Colima, México, Avanzada (05/12/2025).- A las seis de la mañana, cuando el sol apenas insinuaba su luz sobre la autopista Colima-Manzanillo, la escena ya estaba definida: tráileres detenidos, motores apagados, choferes asomados por las ventanillas con resignación en el rostro, maestros, administrativos y trabajadores sin moverse. La carretera, esa vía estratégica por la que cada día circulan más de 4 mil vehículos de carga pesada y automovilistas, amaneció colapsada y así se mantuvo hasta entrada la noche. Desde Armería hasta Tecolapa, el tránsito se volvió una fotografía inmóvil: un tráiler obstruyó el único carril abierto por la ampliación inconclusa, y con ello bastó para desencadenar un caos que se extendió más de 16 horas.
Los reclamos no tardaron en multiplicarse. Choferes, comerciantes, trabajadores y familias atrapadas en la fila interminable apuntaron hacia los mismos responsables: el Gobierno del Estado, la Secretaría de Infraestructura, Comunicaciones y Transportes (SICT), y la empresa Pinfra, encargada de la ampliación. Nadie entendía por qué una obra de esta magnitud avanza sin un plan real para evitar colapsos viales, como si el puerto más importante del país pudiera funcionar con una carretera semiparalizada y usuarios sometidos a esperas de horas. “Para avanzar cien kilómetros estamos haciendo más de cuatro”, reprocharon integrantes de la Unión de Transportistas de Carga de Manzanillo.
A la una de la tarde, después de horas sin que la fila cediera un centímetro, quedaba clara la dimensión del desorden: el cierre de uno de los dos carriles en la zona de curvas hacia los Asmoles convirtió la carretera en un embudo. La obra avanza a retazos y sin coordinación, señalan los transportistas, quienes pidieron a Pinfra terminar un tramo antes de abrir o cerrar otro, porque cada movimiento desarticulado se traduce en caos para miles de usuarios diarios. El miércoles lo advirtieron; el jueves lo confirmaron: la ampliación opera como si no existieran horarios, logística o previsiones básicas.
Las rutas alternas ofrecidas como “solución” tampoco hicieron diferencia. Desde Tecomán hacia Caleras, Jala, Los Amiales y Coquimatlán, los caminos presentan baches profundos, maleza invadiendo la carpeta asfáltica y tramos de terracería donde apenas cabe un vehículo por sentido. Decir que son rutas secundarias es ser amable; los docentes y personal administrativo de la Secretaria de Educación las describen como “regulares a peligrosas”. Muchos evitaron tomarlas por temor a quedar varados, descompuestos o, peor aún, involucrados en un accidente.
A media tarde, los conductores ya hablaban de pérdidas económicas: mercancía rezagada, cadenas logísticas rotas, horas laborales desperdiciadas y un desgaste físico evidente tras pasar medio día atrapados. La carretera no avanzaba ni retrocedía; simplemente permanecía. La fila interminable se convirtió en salón de espera improvisado, comedor, oficina móvil y refugio involuntario bajo el sol ardiente. Varios bajaron de sus unidades para estirar las piernas, otros se sentaron en el pavimento, algunos más compartieron agua o frustración.
Este jueves no fue un accidente aislado: fue la fotografía perfecta de una obra sin planeación, una carretera que se construye reduciendo la movilidad y una serie de decisiones que han dejado a miles atrapados entre el concreto inconcluso, la improvisación y la indiferencia oficial.