Colima, México, Avanzada (21/02/2026).- La última vez que alguien vio a Kelsy Naomi Córdova, llevaba la inocencia intacta de sus ocho años y la urgencia simple de quien sale a ayudar. Era el 19 de mayo de 2017, una tarde cualquiera en Tecomán, cuando la niña salió rumbo a la casa de una vecina. Iba a acompañarla a vender donas. Nunca regresó.
Desde entonces, el tiempo dejó de correr igual para su familia. En la casa de los Córdova, el reloj se detuvo esa tarde. Su cuarto quedó suspendido en una edad que no volvió a crecer. Los cuadernos abiertos, los juguetes sin recoger, las paredes convertidas en testigos mudos de una ausencia que se volvió permanente. Afuera, en las calles calurosas del municipio, la vida siguió. Pero para ellos, todo cambió.
Kelsy desapareció en un estado donde la violencia aprendió a no distinguir edades. En Colima, las desapariciones dejaron de ser noticia extraordinaria para convertirse en un murmullo constante: nombres pegados en postes, rostros impresos en hojas blancas que el sol termina borrando.
Al principio, nadie pareció entender la gravedad. En la entonces Procuraduría, hoy Fiscalía General del Estado de Colima, el caso avanzó con la lentitud burocrática de lo cotidiano. La desaparición de una niña de ocho años fue tratada como si se tratara de una ausencia más. No hubo operativos inmediatos. No hubo cercos urgentes. No hubo la reacción que el tiempo exige cuando se trata de una menor.
La familia denunció retrasos, omisiones, silencios. Durante meses, el expediente permaneció prácticamente inmóvil. Un solo agente de investigación fue asignado al caso. Uno solo para buscar a una niña que no tenía edad para huir, ni pasado para esconderse, ni razones para desaparecer.
Fue entonces cuando su padre, don Roberto Córdova, un jornalero, entendió que la búsqueda dependía de él.
Salió a las calles con fotografías en la mano. Pegó carteles en postes, en bardas, en paradas de autobús. Caminó colonias enteras bajo el sol inclemente. Preguntó en mercados, en tianguis, en parques. Costeó con recursos propios lo que el Estado no hacía. Cada hoja impresa era una esperanza. Cada negativa, una herida nueva.
La alerta oficial llegó tarde. La Alerta Amber México fue activada después de que la familia acudió a los medios de comunicación y exigió públicamente lo que debió ocurrir desde el primer minuto: buscarla como si el tiempo fuera el enemigo.
Pero el tiempo ya había ganado ventaja.Con los años, el rostro de Kelsy comenzó a cambiar en la memoria. Hoy tendría 17 años. Sería una adolescente. Tal vez habría terminado la secundaria. Tal vez tendría sueños nuevos. Tal vez habría dejado atrás las donas y habría descubierto otras cosas. Pero todo eso quedó suspendido en una tarde de mayo.
Su nombre se sumó a la lista creciente de menores desaparecidos en un país donde la infancia también se volvió vulnerable. Según registros de la Comisión Nacional de Búsqueda, miles de niñas, niños y adolescentes han desaparecido en los últimos años, muchos de ellos sin que las autoridades logren reconstruir su paradero.
En Tecomán, su historia persiste en la voz de su familia.Persisten las carpetas que no avanzan. Persisten las preguntas sin respuesta. Persisten los silencios oficiales.
Persisten, sobre todo, las búsquedas. Porque en Colima, donde la violencia aprendió a borrar vidas sin dejar rastro, hay padres que siguen caminando. Padres que siguen pegando fotografías. Padres que siguen pronunciando nombres que el Estado no ha podido devolverles.
Uno de esos nombres es el de Kelsy Naomi Córdova. Una niña que salió a vender donas y nunca volvió. Una niña que hoy debería ser una joven. Una niña que el tiempo no ha querido devolver.