, se requiere que la población (incluidos desde luego quienes votaron por ese gobierno) asuma, por su parte, una postura de ciudadanía crítica, vigilante, activa y exigente.
“¡No somos iguales!”, exclaman algunos “preclaros” morenistas, con el pecho henchido de orgullo, cuando alguien osa comparar sus conductas con las de la práctica política que dejó el priismo como una más de sus “herencias malditas”.
Probablemente sea verdad: no son iguales, pero ¡ah cómo se parecen!, dijera alguien. Un ejemplo muy claro de lo anterior fue visto este domingo en Colima, en el marco de la “asamblea” en la que se integró el Consejo Político Estatal de Morena y se designó también al Comité Ejecutivo Estatal, con la asistencia del presidente nacional de ese partido, el colimense Mario Delgado Carrillo.
Sin abundar en este espacio sobre la forma en la que previamente se eligieron las veinte personas congresistas, en procesos fuertemente cuestionados por algunos casos de presunto acarreo de personas y compra de votos, me referiré a lo ocurrido en la supuesta asamblea del domingo.
Y digo “supuesta” porque en lo personal no creo que lo haya sido, sino que en realidad se trató de una simple reunión en la que únicamente se convalidaron acuerdos que ya habían sido tomados previamente en las cúpulas del gobierno estatal y de la dirigencia nacional del partido.
En pocas palabras, por los resultados es más que evidente que todo estaba arreglado y decidido “desde arriba” por la gobernadora Indira Vizcaíno Silva y el dirigente Mario Delgado Carrillo. Pero el problema no fue de quienes consumaron la imposición, sino de quienes dejaron que esto ocurriera.
Antes de la llegada de Morena al poder, la mayoría de congresistas presentes luchaban por la democracia y denunciaban las prácticas autoritarias del priismo, pero esta vez se disciplinaron a las decisiones cupulares de su partido, olvidándose de las bases que votaron por ellos y ellas para que estuvieran en esa “asamblea”. Si es que no lo recuerdan, exactamente así operaba el partido tricolor.
A los morenistas colimenses, Mario Delgado les impuso como presidente del Consejo Político Estatal a su amigo el regidor Guillermo Toscano Reyes, pese a que cuando fue diputado local renunció a la fracción de Morena y apoyó la autorización de un cuestionado crédito por más de 700 millones de pesos al entonces gobernador priista, José Ignacio Peralta Sánchez.
En tanto, la gobernadora Indira Vizcaíno Silva impuso a los morenistas al presidente del Comité Ejecutivo Estatal, Julio César León Trujillo, quien ha sido su cercano colaborador en los últimos años.
El mecanismo que siguieron en la presunta asamblea fue el de la autopropuesta. Primero se propuso Guillermo Toscano para la presidencia del Consejo Político. No surgió ninguna otra candidatura y fue designado por aplastante mayoría de congresistas.
Después, Julio César León presentó una lista de candidaturas al Comité Ejecutivo Estatal, por él encabezada. Y de igual manera, fue votada por apabullante mayoría de congresistas. Ni siquiera se detuvieron a elegir por separado cada uno de los puestos del comité con varias opciones. No hubo deliberaciones ni discusiones sobre diversas candidaturas. Todo salió en paquete.
En la rueda de prensa ofrecida posteriormente, Mario Delgado aseguró que se trató de un proceso democrático. Seguramente así fue: “Democracia al estilo priista”. O lo que es lo mismo: “No fue cambio, fue morralla”.