Connect with us

COLIMA

Andanzas de un colimense indocumentado en EU (III)

Published

on

Compartir:

Rubén Alcázar

(Tercera de cuatro partes)

Desde algún lugar de Estados Unidos, Avanzada (27/02/2025).- Durante el viaje amontonados en el reducido espacio de la camioneta, mi cuerpo estaba totalmente adolorido y entumecido, pues mido un metro con ochenta y siete centímetros, así que no podía estar más ahí. Además, encima de mí iba otro y al lado iban más amontonados, igual o peor que yo de adoloridos.

Viajamos muchos kilómetros, hasta que uno de mis compañeros dijo: “Oye, amigo, acá atrás ya no aguantamos; vamos muy incómodos y muy apretados” y el conductor nos contestaba que él sabía, pero que paráramos de estarnos quejando porque es a lo que veníamos. En una de esas, entre mucha risa y payasada comentó: “Si tuvieran visa no vinieran así de apretados”. Nos pareció gracioso y continuamos. Después de un par de horas, el chico se contactó con un conocido, platicándole la situación pare ver si podía hacerle el favor de ayudarle con la mitad de personas, ya que hacía falta mucha distancia por recorrer.

“Compa, traigo ocho y vienen muy apretados. ¿Puedes ayudarme con la mitad? Te vas atrás de mí”, comentaba. Pasó el tiempo y uno de los conocidos del conductor contestó a la llamada de ayuda. Minutos después nos desviamos de nuestro camino, íbamos a la casa de esa persona. Yo iba sentado, no recuerdo bien la hora, pero logré ver y disfrutar un hermoso atardecer. La mitad de mi cara iba en la parte inferior de la ventana, disfruté el camino y me parecía muy interesante ir viendo banderas estadounidenses en cada esquina. El dolor de mi cuerpo continuaba y mis compañeros seguía quejándose de la incomodidad.

Llegamos a la casa del amigo del chofer. Muy discretamente se acercó y comenzaron a platicar. Nos abrió la puerta y nos ofreció entrar unos minutos a otra camioneta que tenía al lado nuestro para poder estirar nuestras piernas y descansar un poco. Yo fui el primero en bajarme, después mis compañeros se bajaron conmigo y estuvimos juntos en el asiento de la camioneta descansando. 

Finalmente el señor no pudo ayudarle así que teníamos que irnos nuevamente apretados como veníamos. El chofer nos dijo: “Vénganse otra vez”. Yo esperé a que mis dos compañeros se subieran y cuando era mi turno de subir me llevé la sorpresa de que los cinco ya estaban acomodados y ya no había espacio para mí. Mi cabeza se confundió y me estresé un poco. Y dije: “A ver denme chance, porque ahí voy”. Y otro de mis compañeros dijo: “Ya no cabes, vale, así vamos bien y todavía falta buen camino por recorrer”. El chofer me veía y decía: “Es que, vale, estás bien alto”. Yo con risa nerviosa contesté: “Sí pues, pero ya veníamos todos juntos”. Mis compañeros seguían diciendo que el grandote ya no cabía.

En ese momento me sentí muy mal porque pasó por mi cabeza pensar que podrían dejarme ahí. Yo seguía parado fuera de la camioneta y con sonrisa nerviosa le contesté al que más decía que ya no cabía yo: “Bueno, si vamos a dejar a alguien que sea el último que llegó a la troca después de cruzar el muro, porque yo fui el tercero en llegar”. Hasta que uno de ellos, en más chaparrito, salió conmigo y me dijo: “Siéntate ahí donde estoy yo, y después yo me voy acostado encima de todos”.

Sentí un alivio y me fui así el resto del camino. A ese chaparrito le decíamos “güero” y recuerdo que repetidamente le agradecía mucho el gesto que había hecho por mí. Después de un par de horas, anocheció y llegamos a una gasolinera. Ya estábamos en otro estado. En ese lugar estaba otra camioneta que se iba a llevar a cuatro de nosotros. Ellos eran guatemaltecos y los otros cuatro éramos mexicanos. Hicimos cambio y de ahí ya íbamos cuatro en la camioneta, ahora sí más cómodos y cada quien sentado en su lugar, pues ya estábamos “lejos de peligro”.

El conductor nos dijo que si queríamos ir al baño o a la tienda que se encontraba en la gasolinera, y fuimos e hicimos un par de compras para comer, nos hizo favor de cambiarnos dinero mexicano por dólares, ahí fue cuando tuve mis primeros 50 dólares. 

Hicimos aproximadamente dos horas de camino y llegamos a una casa, donde nos quedamos solamente los cuatro mexicanos, era una casa de doble playa, había comida y muchos refrescos. Los sillones eran amplios y había sábanas para poder dormir cómodamente.

