Connect with us

COLIMA

Andanzas de un colimense indocumentado en EU (II)

Published

on

Compartir:

Rubén Alcázar

(Segunda de cuatro partes)

 

En algún lugar de Estados Unidos, Avanzada (26/02/2025).- Al llegar a Ciudad Juárez le llamé a mi prima y me dijo que tendría que salir del aeropuerto y ahí estaría esperándome un Uber. Telefónicamente contacté al conductor y ¡vaya sorpresa! Me comentó que no estaba cerca y me dijo “sal del aeropuerto y toma un taxi (me dijo el punto) y ahí enfrente hay un Oxxo, ahí adentro me esperas”. Yo ya estaba nervioso y asustado porque no conocía la ciudad y temía que algo saliera mal.

Me subí a un taxi y le comenté hacia donde iba. No manejó más de 6 minutos cuando llegamos y me cobró 300 pesos. Yo me dije a mí mismo: “el taxista ya te vio asustado y que no eres de aquí”. Pagué, me bajé y me metí al Oxxo como acordé. Esperé un par de minutos. Un carro gris pequeño se estacionó afuera y me marcó a mi teléfono diciéndome que ya estaba ahí.

Ese señor manejaba un Uber, pero especialmente para nosotros los migrantes. Estaba encargado de llevarme a una casa muy alejada de la ciudad en donde estaban las demás personas con el mismo destino que el mío. Antes de subirme al carro, tomé fotos de las placas, al conductor y se las envié a mi prima junto con mi ubicación en tiempo real para que fuera siguiendo mi camino. 

Nos alejamos de la ciudad y llegamos a una tienda de comida rápida que se encontraba por la carretera, ahí me dijo el señor: “joven aquí se va a bajar y se va a ir con otro compañero, él lo va a llevar a la casa”. Hice un pago de 3 mil 500 pesos mexicanos, lo acordado, y me subí al otro carro, el otro chofer parecía más joven que yo, un carro muy lujoso por dentro y por fuera, hicimos un camino aproximadamente de 20 minutos, música alta y plática cómoda.

La comunidad a la que llegamos era la más cercana a la frontera. Era una casa descuidada, no muy limpia, con perritos y muchos migrantes. Me bajé del carro y realmente sentía el miedo en mi cuerpo, pero no lo quise demostrar. Dentro de la casa había más o menos 16 personas: dos mujeres y los demás hombres de todas las edades, mexicanos, hondureños y guatemaltecos. Yo me quedé afuera sentado en una piedra, era viernes y el día para cruzar siempre se hacía el sábado, así que tenía que esperar todo el día en esa casa. Las personas muy amables me ofrecieron de comer, también me dijeron que me pasara a la casa.

Al entrar vi un espacio entre sala y comedor amplio, había comida para sobrevivir los días que tuviéramos que estar ahí. El baño era pequeño, no estaba limpio y la puerta se detenía con una agujeta para amarrar los tenis. Al fondo había dos cuartos. En uno todo el suelo eran colchones pequeños, con almohadas y cobertores, no había luz y estaba muy obscuro, y en el otro entraba mucha claridad de una de las ventanas, tenían una televisión y los espacios estaban más amplios para poder dormir. 

Ese día una de las mujeres cocinó huevo con papas, tenían latas de frijoles y botellas de coca cola. Muchas tortillas y chiles serranos, comimos y cenamos lo mismo. Al llegar la noche yo no me quería levantar del colchón en el que me había sentado desde que entré a la casa, ahí estuve. Escuché las historias de todas las personas que estaban ahí conmigo. Algunos llevaban semanas intentando cruzar, pero no tuvieron suerte y los habían regresado. Les habían quitado su dinero y pertenencias como celulares, tenis y otras cosas de valor.

Yo estaba muy asustado, recuerdo también que uno de ellos comentaba mucho que se dedicaba a dar pláticas cristianas en una iglesia, así que nos puso a todos en círculo y comenzamos a rezar y a orar en voz alta, realmente la dinámica me tranquilizó y esa noche dormí profundamente. 

El sábado nos teníamos que levantar muy temprano para comenzar con la actividad a la que veníamos preparados. Con gritos y mucho ruido nos despertaron a todos, el sol todavía no terminaba de salir. Había personas encargadas de nosotros, entre ellos se comunicaban con nombres clave, nos separamos en grupos de ocho personas. Yo estaba en el grupo número dos y junto con ellos hice amistad con algunos mexicanos. 

Nos subimos a las camionetas y nos fuimos exactamente a 50 metros del muro fronterizo que divide las dos naciones. Yo iba en la cajuela de una camioneta junto con otras dos personas, llegamos y nos metimos a una construcción en obra negra, no tenía techo y todos estábamos parados bajo el sol. Hacía frío, pero el sol se encargó de hacernos entrar en calor. Continuamos en la espera cuando de pronto llegó la hora del primer grupo: hicieron una fila y corrieron uno tras otro hacia el muro. Ahí comenzaba su camino, no nos dejaban asomarnos para ver la dinámica así que sólo imaginaba qué estaba pasando por el ruido y los gritos que se escuchaban.

