Autor: Sergio Escareño.
Cierro mi colaboración de este año con una reflexión que, más que necesaria, es urgente. La reciente y forzada salida del subsecretario de Cultura, Emiliano Sizumbo, habría podido significar un respiro para la comunidad artística de Colima. Sin embargo, la manera en que se dio su renuncia —sin explicaciones reales, sin transparencia y con el mismo desdén que caracterizó su administración— solo confirma el profundo deterioro institucional en el que se encuentra el sector cultural bajo este gobierno.
No se trata de una percepción aislada. A Zizumbo le llovieron denuncias, señalamientos y testimonios: agresiones, acoso, hostigamiento, amenazas. Hay evidencia gráfica, hay audios, hay testigos. La lista es larga y vergonzosa. Aun así, la salida del subsecretario se produjo por la puerta trasera, sin investigación, sin rendición de cuentas y sin un solo responsable ante la Cámara de Diputados. En Colima, parece haberse normalizado que los funcionarios se marchen antes de que explote el escándalo, mientras la gobernadora acumula vacantes y nombra interinos como si se tratara de un tablero en constante improvisación.
Lo más alarmante es que, mientras todo esto ocurre, la infraestructura cultural del estado se cae a pedazos: edificios en abandono, programas detenidos, espacios que antes eran refugio creativo hoy convertidos en bodegas del olvido. ¿Cómo puede florecer el arte cuando ni el gobierno respeta a quienes lo producen?
A pesar de ello, quienes representamos a colectivos artísticos independientes seguiremos trabajando. Nuestros proyectos no nacen de un cálculo político, sino de una necesidad vital: expresarnos, crear comunidad, abrir espacios donde la cultura sea un camino de justicia y no una fotografía usada solo para campañas.
El Festival por la Paz y la Justicia es un ejemplo de ello. Su propósito fue claro: frenar, aunque sea simbólicamente, la violencia que devora a nuestras juventudes. En esos espacios rendimos homenaje a jóvenes a quienes les arrebataron la vida; sus rostros quedaron plasmados en murales que hoy duelen y resisten. ¿O qué quiere la gobernadora? ¿Que tapicemos todo Colima con los rostros de los caídos para que, por fin, se comprenda que ignorar el arte y la cultura es también apostar por el caos?
¿Dónde quedaron aquellas promesas suyas, gobernadora, de llevar las artes a las aulas, de impulsar la creatividad en las escuelas, de fortalecer el tejido social desde la cultura? Hoy parecen palabras vacías, archivadas junto con tantos compromisos rotos.
Nosotros —artistas, gestores, intelectuales— seguiremos trabajando con o sin ustedes, como lo hemos hecho siempre en los festivales independientes, donde la voluntad pesa más que el presupuesto y la dignidad más que los cargos. Y si este gobierno insiste en despreciar a la comunidad cultural, llevaremos nuestra protesta hasta las últimas consecuencias. No descartamos un plantón permanente ni hacer visible esta crisis a nivel nacional.
Porque el arte, a diferencia de algunos funcionarios, no renuncia ni se esconde. El arte resiste.
A las y los colimenses, les deseo unas felices fiestas navideñas y un próspero 2026. Gracias por leerme.