Autor: Sergio Escareño.
Por décadas, se ha dicho que la corrupción no solo se manifiesta en el robo del erario, sino también en la aceptación de responsabilidades para las que no se está preparado. En Colima, esa máxima filosófica cobra sentido cuando se observa la conducción del actual gobierno estatal, donde las decisiones parecen tomadas más por impulso que por visión, más por espectáculo que por vocación de servicio.
La gobernadora ha declarado que no ha escuchado los audios del subsecretario Sizumbo —que circulan ampliamente— y que solo actuará “si resultan ciertos”. El problema no es únicamente la posible falta de acción ante un hecho de esa naturaleza, sino la liviandad con que se asumen los temas públicos, reducidos a “chismes” mientras el deterioro institucional avanza.
Un ejemplo de esa incongruencia se encuentra en el intento por transformar el antiguo Palacio de Gobierno en el llamado Palacio de las Artes. La idea suena bien en el discurso, pero en la práctica resulta una paradoja: los museos, teatros, esculturas y espacios culturales de Colima continúan en abandono, sin mantenimiento ni apoyo suficiente para artistas locales. Es decir, se proclama el amor por el arte mientras se le niega el oxígeno en su forma más elemental: el fomento y la preservación.
En cambio, el gobierno ha mostrado entusiasmo en destinar recursos públicos a causas mediáticas como el Teletón. Se desviaron trabajadores estatales para promover donativos, se donaron más de cinco mil metros cuadrados del Parque Regional Griselda Álvarez, se recaudaron más de 40 millones de pesos, y —para colmo— se comprometió un gasto anual de 41 millones por diez años para el mantenimiento del CRIT, una institución privada. La pregunta es inevitable: ¿por qué sí hay dinero para eso, pero no para los espacios culturales que son patrimonio de todos los colimenses?
Mientras el presupuesto se diluye entre eventos de caridad y campañas de imagen, la cultura estatal se marchita. Y con ella, se pierde una de las herramientas más poderosas para construir paz. Porque sin cultura, no hay comunidad; sin arte, no hay diálogo; sin identidad, no hay justicia.
Por eso, resulta esperanzador que existan iniciativas independientes, verdaderos contrapesos ante la desidia oficial. Este 18 de octubre, en el Jardín Corregidora, se llevará a cabo el Segundo Festival de Hip Hop por la Paz y la Justicia, con la participación de más de 30 artistas del rap, graffiti, break dance y skate. Más que un evento musical, es un acto de resistencia: jóvenes que levantan la voz para exigir un alto a la violencia, para rendir homenaje a quienes han perdido la vida y para recordar que la cultura es la forma más digna de decir “ya basta”.
En tiempos donde el poder se entretiene con simulacros de arte, la verdadera creación ocurre en la calle, en los barrios, en los cuerpos que bailan y en las palabras que denuncian. Ese es el arte que incomoda, que revela, que salva.
Porque, al final, sin cultura no hay paz. Y sin contrapesos en el arte, solo queda el eco vacío del poder.