La noche cayó sobre Rodeo del Pinal y con ella llegaron los disparos.
En aquella zona boscosa de Tocumbo, Michoacán, elementos del Ejército y de la Guardia Nacional buscaban a Luis Enrique Barragán Chávez, conocido como “El Wicho” o “R-5”, a quien las autoridades identificaban como uno de los principales objetivos de la operación.
La búsqueda terminó en un enfrentamiento.
Cuando el ruido de las armas cesó, dos hombres habían muerto. Uno era Barragán Chávez. El otro apenas tenía 15 años.
Alberto S. S., “Chuchito Nini”, era sobrino de Barragán Chávez. Su muerte comenzó a conocerse después del operativo y con ella apareció una historia que, hasta entonces, permanecía dispersa entre fotografías, canciones y publicaciones de redes sociales.
Era la historia de un adolescente cuya huella digital mostraba dos momentos muy distintos.
En las fotografías más antiguas no hay rifles ni uniformes tácticos.
Hay un balón.
El adolescente aparece sentado sobre el pasto, con un jersey azul de Chivas, calcetas y tenis deportivos. El balón está entre sus piernas y la imagen tiene una palabra escrita encima: “Recuerdos”.
Es una fotografía que podría pertenecer a miles de perfiles de adolescentes mexicanos.
Después vienen otras.
Una playera de marca, una cicatriz en la mejilla, música de fondo y referencias a corridos. Más adelante aparecen los gallos de pelea. En varias fotografías sostiene ejemplares y en otras se observa a grupos de hombres reunidos alrededor de un ruedo improvisado.
La transformación no ocurrió de un día para otro.
Las publicaciones conservadas durante aproximadamente 85 semanas muestran cómo la imagen del joven fue cambiando. La ropa de marca y las cadenas comenzaron a mezclarse con una estética distinta. Después llegaron los rostros cubiertos, la vestimenta táctica y fotografías en las que aparecen objetos que aparentan ser armas.
En algunas imágenes sí se observan rifles, pistolas y otros artefactos de uso militar.
En los uniformes aparecen incluso parches con las palabras “Nini”, “Chuchito” y “Cazador”.
Dos cuentas de Instagram atribuidas al adolescente reunían más de cuatro mil seguidores antes de su muerte. Una de ellas tenía más de dos mil 200 y la otra más de dos mil 100.
No eran perfiles desconocidos.
Tenían miles de personas mirando las fotografías de un muchacho que, con el paso del tiempo, fue dejando atrás aquella imagen inicial del balón de futbol.
También cambió la música.
En las publicaciones aparecen intérpretes como José Aldaz, Alemi Bustos, Fuerza Regida, Calle 24 y Chuyin. Los corridos acompañan buena parte de las imágenes posteriores.
Una de las fotografías fue ubicada en Jiquilpan. El adolescente aparece con un suéter Calvin Klein mientras escucha “El Metro”, de José Aldaz.
En otra época, una fotografía así habría sido solamente eso: una fotografía.
En el contexto de las demás publicaciones, forma parte de un relato distinto.
Las autoridades sostienen que Alberto presuntamente integraba la escolta personal de Barragán Chávez. Algunas versiones también lo relacionaron con el reclutamiento de otros menores. No obstante, esas acusaciones forman parte de las investigaciones y versiones difundidas después del enfrentamiento, y no constituyen por sí mismas una condena judicial.
Lo que está confirmado es que el menor estaba junto a Barragán Chávez cuando las fuerzas federales llegaron a Rodeo del Pinal.
La Sedena informó que el operativo había sido precedido por trabajos de inteligencia de la XII Región Militar. Según la dependencia, los elementos fueron recibidos con disparos y respondieron a la agresión.
Después quedaron dos cuerpos y armas aseguradas.
Los familiares de Alberto acudieron posteriormente ante la Fiscalía General del Estado para reclamarlo. Su madre pidió que el cuerpo fuera llevado a Los Reyes, donde sería despedido por sus familiares.
Mientras tanto, la muerte de “El R-5” representaba otro golpe para el Cártel de Los Reyes.
Barragán Chávez había asumido presuntamente el control de la organización después de la detención de Alfonso Fernández Magallón, “Poncho La Quiringüa”, ocurrida el 1 de agosto. Sobre ambos existían recompensas millonarias anunciadas por Estados Unidos.
La organización mantiene presencia en municipios de la región, entre ellos Los Reyes, Peribán, Tocumbo, Cotija y Tingüindín, y ha sido señalada por actividades de extorsión contra productores de aguacate.
Es una zona donde las organizaciones criminales llevan años disputándose el territorio.
Pero aquella noche, entre los muertos no solamente quedó el nombre de un hombre buscado por las autoridades.
También quedó el de un adolescente.
Quedaron sus dos cuentas de Instagram, sus miles de seguidores y decenas de fotografías que ahora permiten mirar hacia atrás. Primero aparece el futbol. Después los gallos. Luego la ropa, los corridos, las cadenas y, finalmente, las armas y los uniformes tácticos.
Las redes no explican qué ocurrió entre una fotografía y otra.
No dicen cuándo cambió su vida ni quién estuvo detrás de esa transformación. Tampoco permiten saber qué pensaba realmente el adolescente cuando posaba frente a una cámara.
Solo dejan constancia de lo que decidió mostrar.
Y en esas imágenes permanece una contradicción difícil de ignorar: el muchacho del jersey de Chivas y el menor que terminó muerto en un enfrentamiento junto al hombre señalado como jefe de una organización criminal son la misma persona.
Tenía 15 años.
Su última fotografía no fue publicada en Instagram.
Fue escrita, en cambio, en el reporte de un operativo militar ocurrido en un bosque de Tocumbo: dos hombres muertos, armas aseguradas y una estructura criminal golpeada.
Entre esos dos muertos estaba “El R-5”.
Y también estaba “Chuchito Nini”, un adolescente cuya historia digital terminó mucho antes de que alguien pudiera explicar cómo había llegado hasta ahí.