Nos hicimos de cenar y después se eso, yo no crucé palabras con el chilango que decía que no iba a caber en la camioneta. Nos preparamos para dormir y en eso llegó una mujer encargada de esa casa y de nosotros, platicamos un poco y dijo: “Aquí se van a quedar conmigo porque el wey que los iba a llevar a su destino no contesta el teléfono, pinche cabrón ya van varias que nos hace, pero bueno, más feria pa’ mí. Como no quiero que se me vayan a ir, todos denme su teléfono y su INE, mañana temprano vengo y se las entrego”. Le dimos lo que nos pidió, y pasamos la noche ahí.

Al amanecer desperté y el güero y yo hicimos desayuno para los cuatro, en la bolsa de mi pantalón traía mi cepillo de dientes en una bolsita así que me bañé, lave mis dientes y desayunamos. La mujer llegó algo así como a las 12 del día, y nos entregó muestras pertenencias. A mí y a otro compañero nos dijo que nos iba a llevar a la otra casa ahí cerca y la persona que se encontraba allá era quien nos iba a llevar a nuestro destino. Me despedí del “Güero” y le regalé un billete de cinco dólares, y le dije: “Mira para que te compres algo al rato, gracias por hacer lo que hiciste, ya que ningún cabrón lo hubiera hecho”. Me agradeció, nos abrazamos y nos despedimos. 

Era domingo. Nos fuimos a la casa que nos tocaba, y cuando llegamos, ya había cuatro personas ahí, una de ellas una niña de cuatro años. Platicamos, nos conocimos, vimos películas y cada quien platicó acerca de su experiencia en la frontera. La mamá de la menor me platicó que llevaban una semana en esa casa, que ya estaba desesperada y que no aguantaba más. “Me dan ganas de regresarme, pero mi marido me está esperando en una ciudad a varias horas de aquí”. Empaticé con la señora y estuvimos platicando. Esa noche llegaron dos personas más, eran de Honduras, desesperados y asustados porque ya les habían quitado todo y no podían comunicarse con sus familiares. Rápidamente ofrecí mi apoyo y presté mi teléfono para que pudieran hacer llamadas telefónicas o usar mis redes sociales para poder contactarse con su gente.

Al día siguiente nos despertamos y la señora hizo un guisado de costilla en salsita roja. Desayunamos muy rico, eran aproximadamente las 2 de la tarde cuando el hombre encargado de nosotros nos dice que era hora de partir. Entonces las otras tres personas que ya tenían una semana ahí, dijeron: “Lo más justo es que nos lleven primero a nosotros, ya tenemos muchos días aquí, por favor”. Entonces optó por llevarnos a una joven hondureña de 19 años y la señora con su hija y otro hombre que iba también por el rumbo.

Nos fuimos en la camioneta. La hondureña y yo nos dirigíamos hacia el mismo estado, pero como las otras personas ya tenían más días esperando nos fuimos todos juntos. Primer destino el de ellos y después regresamos al de nosotros.

Fue un camino muy largo, nos fuimos el domingo a medio día, yo llevaba mis audífonos y pude distraerme en el camino, aparte de que traía una pila portátil para mi teléfono, Hicimos varias paradas al baño y a hacer pequeñas compras de comida. Después de eso, continuamos con el camino, se terminó el domingo y la carretera seguía y seguía.

El lunes a más tardar a las 12:00 pm llegamos al destino de esas personas. El esposo hizo el pago y se bajaron de la camioneta. Después de eso yo me fui adelante, de copiloto y ya sólo íbamos el conductor, la chica y yo. Comenzamos el viaje ahora de regreso, todo el lunes de camino. Recuerdo cuando llegamos a una tienda porque teníamos hambre. El conductor ya había hecho confianza con nosotros y muy amable nos invitó la comida. Después de comer dijo: “Estoy muy cansado hay que hacer una parada , necesito dormir un poco”.

Nos quedamos estacionados al lado de una gasolinera y cumplió con lo dicho, se durmió, roncó y descansó. La chica y yo nos veíamos por el espejo porque me daba miedo, creía que se iba a ahogar por los ronquidos que estaba haciendo, pero comprendía totalmente que llevaba muchísimas horas manejando sin parar.

Retomamos el viaje y antes de que el sol se ocultara llegamos a la ciudad donde recogerían a la joven. Su papá se contactó conmigo, yo le estaba prestando el teléfono a la chica y nos dio indicación de dónde estaría para recibir a su hija y hacer el pago.

Una vez que la joven felizmente se reunió con su familia, el conductor y yo seguimos en carretera aproximadamente tres horas. Llegamos a otra ciudad y comentó nuevamente que quería descansar. Me dijo: “ya estoy muy cansado, pero no quiero perder más tiempo, qué te parece si llegamos rápidamente aquí a casa de un primo, le pediré de favor que me acompañe para que él maneje”. Obviamente yo estaba asustado y me daban nervios porque imaginaba todos los escenarios posibles, y pues no me quedó más remedio que decir que sí.

Compartir:
Continue Reading

UNIVERSIDAD DE COLIMA

Más leidas

Copyright © www.diarioavanzada.com.mx

Discover more from Diario Avanzada

Subscribe now to keep reading and get access to the full archive.

Continue reading