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El pueblo en la calle: cuando las instituciones dejan de escuchar

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Autor: Armando García.

Las manifestaciones no aparecen por arte de magia ni por capricho colectivo. Surgen porque algo se rompió entre el gobierno y la gente. Y sí, salir a protestar es un derecho constitucional, una vía legítima para que la ciudadanía exija ser escuchada. Pero también es el síntoma más claro de que las instituciones encargadas de representar al pueblo dejaron de cumplir su función.

En teoría —solo en teoría— para eso existen los diputados y senadores: para ser puente entre la sociedad y el poder. Para traducir las demandas del ciudadano común en iniciativas, debates y decisiones que mejoren su vida. Para defender al pueblo frente a los excesos del Ejecutivo. Para ser voz, filtro y contrapeso. Hoy no lo son.

Hoy, el Congreso mexicano funciona como un viejo PRI recalentado: dócil, obediente y alineado a lo que dicta el poder presidencial. Claudia Sheinbaum no necesita presionar mucho; sus legisladores actúan como si hubieran jurado lealtad al Ejecutivo y no a la Constitución. Son representantes sin pueblo, diputados sin distrito, senadores sin conciencia. La brújula no apunta a la ciudadanía, apunta al escritorio presidencial.

Por eso las calles se llenan. No porque a la gente “le encante bloquear”, no porque “haya intereses oscuros”, no porque “sean manipulados”, como repiten los discursos oficiales. Las calles se llenan porque no hay otro camino. Porque los mismos que deberían escuchar prefieren obedecer. Porque ni uno solo de los legisladores se acercó a quienes bloquearon carreteras y levantaron la voz; ninguno salió a decir: “yo llevo tu caso al Congreso”, “yo te represento”, “yo soy tu voz”. Nada. Silencio absoluto.

Los oficialistas callan por disciplina partidista. Los opositores callan porque ya nadie les cree, porque arrastran un descrédito enorme y porque, aunque quisieran, hoy son minoría irrelevante en las votaciones. Resultado: un país donde nadie habla por la gente. Un país donde el ciudadano está solo frente a un poder que no escucha, un Congreso que no representa y una clase política que solo mira hacia arriba, nunca hacia afuera.

Así, la protesta se convierte en la única herramienta real que le queda al pueblo para presionar. Si nadie lo escucha en el Congreso, pues grita en las calles. Si nadie lleva su causa al pleno, la lleva al asfalto. Si los legisladores no cumplen, la gente ocupa su lugar, literal y simbólicamente.

El remate es brutal pero cierto: hoy el pueblo está solo. Y cuando un pueblo está solo, no pide permiso para levantar la voz. La levanta porque no le dejan otra opción.

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