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COLIMA

Jalisco previno; en Colima, sortearon inundaciones para ir a clases

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Colima, México, Avanzada (01/10/2026).— Todavía no amanecía por completo y ya llovía por momentos de manera intensa. El cielo gris anticipaba una jornada complicada en Colima y, especialmente, en la zona costera, donde el agua puso en jaque a quienes transitaban por ahí. Había agua acumulada, calles anegadas y un pronóstico que advertía que las precipitaciones continuarían durante la mañana y por la tarde, como finalmente sucedió.

Sin embargo, y a pesar de los pronósticos, para miles de estudiantes, maestros y trabajadores de la educación había una certeza, además de la lluvia: tenían que salir de casa porque las clases no fueron suspendidas. Para las autoridades estatales, la situación no ameritaba pedir a la comunidad escolar que permaneciera en sus hogares para evitar contratiempos que pudieran poner en riesgo su integridad o afectar su salud. En esta época, además, los salones de clase se convierten en espacios de convivencia, pero también de propagación de enfermedades respiratorias.

Este 30 de septiembre, antes de las seis de la mañana, comenzaron los traslados y el peregrinar de estudiantes, trabajadores y familias. El maestro que trabaja lejos tomó la carretera; la madre despertó al hijo para prepararlo; el estudiante acomodó los útiles en la mochila y salió bajo la lluvia.

Algunos caminaron varias cuadras para alcanzar el camión y se encontraron con paraderos obsoletos, camellones llenos de maleza que les impedían cortar camino y baches llenos de agua en los que podían caer en medio de la oscuridad porque, además, ese es otro de los problemas que enfrentan los ciudadanos: las deficiencias en el alumbrado público de distintos municipios.

El traslado siguió. Otros, los que no salieron a buscar el transporte público, se subieron a una motocicleta y así trataron de llegar a las escuelas. Quienes trabajan en Tecomán, Armería o Manzanillo emprendieron recorridos de varios kilómetros sin saber cuánto tiempo tardarían ni en qué condiciones encontrarían el camino.

Porque en Colima no todos estudian o trabajan cerca de casa. Y esa parece ser la parte que las autoridades educativas no alcanzaron a mirar, comprender o dimensionar: la de aquellos que desde Suchitlán buscaban llegar al bachillerato; la de quienes desde Caleras, en Tecomán, intentaban llegar a la escuela; la de aquellos que en Manzanillo quedaron atrapados entre calles inundadas.

La comunicación oficial se concentró en una declaración del secretario de Educación y Cultura, Adolfo Núñez González, quien explicó que no se reportaban afectaciones importantes en la infraestructura educativa. Mientras tanto, docentes y padres de familia compartían fotografías de las complicadas condiciones en las que se encontraban caminos, calles y algunos planteles.

En Manzanillo el panorama era complicado, como también lo era en Tecomán, Cuyutlán, Armería y Comala. En el puerto colimense, el oleaje obligó a cerrar playas y restringir la navegación para embarcaciones menores; hubo afectaciones en poblaciones costeras y personas tuvieron que ser trasladadas preventivamente ante el incremento del nivel de la laguna de Cuyutlán.

Las autoridades de Protección Civil pedían precaución y mantenerse atentos a los avisos oficiales. Pero las escuelas permanecieron abiertas.

En Tecomán y Armería también llovía, como llovía prácticamente en todo el estado. El agua modificaba las condiciones de calles y caminos y complicaba los traslados. Había que conducir con cuidado, evitar zonas de riesgo y mantenerse atentos a posibles corrientes. Pero había que ir a clases porque la autoridad en Colima no las suspendió.

Y para quienes tenían que utilizar la carretera Colima-Manzanillo, la jornada implicaba un riesgo adicional. La vía se encuentra intervenida por las obras de ampliación; por lo tanto, donde antes había tierra suelta, con la lluvia apareció lodo, más lodo y todavía más lodo. Las piedras quedaron sobre algunos tramos y el tráfico avanzó lentamente.

La carretera se volvió más complicada. Muy temprano, con la lluvia y la reducción de carriles, transitar era difícil: las luces de los automotores, las precipitaciones y la oscuridad reducían la visibilidad.

Hubo trabajadores de la educación que quedaron varados. Ahí estaban, dentro de sus automóviles o en los autobuses de transporte público, mirando caer el agua y viendo cómo pasaban los minutos. Habían salido de casa para cumplir con una jornada laboral que la autoridad decidió mantener porque, desde su valoración, no existían condiciones suficientes para suspenderla.

Y tuvieron que hacerlo a pesar de las condiciones de la carretera, de los riesgos al cruzar vados, de las calles inundadas y del lodo en los caminos rurales.

A diferencia de lo ocurrido en Colima, en Jalisco las autoridades resolvieron de otra manera: suspendieron preventivamente las clases presenciales en 30 municipios ante las condiciones meteorológicas. No fue necesario esperar a que se inundaran las escuelas.

En Colima predominó otra lógica: mientras el plantel pudiera funcionar, las actividades podían continuar.

Conforme avanzaron las horas, la lluvia continuó recordando algo elemental: una comunidad escolar no existe solamente dentro de la escuela. Está formada por personas que tienen que llegar hasta ella y, después, regresar a casa.

La prevención pudo significar perder un día de clases. Mantenerlas significó aceptar que miles de personas realizaran esos recorridos bajo condiciones adversas. Y ahí radica la diferencia.

*Imagen ilustrativa.

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