Pasaron más de dos horas y uno de mis compañeros les comentó a los encargados que teníamos mucha hambre ya que no nos dieron tiempo de desayunar bien en la casa y ya habíamos pasado mucho tiempo parados bajo el sol. Muy amable y divertido uno de ellos se acerca con nosotros y nos dice “saquen pal taco pues, ente todos cooperen y yo les traigo comida del Oxxo, ándele cabrones saquen los billetes, del otro lado esos no les van a servir para nada”. Entre risa y demás hicimos una cooperación y a los minutos nos trajo unos burritos de carne y queso, botellas de refresco y vasos desechables, comimos y calmamos un poco la situación. Yo me senté en el suelo y de pronto escuchamos el ruido de un helicóptero. Nos alertamos y a lo lejos gritaban: “Todos a las camionetas”. Muy rápido y desesperadamente nos salimos corriendo y como pudimos todos nos subimos y nos fuimos. La situación tuvo a los choferes muy alterados, entre ellos se comunicaban por radio y decían cosas como “no se alejen tanto, aquí quédense manejando cerca”. Dimos vueltas por las mismas cuadras, a lo lejos alcanzaba a ver las camionetas que tenían a los demás compañeros, hasta que uno de los encargados dijo: “Todos para la casa, hay muchos policías de aquel lado”. Así que nos regresamos todos a la casa, muy  asustados y nerviosos volvimos, descansamos un poco y no pasó más de una hora cuando llegó la noticia de que el área estaba despejada y era hora de irnos. 

Nuevamente llegamos al lugar en el que estábamos y a los pocos minutos nos tocó salir al grupo dos, donde yo estaba. Hicimos una fila y por delante de nosotros iba un hombre con una sábana gruesa, que nos dijo: “Corran todos juntos y por favor sigan indicaciones”. Tomó a uno de nosotros para que fuera el guía del grupo. Por un radio a él le iba a ir dando indicaciones de qué y cómo seguir. Lo que escuchamos todos era: “Después de cruzar el muro, nos iremos juntos hasta la camioneta negra, que era la nuestra”. 

Corrimos en fila hasta llegar al muro fronterizo: unos barrotes altos, gruesos, llenos de óxido por las lluvias y el sol. Al llegar me sorprendí muchísimo de lo que mis ojos veían: uno de los barrotes estaba despegado por debajo de la tierra, lo que permitía hacer un tipo de columpio para permitir el paso. El primero que cruzó fue el que cargaba con la sábana. Era para ponerla en el suelo y evitar las huellas de los zapatos. Columpiaban el barrote pesado y con eso daban espacio para poder pasar por en medio, uno tras otro.

Cuando cruzabas te encontrabas con un tipo de carretera de tierra y por ahí pasaban camiones, ya que toda esa parte era un potrero ganadero. Corrimos en forma recta aproximadamente 150 metros. Nuestro compañero que iba encargado llevaba el radio y nos decía: “Córranle, cabrones, más rápido”, Yo no tuve problema con la corrida pues gracias a que practiqué atletismo en Colima se me facilitó un poco más que al resto. Yo escuchaba ruidos, gritos, la adrenalina la sentía a mil por hora.

Terminó el tramo recto y nos desviamos hacia los corrales de vacas. Teníamos que cruzar por arriba o por debajo de los fierros. Todos eran de metal, entonces seguimos corriendo y brincando barrotes. El piso era tierra con excremento de vaca. Me caí varias veces, mi pantalón de rompió, perdí un anillo y una pulsera, pero todo lo demás llegó conmigo.

La distancia de los corrales eran aproximadamente otros 100 metros. Cuando terminó el último corral, había una puerta grande por la que podrían entrar camiones y remolques y después estaba la carretera. Seguía siendo desierto y ahí se encontraba la camioneta negra a la que teníamos que subir. Era una camioneta alta 4×4 de doble cabina y caja atrás. Éramos 8 personas todos hombres y teníamos que meternos en esa camioneta simulando que solamente iban el conductor y un copiloto, así que en la parte de atrás, la segunda cabina no tenía asientos entonces en la parte de adelante iban, el conductor, el copiloto, otro hombre en los pies del copiloto y en la parte de atrás íbamos seis hombres, agitados, cansados, asustados y sobre todo incómodos. Tratamos de acomodarnos pero el espacio era muy pequeño y todos queríamos encontrar una manera buena y cómoda para poder soportar el camino. El conductor nos gritaba: “Cabrones, agáchense, porque las personas de los carros de atrás van a ver que va más gente aquí”.

Compartir:
Continue Reading

UNIVERSIDAD DE COLIMA

Más leidas

Copyright © www.diarioavanzada.com.mx

Discover more from Diario Avanzada

Subscribe now to keep reading and get access to the full archive.

Continue reading