Colima, México, Avanzada (24/02/2026).- Colima intenta volver a la normalidad este martes, tras la jornada violenta del domingo que paralizó buena parte del estado con la quema de vehículos, ataques a negocios y bloqueos carreteros. Las escuelas reabrieron, las oficinas públicas retomaron actividades y algunos comercios levantaron sus cortinas, pero se respira el miedo, la cautela, la preocupación.
Desde las primeras horas del día, estudiantes regresaron a las aulas en todos los niveles educativos. La Secretaría de Educación Pública estatal y la Universidad de Colima confirmaron la reanudación de clases, pese a que apenas el lunes se reportó el incendio de un camión en la carretera hacia Tecomán.
En los accesos a los planteles, el regreso fue contenido. Padres de familia acompañaron a sus hijos y se retiraron sin demora, atentos al entorno. No hubo concentraciones ni actividades extraordinarias. La rutina escolar se reanudó en silencio, marcada por los acontecimientos recientes.
La violencia se desató el domingo, tras la captura y muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), abatido en Tapalpa, Jalisco. Desde entonces, Colima se convirtió en escenario de ataques coordinados que dejaron al menos 40 vehículos incendiados y cinco negocios calcinados, sin que hasta ahora las autoridades hayan informado sobre personas detenidas.
Este martes, las dependencias de gobierno volvieron a operar. Las oficinas del Servicio de Administración Tributaria (SAT) reanudaron la atención al público, mientras que en el puerto de Manzanillo las actividades se retomaron como parte de la operación logística nacional. Las sucursales bancarias también abrieron, luego de permanecer cerradas o funcionar con restricciones durante los momentos de mayor tensión.
Sin embargo, en el centro de la capital, la normalidad era incompleta. Durante un recorrido realizado por AVANZADA, se observó que diversos negocios permanecían cerrados. Las cortinas metálicas abajo y los locales vacíos evidenciaban el temor de los propietarios, que optaron por no abrir ante el riesgo de nuevos ataques.
Las calles lucían semivacías. El tránsito era escaso y la presencia de peatones, limitada. Las patrullas circulaban de forma constante, pero sin operativos visibles. La ciudad se movía, aunque con cautela, como si cada actividad dependiera de la certeza de que la violencia no volvería a estallar.