Colima, México, Avanzada (19/09/2025).- El jueves 18 de septiembre fue presentada en Colima la biografía del general Victoriano Huerta, elaborada por el historiador Servando Ortoll, con la participación de la historiadora María de Jesús Ramírez Magallón, el historiador Raymundo Padilla Lozoya, el autor y un servidor, con la moderación del escritor Jesús Adín Valencia.
Enseguida comparto el texto de mi intervención en ese evento:
Resulta muy significativo para mí participar en la presentación de esta biografía del general Victoriano Huerta, elaborada por el historiador Servando Ortoll, de cuya investigación hace años tuve oportunidad de conoceralgunos avances.
En noviembre de 2010, el doctor Ortoll me concedió una entrevista al respecto, que se publicó con un amplio despliegue en la revista Proceso, como parte de un suplemento dedicado al primer centenario del inicio de la Revolución Mexicana.
En esa ocasión, el académico planteó que ya era tiempo de que la historia oficial levantara el “castigo” a Huerta y se repatriaran sus restos a México —que permanecen en un modesto panteón de El Paso, Texas—, para ser colocados en la rotonda de las personas ilustres de la Ciudad de México o de Guadalajara, al ser oriundo de Colotlán, Jalisco.
Entre las razones esgrimidas por Servando Ortoll para proponer lo anterior en aquella entrevista, se encuentran dos que ahora forman parte importante de la línea argumentativade esta biografía:
Primera: No existen elementos de prueba que inculpen de manera contundente a Huerta de haber ordenado el asesinato del presidente Francisco I. Madero y del vicepresidente José María Pino Suárez.
Segunda: Durante el breve periodo que ocupó la Presidencia de la República, Huerta dedicó todos sus esfuerzos y su poder a luchar por la pacificación del país, aunque no pudolograrlo debido al intervencionismo del presidente de Estados Unidos, Woodrow Wilson.
El libro, publicado dentro de esta colección de tan irónicocomo atinado título, “Los malos de la historia”, constituye un importante aporte a la desmitificación de la historia oficial mexicana, que dentro de su maniqueísmo es incapaz de ver más allá de “buenos” y “malos”, eliminando los matices que podrían hacer entender de mejor manera la real trascendencia de los personajes históricos.
Dentro de su labor académica, así como ha contribuido a esclarecer diversos momentos y acontecimientos históricosdel país, Ortoll decidió con esta obra remar contra corriente de la tendencia oficialista que por más de un siglo ha tenido a Huerta como un referente del antihéroe, del malvado, del perverso traidor a la patria.
Es importante señalar que en su libro el autor no exonera a Victoriano Huerta de los asesinatos de Madero y Pino Suárez, pero sí presenta suficientes evidencias documentales y realiza razonamientos lógicos que, junto con la ausencia de pruebas incriminatorias, hacen dudar de que el militar jalisciense haya sido el responsable intelectual de esos hechos.
Y ante esto, el biógrafo traslada al terreno de la historia la máxima del derecho en el sentido de que toda persona es inocente hasta que se le demuestre lo contrario.
Lo que hace Servando Ortoll en su obra es humanizar la figura de Huerta, recuperando aquellos aspectos a su juicio rescatables y que le ha escatimado la historia oficial, sin dejar de mencionar las sombras que también traía consigo, lo que hace más creíble el retrato del personaje, sobre el que tenemos la oportunidad de tener otra mirada.
Para realizar este trabajo, durante los años que duró su investigación el historiador hurgó en diversos archivos de Europa, Sudamérica y Estados Unidos, debido a la escasa información disponible en el Archivo General de la Nación y en el de la Secretaría de la Defensa Nacional.
Aunque se trata de una biografía de Huerta, este libro no se restringe a la persona del militar, sino que también realiza, de manera natural, aportes sobre los acontecimientos que marcaron los años finales del siglo XIX y los primeros del siglo XX mexicano.
Esta obra da fe de los orígenes humildes de Victoriano Huerta en la comunidad de Agua Gorda, municipio de Colotlán, Jalisco, hasta su ascenso y su dimisión del poder.Desde sus primeros años ya tenía interés de convertirse en soldado y resultó fundamental su encuentro con el general Donato Guerra, quien una ocasión visitó Colotlán y siendo muy joven lo llevó con él y lo presentó con el presidente Benito Juárez, del que recibió el impulso para ingresar al Colegio Militar.
Por su desempeño profesional como ingeniero geógrafo y por sus méritos militares ascendió de grado paulatinamente y se convirtió en uno de los más populares del círculo de Porfirio Díaz, de quien llegó a recibir felicitaciones. Por sus habilidades como estratega militar fue muy útil al gobierno de Porfirio Díaz para sofocar insurrecciones indígenas y movimientos políticos regionales. Fue así como ganó fama como un militar severo y sanguinario.
Por ejemplo, el autor refiere cómo después de una batalla el general Huerta ordenó la ejecución de seguidores de Rafael del Castillo Calderón, quien había tratado de ser gobernador de Guerrero contra la voluntad de Porfirio Díaz.
En 1911 le correspondió acompañar a Porfirio Díaz en su viaje por tren a Veracruz para embarcarse a Europa. En el camino combatió a las fuerzas maderistas que pretendían tomar el tren y tiempo después en el estado de Morelos combatió contra Emiliano Zapata. Posteriormente se convirtió en hombre de confianza de Madero y, entre otras cosas, combatió al general Pascual Orozco, quien se había levantado contra el gobierno maderista.
Aunque Servando Ortoll subraya que no hay elementos para culpar a Huerta de la muerte de Madero y Pino Suárez, señala que sí los hay para vincularlo, por ejemplo, con los asesinatos del diputado federal Serapio Rendón y del gobernador de Chihuahua, Abraham González.
Sin duda, el segmento más intenso del libro se encuentra en la narrativa que realiza Ortoll, con base en documentos testimoniales, de lo ocurrido desde el arresto de Madero el 17 de febrero de 1913, hasta su asesinato junto con Pino Suárez, cerca de la medianoche del día 22.
Entre varios pasajes de lo ocurrido, el historiador cita una reunión secreta realizada en el edificio de Bucareli entre personajes como Félix Díaz, Manuel Mondragón, Rodolfo Reyes, Francisco León de la Barra y el propio Victoriano Huerta, donde los cuatro primeros se habrían pronunciado por asesinar a los presos José María Pino Suárez, Gustavo Madero, Adolfo Bassó y Francisco I. Madero, pero Huerta se opuso y finalmente cedió en el caso de los tres primeros, pero nunca en lo del presidente.
De acuerdo con las evidencias encontradas por Ortoll, Huerta consideraba que sería un error ejecutar a Francisco I. Madero por todas las consecuencias sociales y políticas que traería para el país.
Entre los testimonios y evidencias que incluye en su obra, el historiador refiere que cuando dio la noticia del asesinato de Madero y Pino Suárez a sus subalternos, en una reunión convocada en los primeros minutos del 23 de febrero de 1913, Victoriano Huerta estaba en “un estado de agitación que trataba de reprimir”, presentaba una “palidez alarmante” de su rostro y “algo en su expresión delataba que había estado bebiendo”.
Junto con ese y otros elementos más, desarrollados a lo largo de su libro, Ortoll llega a la conclusión de que lo ocurrido “tomó a Huerta por sorpresa”.