Colima, México, Avanzada (08/12/2025).- Colima es un estado con movimientos migrantes marcados por su actividad agrícola. Llega diciembre y con él, el arribo de un poco más de un centenar de trabajadores y sus familias provenientes de la sierra de Guerrero. Vienen a cortar caña, una de las labores más extenuantes del campo; llegan buscando ingresos, estabilidad temporal y, en algunos casos, servicios básicos que en sus comunidades son un lujo.
En el albergue cañero de El Trapiche la diversidad de lenguas anuncia la temporada. Se escuchan mixteco, tlapaneco, español entrecortado. Los niños corren entre los tendederos de ropa; las mujeres prenden la leña para la fogata; maestros alistan los salones en aulas pequeñas para atender a los menores migrantes. El poblado, habitualmente tranquilo, vive un movimiento inusual que revela la llegada de la zafra cañera.
Las condiciones del albergue distan de ser óptimas: cuartos con poca ventilación, espacios reducidos donde conviven hasta cinco familias, camas de concreto duras que enfrían el cuerpo durante las noches de invierno. Pero para muchos, incluso esas limitaciones representan una mejora respecto a sus comunidades de origen. “Aquí el doctor queda cerca”, dice Luis, señalando el Centro de Salud de El Trapiche ubicado a tres cuadras. “Allá hay que caminar varios kilómetros para que lo atiendan a uno”. Luis tiene 25 años y desde los 12 corta caña. Estudió hasta tercero de primaria. Después, dice, tuvo que ayudar a sostener la casa.
Dionisio, en cambio, carga con más de tres décadas de zafras. Con la piel curtida y el acento de la montaña guerrerense, dice que en su pueblo la alternativa es clara: o migran al corte o no comen. “La mayoría sabe que allá no hay chamba, tenemos que venir a buscarle porque no hay de otra”, explica mientras acomoda un machete envuelto en costal. Su familia comparte habitación con otras cuatro; duermen poco, madrugan siempre. “Salimos al amanecer, trabajamos unas ocho horas y si me va bien corto hasta 30 tongas”.
Una tonga equivale a unos 250 kilos de caña. El pago por cada una, según la Subsecretaría de Desarrollo Rural, oscila entre 13 y 15 pesos. Pocas actividades en el campo exigen tanto esfuerzo por tan poco dinero, pero aun así miles de guerrerenses, oaxaqueños y veracruzanos llegan cada año al valle cañero colimense.
La zafra 2023–2024 dejó cifras robustas para el estado. De acuerdo con la Subsecretaría, la producción superó el millón de toneladas de caña y generó una derrama económica estimada en Mil 141 millones 620 mil pesos. Esa bonanza contrasta con los pasillos estrechos del albergue y el desgaste físico de quienes sostienen los ingenios con su trabajo.
Pero no todo queda dentro de las parcelas. Con el arranque del corte también comienzan las quemas: columnas de humo negro que suben por las tardes y, por las noches, se transforman en una lluvia de ceniza sobre las comunidades cercanas. La caída de partículas afecta la calidad del aire y genera molestias en ojos y vías respiratorias. Cada temporada, los habitantes de zonas rurales aprenden a convivir con ese polvo oscuro que se cuela en ventanas, patios y ropa.
La vida en El Trapiche durante la zafra es un pequeño sistema que se activa cada diciembre: hombres que salen antes del amanecer, mujeres que cuidan niños y cocinan lo poco que permite el ingreso, jóvenes que no sueñan con estudiar porque solo han conocido el afilado de machetes. Todos saben que la temporada durará casi seis meses, que habrá cansancio, enfermedad, frío y ceniza. Pero también saben que aquí, en los campos cañeros de Colima, encuentran lo que en la sierra no existe: trabajo, escuela para los niños y un consultorio médico al que pueden llegar caminando.