Autor: Mario Alberto Solís Espinosa.
Malas Compañías
Tras los lamentables acontecimientos ocurridos en una escuela secundaria de Manzanillo, donde un menor de edad resultó lesionado por una riña entre pares, lo más sencillo es buscar responsables en el entorno inmediato de los protagonistas, que sin duda los hay, pero subyace en este nuevo episodio de violencia algo mucho más terrible: la profunda descomposición social y la debilidad institucional, en este caso de la Secretaría de Educación.
Los estudiantes implicados en este impactante suceso son víctimas, igual que el resto de sus compañeros a los que se acusa de omisión, de un entorno degradado que normaliza la violencia, la corrupción, la impunidad, la ley del más fuerte, la superficialidad y la sobrexposición en redes sociales como sinónimo de éxito y reconocimiento.
Los menores de edad que participaron en el pleito, viralizado en redes sociales, son un resultado de los tiempos que corren, un reflejo de la cultura que entroniza la violencia, el conflicto, el pasar sobre los otros a costa de lo que sea, la insensibilidad y el desprecio por los iguales.
Y a esa nueva normalidad contribuyen alegremente las instituciones gubernamentales, por acción y omisión, pues por un lado han sido incapaces de establecer acciones afectivas contra la violencia, y por el otro son las mismas autoridades quienes han puerilizado la vida pública, con el uso permanente y superfluo de las herramientas tecnológicas.
Pero, además, muchos adolescentes crecen en un entorno descompuesto. Poco les sirven las colicomputadoras si su padre o madre han sido asesinados o están desaparecidos, si en su colonia impera la delincuencia o si su destino está marcado por la pobreza y la marginación.
Los jóvenes consumen violencia todos los días, es su circunstancia y para muchos destino. Por eso resulta doloroso que se repliquen ad nauseam imágenes donde un par de estudiantes se agreden sin ningún tipo de límite. Es lo que conocen esos niños, es lo que han aprendido en un lugar como el nuestro.
Y en estos episodios de extrema violencia tenemos culpa como sociedad, por la reproducción de estereotipos tergiversados, alterados; por el consumo de música, ropa y otros productos que enaltecen la criminalidad, pero sobre todo por el silencio cómplice que tolera a gobernantes corruptos e incapaces.
Hay otro elemento igual de grave: la negligencia institucional. La Secundaria Mario José Molina Enríquez, ubicada en la colonia Terraplena, tiene más de un mes sin autoridades, es decir que nadie ocupa la dirección y subdirección, por que la Secretaría de Educación ha sido incapaz de cubrir esos puestos, al igual que el de varias asignaturas en ese mismo plantel.
La dependencia comisionó, sin ningún soporte o nombramiento legal, a una de las maestras con mayor antigüedad en la escuela, como responsable de la misma. Un hecho inadmisible provocado por el burocratismo y la corrupción que prevalece en la Secretaría de Educación y que provoca enormes alteraciones en las plantillas docentes.
Este vez fue la secundaria de la colonia Terraplena, por cierto un lugar con altos índices de violencia extrema, pero hay otros planteles educativos donde faltan maestros, prefectos e intendentes. Muchas de esas escuelas se ubican en zonas de alta vulnerabilidad y con significativos índices de criminalidad, pero que parecen no existir para un gobierno cuyos titulares prefieren la educación privada.
Un juicio somero, inmediato, condenaría a los adolescentes protagonistas, los maestros y los padres de familia de los hechos ocurridos en días pasados, pero tal veredicto sería superficial e incompleto, pues la violencia estudiantil tiene raíces más profundas que evidencian la situación imperante en Colima.
Años de incapacidad gubernamental, el avance de la criminalidad en todos los ámbitos de la cotidianidad y la degradación social provocan escenas como la ocurrida en la secundaria de Terraplena. Las perturbadoras imágenes que se difundieron profusamente son el síntoma de una enfermedad en cuya existencia todos tenemos algo de responsabilidad.
BREVE HISTORIA PARA CAMILA. La estridencia y la condena fácil son insuficientes para resolver los graves problemas que enfrenta la sociedad colimense. Casos como el de la secundaria en Manzanillo obligan a dos cosas: la reflexión y autocrítica, así como a la exigencia de que las dependencias gubernamentales cumplan con lo que les corresponde, en este caso la Secretaría de Educación. Las omisiones tienen consecuencias tarde o temprano.