EDITORIAL
Durante sus recientes visitas al estado de Colima, la presidenta Claudia Sheinbaum ha desbordado elogios hacia la gobernadora Indira Vizcaíno Silva. Calificativos como “una gran gobernadora”, “extraordinaria”, “excelente”, “maravillosa” o “un referente de transformación” han generado sorpresa e incluso desconcierto, especialmente entre la ciudadanía colimense que ha testificado el desgaste, las fallas administrativas y la baja aprobación que arrastra el gobierno estatal. ¿Qué hay detrás de esas expresiones excesivas y tan poco creíbles? ¿Son simples cortesías políticas o esconden una lógica de complicidad y retribución?
En primer lugar, no hay que olvidar que Indira Vizcaíno ha sido, desde la precampaña, una de las operadoras más visibles del proyecto presidencial de Sheinbaum. Su activismo político fue notorio incluso antes del inicio formal del proceso interno de Morena. Existen señalamientos —no aclarados públicamente— de que recursos estatales (además de los famosos moches vilmente arrebatados de su sueldo a trabajadores de confianza) fueron canalizados para movilizaciones, publicidad y eventos en favor de Sheinbaum tanto en Colima como en entidades vecinas como Jalisco. En ese contexto, los elogios presidenciales podrían leerse como un aval implícito o una retribución simbólica: “me apoyaste en la campaña, te respaldo en el gobierno”.
Este tipo de alianzas políticas entre figuras del mismo movimiento no son nuevas. Andrés Manuel López Obrador también mostró lealtad y respaldo público a la mayoría de gobernadores, incluidos personajes como Cuitláhuac García en Veracruz o Rutilio Escandón en Chiapas, a pesar de sus pobres desempeños en las encuestas. Sheinbaum, heredera directa del obradorismo, parece repetir esa fórmula: la lealtad política pesa más que la evaluación ciudadana.
Otra hipótesis posible es que Sheinbaum busca fortalecer su red de poder territorial en los estados. En este sentido, Indira Vizcaíno —más allá de sus deficiencias como gobernadora— representa una ficha leal, útil y moldeable dentro del tablero morenista. A falta de figuras fuertes en Colima, Sheinbaum opta por apuntalar a Vizcaíno con discursos que buscan blindarla frente a las críticas y mantener el control político del estado en manos de su círculo más cercano.
También hay un elemento de mensaje político hacia dentro de Morena: Sheinbaum parece dejar en claro que los suyos serán protegidos, incluso si su gestión es deficiente. Es una manera de marcar territorio y advertir que la disciplina política será premiada. En ese sentido, el respaldo a Vizcaíno puede interpretarse como un mensaje a otros gobernadores: “si están conmigo, no los dejaré caer”.
Sin embargo, esta estrategia puede volverse contraproducente. Blindar con halagos a una mandataria cuestionada, como lo es Indira Vizcaíno, puede restar credibilidad a la narrativa de cambio y honestidad que Sheinbaum dice buscar a nivel nacional. La ciudadanía colimense —que ha padecido inseguridad, opacidad, servicios públicos deficientes y una creciente desconexión del gobierno estatal con las necesidades reales— no necesariamente comparte la visión optimista que transmite la presidenta.
En suma, los elogios excesivos de Claudia Sheinbaum hacia Indira Vizcaíno parecen responder menos a una evaluación objetiva de su gobierno y más a una combinación de lealtades políticas, retribuciones estratégicas y cálculos de poder. El tiempo dirá si esa complicidad política rinde frutos… o pasa factura.