(El suicidio de una mujer en la Central Foránea).
Escrito por Osvaldo Mendoza López.
¡Se ha pegado un tiro! El grito angustioso se fue desbaratando por los largos pasillos de la Central de Autobuses Foránea, en la Ciudad de Colima. Los pichones que dormían bajo los andenes de salida, volaron del lugar al sentirse atrapados por una vibración pesada y magnética.
Desde temprano, el día ya tenía dudas guarecidas, metidas en las nubes. El color de la mañana, carecía también de buenos augurios. El reloj de la central marca las 9:46 de la mañana. Varios hombres alertados, corren en dirección al lugar donde ocurren los hechos. Los viajeros apresuran su salida. La gente que arriba a la ciudad, llena sus maletas de vacilaciones y sus corazones de amargas sorpresas.
El piso de la central foránea está lleno de lágrimas. Se está llenando todo de suspiros del mismo modo que una inundación. Todo se anega. Se van elevando los niveles de agua salada por los pasillos brillosos, pulidos por tantas despedidas. Se empantanan los desagües, sus anexos, las salidas. Los frisos borbotean gruesos chorros de lágrimas puras, también los puertos y contrapuertas. Se escuchan llantos al fondo, se dan abrazos duros para las crisis nerviosas que están sucediendo.
Hay muchas dudas naufragando. Hay incertidumbres rompiéndose en los atolones de silencio, estructuras negras de melancolía que se han erguido a lo largo del andén principal Una mujer se pegó un tiro en la cabeza, al abrigo de la oscura bodega. El piso es un desastre de sangre y el ambiente huele a humos de pólvora. La depresión tiene una cara feliz, una cara como el saludo de todos los días por las mañanas. Es una mirada simple y transparente.
La depresión es una enfermedad. Un asesino silencioso: La depresión. Carcome por dentro, se ruñe tus huesos, se aferra a tus pensamientos para que decaiga el cuerpo. La depresión camina lenta como una peregrinación, flanqueando la mente, el espíritu, los ánimos y la cordura. Dos horas antes, la mujer dejó una nota suicida a sus hijos, publicó una fotografía familiar en sus redes y destruyó su cráneo con un revolver de balas expansivas.
Las redes comenzaron a urdir explicaciones paranoicas “posible homicidio” “ella no era así” “No me lo creo” “Fue el gobierno”. La gente de las redes no sabe lo que es la depresión. La gente de las redes ignora que la depresión no tiene rostro, y a veces, no existen los síntomas visibles de su presencia maligna en las habitaciones de una mente. No saben que todo el dolor se lo aguanta quien la padece, que todo ese penar lo oculta el que la vive. Que los días son largos y las noches de insomnio interminables y agotadoras.
Dicen que las caras de desvelo en las personas revelan un poco lo que es la depresión, aunque esa afirmación es como buscar en el mar algo que ya se ha hundido, que se ha extraviado en una época que el tiempo olvidó. Dicen que en diciembre arrecian los deseos inentendibles de matarse, que es un mes peligroso para quien llora por dentro. Un corazón deprimido siempre está en fuga.
Permanece en silencio herido de dudas, mortajado de anhelos destruidos. Un corazón en fuga tiene serios planes de salida, de escape hacia otras zonas incógnitas, áreas nuevas que la propia razón desconoce. Un corazón fugitivo se atora en las paredes, se llena de deseos fuertes de dejar de existir; se colma de ideas difíciles que van desplazando poco a poco el tenue grosor de su propia realidad. Se sigue inundando de lágrimas la central de autobuses. El agua salada cubre el cuello a los peritos, de los judiciales y arrastra con su paso atroz a los amigos de la difunta. El agua salada ahoga a sus compañeros, sumerge en miedo a los pasajeros de la central. A todos les ha tocado despedirse, arribar o laborar ese día junto a aquel macabro y sangriento escenario.
En sus corazones también ha llovido ceniza de caña. Así como llueve lumbre, cae fulminante esta noticia por toda la ciudad. Las calles de Colima se queman como un infierno apaciguado. Se estrenaron ya los 12 meses de este año fatídico, inusual; que ya se escapa del alcance de todas nuestras maldiciones.
Quién fuera un pichón que escapa al viento, para alejar de la mente todas estas tragedias. Quién fuera un autobús cruzando maizales lejanos, que no vislumbra todo lo que acusa a nuestra ciudad. Quién fuera el pasajero que quedó dormido en su travesía. Quién fuera una tarde de Colima, cuando los vientos no arrastraban malas noticias. Pero no, nadie es nada de eso. Somos ajenos y ese no es nuestro caso. Nuestro caso es caminar nerviosos por los pasillos pulidos por miles de adioses. Nuestro caso sentir un hueco en el estómago por aquel trágico disparo. Nuestro caso es llegar a la bodega de la central y halar la manija. Nuestro caso es asomarnos al fondo de la bodega, para mirar ahí dentro un corazón desparramado, escupido en las paredes y destruido para siempre.
Nuestra situación es salir corriendo, dar tumbos entre los pasajeros para llegar donde con los demás y gritar. Es tarea de nosotros gritar fuerte, gritar con la sangre inundada de lágrimas, con el pecho cargando una pena compartida. Nuestro caso como sociedad es ver marcharse esos corazones, como se despide a alguien sobre las escaleras de un autobús, sabiendo por dentro que su vida es como un ocaso, que su recuerdo y los latidos de sus venas nunca más volverán.